06 abril, 2015

Conversaciones ficticias




 Alberto LAISECA


Ignasi Duarte ha puesto en marcha, hace algún tiempo, las “conversaciones ficticias”. Se trata de una de serie de entrevistas con escritores cuya mecánica es tan simple como original: un escritor responde en escena, frente a un público, una serie de preguntas tomadas de sus propios libros; preguntas que él escritor puso en boca de los personajes de sus obras.

Mediante esta mecánica, Duarte ha conversado ya, entre otros, con Juan Villoro, Horacio Castellanos Moya, Claudio Magris, Alberto Laiseca y, más recientemente, con Eduardo Halfon y Álvaro Enrigue, en la última edición del Festival Passa Porta Bruselas. 

Parte de su conversación ficticia con Alberto Laiseca transcurrió de esta manera:


–¿Estás contento? (La hija de Kheops, p. 277)
–¿Con las cosas en general? ¡No! Me pasan demasiadas cosas jodidas.

–¿Se entiende el porqué de la desesperación? (Los Sorias, p. 24)
–Yo lo entiendo, sí… (Risas) Porque miro las cosas que me pasan. Y me desespera no poder cambiarlas. Ni solucionarlas. Cada tanto he podido solucionar algo y eso me hizo muy feliz, pero… Son felicidades que duran poco tiempo, lamentablemente.

–¿Qué cosa viste? (Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati, p. 75)
–A los del otro lado, a los muertos. ¿Vos no los ves? ¿No? Pues no sé si envidiarte… Se te aparecen… ¡Los ves aunque no quieras! ¡Me extraña mucho que vos no los veas!

–¿Visiones? (La hija de Kheops, p. 244)
–Sí, los veo. Y los escucho. Cada vez hay más. Entonces se te hace todo muy difícil. Ah, ellos hablan todo el tiempo… Hay tantos y están tan acá... El problema es que la gente cree que se protege no mirando… Pero eso es mentira. Si no los ves te atacan igual. Y mientras mejor persona seas más van a atacarte. Son enemigos del bien.

–¿Te has dejado poseer por la Diosa de la Locura? (La hija de Kheops, p. 245)
–No… No... Te confieso que hubo una época muy lejana en la cual estaba bastante loquito. Haber estado loco y salir de ahí tiene una cosa muy buena: ¡que nunca más vas a estar loco! ¡Nunca! Porque ese lado ya lo conocés. Es horrible… ¡Nunca más!

–¿Y después? (Su turno, p. 90)
–¡Vivir! ¡Vivir!

–¿Qué puedo esperar de los demás? (Su turno, p. 45)
–En general, la traición, pero… con toda honestidad, no creo que sea siempre así. Sería muy feo de mi parte pensar eso. Ahora, la traición inesperada la he conocido de cerca. Una vez un tipo que ya murió me dijo: “Lai, lo que más abunda en este mundo es la traición y la muerte”. Ese tipo me traicionó.

–¿Y las mujeres? (Su turno, p. 66)
–Hubo una sola que me quiso matar… ¡No, miento! ¡¡Dos!!

 
En la web del proyecto hay más información acerca de estas conversaciones: www.conversacionesficticias.com

01 abril, 2015

Una estrategia


...habían logrado la hazaña de debilitar a ejércitos enemigos sembrando un falso rumor. Bastaba con sobornar a algunos consejeros del país donde se hallaban para que estos le murmuraran a su rey que los jefes de las tropas complotaban contra él. Con urgencia, el rey reestructuraba el estado mayor nombrando a unos individuos de confianza, pero nada competentes. Estos últimos conducían a las tropas a una clara derrota.

Éric Faye, Devenir immortal, et puis mourir

25 marzo, 2015

Wife in Reverse



Esta es una microficción del estadounidense Stephen Dixon y la traducción es mía. El 1º de abril, Eterna Cadencia saca a la venta el segundo volumen de los cuentos selectos de Dixon, "Ventanas y otros relatos" ( traducción de Ariel Dilon, selección y prólogo de Eduardo Berti), que presenta una pequeña parte de sus casi quinientos cuentos y sucede cronológicamente a "Calles y otros relatos" (traducción de Martín Schifino, prólogo de Rodrigo Fresán), editado en 2014 también por Eterna Cadencia.

