22 mayo, 2015

Una película palindrómica

Se llama "Symmetry" (Simetría) y es una película palindrómica, escrita en forma simétrica: la segunda mitad es igual a la primera, salvo que se proyecta al revés y en forma invertida.

Written, directed & edited by Yann Pineill
Music by Cliff Martinez & Joseph Haydn
Starring Edouard Sanville, Daphné Sanville & Romane Pineill
parachutes.tv/


19 mayo, 2015

Barthes y los otros



Uno de los máximos aciertos del libro de Samoyault son los capítulos o las largas secciones que analizan los vínculos entre Barthes y otros actores centrales de la intelectualidad francesa de su época: desde Camus hasta Foucault, pasando por Sartre, Lucien Goldmann, Edgar Morin, Jacques Derrida o Claude Lévi-Strauss, entre muchos más. Todo esto sin olvidar sus lazos por lo menos cambiantes con el llamado nouveau roman (movimiento del que suele rescatar ante todo a Claude Simon) y su resistencia a ese eslogan, el de nueva novela, que a su juicio "reúne todos los ingredientes de una maniobra estratégica", como puede leerse en la biografía.

En 1960, cuenta Samoyault, Barthes le pide una cita a Lévi-Strauss. Desea que dirija su tesis sobre la moda. El encuentro es, al mismo tiempo, "decepcionante y estimulante". Decepcionante porque Lévi-Strauss no acepta: la etnografía de lo contemporáneo le resulta, acaso, un poco trivial. Estimulante porque Lévi-Strauss le recomienda la lectura de Morfología del cuento, de Vladimir Propp, y porque "Barthes llega con la idea de trabajar en torno a las vestimentas y Lévi-Strauss le propone que se limite al discurso sobre la moda, lo que transforma la dirección de su trabajo y representa una etapa importante en la delimitación de su método estructuralista".

En cuanto a Jean-Paul Sartre, aparece en la biografía como "modelo y contramodelo", alguien que entabla con Barthes caminos paralelos y cruzados. El vínculo es sutil: aunque Sartre no es citado textualmente ni una vez en El grado cero..., su nombre es mencionado en tres ocasiones, dice Samoyault, y más de una idea del libro responde a viejos textos suyos. Por ejemplo, tras la pregunta sartreana "¿qué es la literatura?", Barthes plantea "¿qué es la escritura?".

"En los años 1974-1975, cuando Sartre ya ha sufrido dos ataques y el segundo de ellos lo ha dejado casi ciego, Barthes reconoce la influencia que éste tuvo en él", apunta Samoyault, que también advierte entre ellos un dato biográfico en común: sus dos padres, militares en la marina, murieron cuando el hijo tenía un año de edad. Al principio, como había hecho con la figura de Gide, Barthes tiende a ocultar o difuminar la influencia sartreana. Pero su interés por lo efímero o por la inestabilidad es un innegable punto en común.

"Cuando, apenas finalizada la guerra, Sartre aparece como la referencia de lo moderno, Barthes no pretende definirse de este modo; cuando, más tarde, Barthes se vuelve el campeón de la vanguardia y de la nueva crítica, Sartre postula un retorno al humanismo", escribe Samoyault. Al compromiso activo de Sartre se opone, en el caso de Barthes, un vínculo más complejo con la política y una actitud más pasiva: a las ambiciones totalizantes del primero, se opone en el segundo una preferencia por las formas breves y la fragmentación. Pero uno y otro han inventado una nueva forma de ensayo, "a medio camino entre la novela y el tratado", por medio de una escritura que "en vez de fijar el razonamiento, lo abre a un mundo tan vasto y tan utópico como el de las novelas".

Enlace original y artículo completo:
http://www.lanacion.com.ar/1792811-una-revolucion-llamada-roland-barthes

18 mayo, 2015

Centenario Roland Barthes


 Acerca de 1915, su año natal, Roland Barthes alguna vez escribió que fue "un año anodino". Un "año perdido en medio de la guerra" y sin ningún hecho memorable, le gustaba exagerar. "No hay nadie famoso que haya nacido o muerto ese año; y, ya sea por penuria demográfica o mala suerte, nunca conozco a ningún contemporáneo que haya nacido el mismo año que yo, como si, colmo de la paranoia, fuera yo el único de mi edad."

