30 abril, 2013

El mono y el loro

  

–Yo –decía el mono– hago muecas como el hombre. Gesticulo como el hombre, Mis patas traseras son piernas y pies, y las delanteras son brazos terminados en manos. De lejos, me tomarían por un hombre, un hombre de baja estatura, pero un hombre al fin.

–Yo –decía el loro– nunca tengo la estúpida pretensión de hacerme pasar por un hombre, pero poseo algo del hombre: su más hermoso don, que es la palabra. Puedo recitar bellos versos y canturrear complejas melodías. 

 –Yo puedo hacer patomimas –respondía el mono. 

 –¿Pantomimas? –se reía el loro y alzaba los hombros–. La pantomina es un arte inferior, el supremo recurso para los comicastros sin voz. 

 –¡Arte inferior! –se indignaba el mono–. ¿No ha leído usted la última crónica de Mendès, dedicada a la pantomima? 

–No –replicaba el loro con tono seco.  

En resumidas cuentas, el mono estaba a favor de lo gestual y el loro a favor de lo verbal. ¿Qué era superior y más próximo a la humanidad: el gesto o el verbo? That was the question. Hasta quem un día, la querella alcanzó proporciones desmesuradas y nuestros dos animales estuvieron a punto de irse a las… de irse a las patas. Se evitó el escándalo, por suerte, gracias al ingenio de nuestro mono, quien tuvo la última palabra

 –Sí, ¡usted habla y habla! –se impacientó el mono–. Pero yo, ¿qué cree usted, especie de imbécil, que hago yo? ¿No comprende que, desde hace una hora, no hacemos más que discutir tontamente? 

"La fábula del mono y el loro" (fragmento), de Alphonse Allais.