Su esposa muere, la boca ligeramente torcida y un ojo abierto. Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menor y dice “Mejor que vengas, me parece que mamá se muere”. Su esposa cae en coma a los tres días de haber vuelto a la casa y permanece así once días. Celebran una pequeña fiesta el segundo día que ella pasa en la casa: salmón Nova Scotia, chocolate, un risotto que él preparó, queso brie, champán. Una ambulancia lleva a su esposa al hogar. Ella le dice: “Paséame en silla de ruedas una última vez por el jardín, antes de que vaya a la cama”. Su esposa rechaza el tubo alimenticio que quieren ponerle los médicos y pide morir en su casa. Ella dice: “No quiero más asistencia, ni líquido ni comida”. Él llama al 911 por cuarta vez en dos años y le dice a quien atiende: “Mi esposa, seguro que tiene neumonía otra vez”. A su esposa le hacen una traqueotomía. “¿Cuándo me la van a quitar?”, pregunta ella, y el doctor dice: “¿La verdad? Nunca”. “Su esposa tiene una grave neumonía”, les dice el médico, la primera vez, a sus hijas y a él, “y hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que sobreviva”. Su esposa usa ahora una silla de ruedas. Su esposa usa ahora un andador con ruedas. Su esposa usa ahora un andador. Su esposa debe usar bastón. A su esposa le diagnostican esclerosis múltiple. A su esposa le cuesta caminar. Su esposa da a luz a su segunda hija. “Esta vez no has llorado”, dice ella, y él dice “Sin embargo, estoy igual de feliz”. Su esposa dice: “Tengo un problema en los ojos”. Su esposa da a luz a su hija. El obstetra dice: “Nunca vi a un padre llorando en la sala de partos”. El rabino los declara marido y mujer y él estalla en un llanto. “Casémonos”, le dice él y ella dice: “Estoy de acuerdo” y él se pone a llorar. “Qué reacción”, dice ella, y él dice: “Estoy tan feliz, tan feliz”, y ella lo abraza y le dice: “Yo también”. Ella llama por teléfono y le dice: “¿Cómo estás? ¿Te parece que nos veamos y charlemos?”. Ella se despide de él en la puerta de su edificio y le dice “Esto no está funcionando”. Él conoce a una mujer en una fiesta. Charlan largo rato entre ellos. Ella debe abandonar la fiesta para ir a un concierto. Él le arranca el número de teléfono y dice: “Mañana te llamo”, y ella dice: “Eso me gusta”. Él se despide de ella en la puerta, le da la mano. En cuanto ella se va, él piensa: “Está mujer será mi esposa”.

23 marzo, 2015

Reflexiones de Flaubert


Me gusta más la inspiración que la reflexión, el sentimiento que la razón, la clemencia que la justicia, la religión que la filosofía, lo bello que lo útil. La poesía, en primer lugar.

El pudor en el arte es una idea que tan solo puede provenir de un imbécil. El arte, incluso en sus desvíos más impúdicos, es púdico si es bello y grande. Una mujer desnuda no es impúdica. Una mano que esconde, un velo que tapa, un pliegue, son impúdicos.

Nada bueno espero de los hombres. Ninguna traición y ninguna bajeza me sorprendería.

La mente de Montaigne es un cuadrado. La de Voltaire, un triángulo.

Gustave Flaubert, Cuadernos: apuntes y reflexiones. Traducción y edición de Eduardo Berti.



 En la búsqueda de la palabra exacta, del anhelado mot juste, en la creencia de que «todo depende del plan», Gustave Flaubert llevó a lo largo de su vida varios cuadernos de apuntes,  donde volcaba no solamente ideas para los libros que escribió y para los que jamás escribió, sino también aforismos, rigurosas anotaciones de lectura o reflexiones punzantes: sobre sí mismo, sobre la literatura, sobre el arte en general, sobre la actualidad o sobre la historia.