A meses de que se cumpla un siglo de su nacimiento y mientras se preparan múltiples conmemoraciones (desde encuentros y exposiciones hasta una película documental dirigida por Thierry y Chantal Thomas), la escritora y ensayista Tiphaine Samoyault publicó en enero una exhaustiva y clarificadora biografía, Roland Barthes (editorial Seuil, colección Fiction & Cie). El libro, que excede las 700 páginas, ha recogido mayormente elogios y ha sido el auspicioso primer acto de otros acontecimientos editoriales como el Álbum Roland Barthes a cargo de Éric Marty, que acaba de aparecer, con diversos inéditos, o como también L'amitié de Roland Barthes (La amistad de Roland Barthes), evocación de Philippe Sollers que saldrá a la venta en el otoño europeo. El 5 de mayo abrió sus puertas en la sede parisina de la Biblioteca nacional la exposición Les écritures de Roland Barthes, que podrá visitarse hasta el 26 de julio.


 La de Samoyault es la tercera biografía que se publica en Francia consagrada a Roland Barthes. La primera, en 1990, estuvo a cargo de Louis-Jean Calvet y se basó en una serie de testimonios de primera mano, tanto del ámbito familiar como del ámbito intelectual. A la segunda biografía, escrita por Marie Gil y editada en 2012, deben sumarse los libros de recuerdos personales, como el Roland Barthes de Patrick Mauriès (1992), la mezcla de rememoración y ensayo que plasmó Éric Marty en Roland Barthes, el oficio de escribir (2006), los innumerables estudios críticos (a cargo de Philippe Roger, Susan Sontag o Bernard Comment, entre muchos otros), la autoficción que el propio Barthes ofreció en 1975 (Roland Barthes por Roland Barthes, donde se encadenan decenas de recuerdos fragmentarios, ordenados alfabéticamente por temas), y hasta los libros donde Barthes aparece convertido en personaje literario, no únicamente los ya clásicos Mujeres de Philippe Sollers (donde Barthes se llama Werth) y Los samuráis de Julia Kristeva (donde se llama Bréhal), sino además ejemplos más recientes: desde El hombre que mató a Roland Barthes, de Thomas Clerc, hasta El fin de la locura, de Jorge Volpi, sin hablar de la categórica presencia de varios libros de Barthes (sobre todo de sus Fragmentos de un discurso amoroso) en La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides.

Uno de los aportes decisivos de la biografía de Samoyault consiste en mostrar a Barthes bajo distintos ángulos y echar luz a aspectos o episodios algo menos conocidos: desde su pasión por la tragedia griega en sus tiempos de juventud y su participación activa como actor en un grupo teatral, hasta su obsesión por las dietas alimenticias; desde su breve pero intenso paso por Rumania, como docente y bibliotecario del Instituto Francés de Bucarest, hasta el año que pasó en Egipto, en Alejandría (1949-50), donde conoció al lingüista ruso-lituano Algirdas Greimas, quien le hizo leer la obra de Saussure, Hjemslev y Merleau-Ponty; desde su afición a la pintura en los años setenta hasta su experiencia como actor en la película Las hermanas Brontë (1979) de André Téchiné.

Para esto, Samoyault tuvo acceso a numeroso material inédito: casi toda la correspondencia, la totalidad de los manuscritos y, sobre todo, el "fichero" personal de Barthes, un archivo que éste inauguró en sus años de estudiante "como una reserva bibliográfica y después lexicográfica -escribe la autora-, y que progresivamente se volvió depositario de buena parte de su existencia". Michel Salzedo, hermano de Barthes (medio hermano, en realidad: doce años menor que Roland, hijo de un hombre casado que por un tiempo fue amante de la viuda Henriette Barthes), le abrió a Samoyault las puertas del estudio de la calle Servandoni, en el mismo edificio donde la familia Barthes se instaló por primera vez en el lejano 1939, y le permitió hojear y analizar las agendas donde, sin interrupciones, desde 1960 hasta su muerte, Barthes fue apuntando las cosas que le sucedían a diario, en lugar de los compromisos que esperaban.

