18 abril, 2013

Preguntas y respuestas



Una novela que solo fuera el ejemplo gramatical que ilustra una regla –incluso acompañada de su excepción– sería naturalmente inutil: bastaría con el enunciado de la regla. Aun reclamando para el escritor el derecho a la inteligencia de su creacion, e insistiendo sobre el interés que presenta para sí mismo la conciencia de su propia búsqueda, sabemos sobre todo que es al nivel de la escritura que se efectúa esta búsqueda, y que no todo está claro en el instante de la decisión. Así, luego de haber indispuesto a los críticos hablando de la literatura con la que sueña, el novelista se siente a menudo desprovisto cuando esos mismos críticos le exigen: «Explíquenos entonces por qué ha escrito este libro, qué significa, qué quiere hacer, con qué intención ha empleado esa palabra, construido esa frase de tal manera».
 
Frente a semejantes preguntas, se diría que su «inteligencia» ya no le presta ningún auxilio. Lo que quiso hacer es únicamente ese libro. Eso no quiere decir que siempre esté satisfecho con él; pero la obra sigue siendo, en todos los casos, la mejor y la única expresión posible de su proyecto. Si hubiera tenido la posibilidad de dar una definición más simple, o de reducir sus doscientas o trescientas páginas a algún mensaje en lenguaje claro, de explicar palabra por palabra su funcionamiento, en suma, de dar su razón, no habría sentido la necesidad de escribir el libro. Puesto que la función del arte no es jamas ilustrar una verdad –ni siquiera un interrogante– conocida de antemano, sino plantear al mundo preguntas (y tambien, quizá, llegado el momento, respuestas que no se conocen aún a sí mismas).

Alain Robbe-Grillet, "Por una nueva novela"