Los Cuadernos que  acaba de publicar en España la editorial Páginas de Espuma (cuadernos prácticamente inéditos en castellano), permiten no solamente contemplar a un Flaubert en estado puro, sino también apreciar la innegable evolución desde las más tempranas meditaciones a la notas para la planeada segunda parte de Bouvard y Pécuchet, que quedó inconclusa con la muerte del autor.

19 marzo, 2015

La noticia



Era una mujer rubia, de unos cuarenta años, probablemente alemana. Se llamaba Gertrudis. Lo que decía era esto:
-A mí me han comido siete veces los dragones, pero siempre me tuvieron que vomitar.
- ¡Ah! -Dijo el periodista cortésmente, cerrando su libreta de apuntes-. ¿Y por qué, señora?
El estudiante de medicina que acompañaba al periodista sonrió al oír la palabra señora.
-Porque soy una diosa -dijo la señora Gertrudis.
-Una diosa -dijo el periodista.
-Sí. Fíjese -confió la señora Gertrudis señalando con el brazo a su alrededor, en un movimiento muy delicado-. Por mí caen todas las hojas del otoño. Mire cómo caen.
El periodista miró. El patio del manicomio estaba lleno de árboles, y de los árboles caían millares de hojas - Detrás de los muros había otros árboles y de ellos también caían las hojas, en una silenciosa, interminable inundación. El periodista vio que caían por todas partes al mismo tiempo, acaso en todo el mundo, y se preguntó cómo iba a hacer para dar esa noticia.
Dijo:
-Por favor, señora, baje el brazo.
La señora Gertrudis, con pena, bajó el brazo. El aire se volvió otra vez limpio y puro, y el periodista se alegró de no tener que pasar una noticia tan extraña.

Rodolfo Walsh, "La noticia"
(Publicado por primera vez en febrero de 1964 en "Gregorio", suplemento de humor de la revista Leoplán)

16 marzo, 2015

Contratapas de libros inexistentes




Un modelo de este género por inventar, más bien apócrifo, o desviado de su contexto verdadero de verdadero resumen, no sé muy bien, lo constituye para mí este ejemplo, que según creo recordar pertenece a Alphonse Allais: "Es la historia de un hombre joven y de una mujer joven. Se conocen, se aman, se casan. En la segunda parte de la novela, la acción se vuelve todavía más dramática".

Jacques Roubaud, La Bibliothèque de Warburg

15 marzo, 2015

El conocimiento



 Si el objetivo profundo de la literatura, el único que justifica plenamente su existencia, es el conocimiento del ser humano, y si tomamos en cuenta que en ningún sitio esto puede estudiarse mejor que en una sala de audiencias, ¿no sería conveniente que, a modo de principio general, la conformación de todos los jurados incluyera un escritor? Su presencia haría que todos a su alrededor tuviesen más cuidado. 

Marcel Jouhandeau, Tres crímenes rituales

07 marzo, 2015

Playground Martyrs



David Sylvian cantando con Nina Kinert la canción "Playground Martyrs", del álbum Slope, de Steve Jansen.

04 marzo, 2015

Lo normal


Un día, durante una tormenta, se apagaron bruscamente todas las luces y mi hijo me preguntó: "¿Qué es lo normal, papá? ¿La luz o la oscuridad?". "La luz", respondí en el momento exacto en que mi mujer, apareciendo a mis espaldas, decía: "La oscuridad".

Robert Coover, Gerald's Party

26 febrero, 2015

Napoleón



X: Napoleón
Y: Un hombre que se cree Napoleón
Z: La mujer de Y

Napoleón se enamora de la mujer del hombre que se cree Napoleón. La mujer siempre creyó que su marido era Napoleón, y que ella era en consecuencia la mujer de Napoleón, condición que quiere conservar a toda costa, aunque para ello tenga que cambiar de Napeleón.

La única constante es la mujer, porque Napoleón la considera como si fuera suya y el otro hombre cree que ella es la mujer de Napoleón.

"Napoleón", de Harry Mathews.