10 mayo, 2015

Reparar a los vivos



 Maylis de Kerangal (Toulon, 1967) fue la revelación del año pasado en Francia con su novela Reparar a los vivos (Anagrama). El fenómeno fue tal que cuando el libro obtuvo su séptimo premio literario y vendió casi 150 mil ejemplares, el diario Le Figaro bromeó que la editorial pronto no tendría más lugar en la faja para enumerar las muchas recompensas recibidas.

Reparar a los vivos es la segunda novela de Kerangal traducida al castellano, en este caso, por Javier Albiñana. La otra, Nacimiento de un puente, ganadora en 2010 del premio Médicis, fue publicada también por Anagrama y estuvo precedida en Francia por varios libros todavía sin traducir: novelas como Je marche sous un ciel de traîne (2000), La Vie voyageuse (2003) o Korniche Kennedy (2008), esta última retrato de un grupo de adolescentes, así como los dos relatos de Ni Fleurs ni couronnes o una ficción en homenaje a las cantantes Blondie y Kate Bush.

Nacimiento... cuenta la construcción de un puente colgante en una California más o menos imaginada y lo hace a través de los relatos y retratos cruzados de una docena de hombre y mujeres, todos ellos empleados en la colosal edificación. La novela ofrece una escritura ágil y cincelada. La visión abarcadora es, acaso, la mayor herencia visible de algunos hábitos del nouveau roman que la última ficción francesa deja cada vez más atrás, volviendo a la costumbre de narrar historias, pero no por ello desestima del todo.

Algo de esta estrategia panorámica reaparece ahora en Reparar..., una novela de múltiples focos que tiene como corazón un trasplante de órganos (de corazón, justamente) pero que trasciende este núcleo y adopta la forma de una especie de cadena humana: la sucesión de hechos que permite llevar a cabo el trasplante, desde el accidente hasta la operación, lo que arroja un sinnúmero de perspectivas y de personajes esperados o inesperados: la traductora de cincuenta años que aguarda ansiosa el trasplante; el anestesista insomne; los padres de Simon, que primero hablan de su hijo muerto en presente y después en pretérito imperfecto; Virgilio, el médico italiano pendiente del partido de fútbol que se juega al mismo tiempo. La omnisciencia autoral permite en cierta manera transgredir una regla de oro: las rigurosas medidas que se toman en algunos países para que las familias del donante y del receptor no tengan la menor información unas de otras.

La noción de grupo o de comunidad es una constante en Kerangal, y no sólo en sus ficciones. Lo mismo que Mathías Enard, Arno Bertina, Claro, Joy Sorman, Oliver Rohe y otros autores que figuran hoy entre los más granados de la nueva literatura francesa, Kerangal formó parte del grupo Inculte a partir de la fundación de su revista, en 2004, y de su editorial independiente, tres años más tarde. El grupo ha pregonado, desde sus primeros pasos, la mezcla de géneros, la coexistencia de ficción y ensayo, y una clara propensión a mostrar lo real bajo nuevas formas.

Kerangal ha contado que para su última novela fueron decisivos un episodio fatal en su familia más un encuentro con cierto enfermero, encargado de obtener, en pleno duelo, el permiso de las familias para emplear los órganos del recién fallecido. Pero Reparar a los vivos trasciende el dilema de qué harían los lectores si se vieran confrontados a una situación similar a la de esos familiares. En un extenso pasaje, Kerangal reflexiona acerca de cómo en el siglo XX cambió la noción de la muerte y, con ella, el simbolismo del corazón, durante siglos "analogía misma de la vida": en 1959, en ocasión de la 23ª Reunión Internacional de Neurología, los científicos Maurice Goulon y Pierre Mollaret proclamaron que el paro cardíaco ya no era sinónimo de defunción y que en lo sucesivo lo sería la interrupción de las funciones cerebrales. "En otras palabras: si ya no pienso, ya no existo. Destronamiento del corazón y consagración del cerebro; un golpe de Estado simbólico, una revolución", escribe Karangal. Y una nueva definición de la muerte que, en su vasto alcance filosófico, conduce a "autorizar y permitir las extracciones de órganos y los trasplantes".

En tal sentido, Reparar... (aun cuando tiene ecos de una tragedia antigua) empieza donde hubiese terminado una novela tradicional del siglo XIX: con el accidente mortal que sufre el joven Simon Limbres haciendo surf. La primera escena, bajo negras nubes, fija una especie de ritmo: el de las olas que estallan contra la orilla y se vuelven -como Simon- "amasijos orgánicos sin sentido", el de los latidos del corazón. La tensión de la novela se construye, primero, con la contraposición entre una situación urgente y el tiempo lento de la escritura y de las acciones y reflexiones. Pero los hechos, que transcurren en apenas 24 horas, se aceleran poco a poco: Estrasburgo, Rouen, Le Havre, París, cirujanos a bordo de un avión, carrera contra el tiempo. La novela se va internando en territorio médico, sin volverse nunca meramente técnica.

En más de una entrevista, Kerangal sostuvo que le resultó esencial la lectura de El hombre ante la muerte, de Philippe Ariès, porque "explica que hemos pasado de una era donde la muerte era algo cotidiano a una época en la cual se ha retirado del espacio público". La autora presenció incluso un trasplante cardíaco. Forma parte de su creencia: que los escritores tienen la tarea de imaginar, claro está, pero también la de "abandonar las torres de marfil" y trabar contacto con la comunidad.

"Una novela tiene que hacerse preguntas", afirmó recientemente Kerangal, promoviendo su libro en Barcelona. En el caso de Reparar a los vivos, las preguntas involucran la intimidad, el cuerpo y nuestros conceptos acerca de la vida y la muerte. Nada menos.

Largo extracto de la reseña publicada en ADN La Nación el pasado viernes 8 de mayo.
Versión completa:
http://www.lanacion.com.ar/1790772-a-corazon-abierto 

http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_883

 

03 mayo, 2015

El lector cleptómano


Un texte d'Eduardo Berti avec des illustrations de Dorothée Billard. Lu à la BNF, dans "Les Jeudis d'Oulipo", avril 2015. Hommage au "Traducteur cleptomane" de Dezső Kosztolányi et aux bibliothèques imaginaires.

Texto de Eduardo Berti con ilustraciones de Dorothée Billard. Leído en la Biblioteca Nacional de Francia, en "Los jueves del Oulipo", abril de 2015. Homenaje al "Traductor cleptómano" de Dezső Kosztolányi y a las bibliotecas imaginarias.




https://www.slideshare.net/secret/Dlz9Ur9hDhk97n

29 abril, 2015

Métropolisson


Algunos ejemplos del proyecto Métropolisson del fotógrafo Janol Apin:  el nombre de cada estación del métro de París sirve de excusa o de disparador para una foto.

Un libro que reúne más de cien fotos acaba de salir a la venta:
http://www.janol-apin.com/photos/metropolisson







(Para los que no hablan francés: "Monceau" suena parecido a "mi balde", "pompes" son las flexiones de brazos y "anvers" suena parecido a "envers" que significa "reverso" o "al revés")

Más en
http://www.janol-apin.com/

26 abril, 2015

Criminal mambo


Marcel JOUHANDEAU


Mariana Enríquez comenta Tres crímenes rituales en Radar (Página/12, Buenos Aires)

En el notable prólogo que escribió para la edición en castellano de Tres crímenes rituales del francés Marcel Jouhandeau (1888-1979), Eduardo Berti –también traductor del libro– recuerda el ensayo Escritores delincuentes de José Ovejero y apunta que ahí se investiga “la atracción, a veces identificación, entre intelectuales y delincuentes, más si estos últimos son cultos o muestran cierto refinamiento ideológico”. Y luego ubica a Tres crímenes rituales en la tradición de Souvenirs de la cour d’assises de André Gide o L’affaire Dominici de Jean Giorno, “crónicas judiciales que no excluyen un examen de las posibles motivaciones de los delincuentes”. A la tradición podría agregarse, como ejemplo más contemporáneo, El adversario de Emmanuel Càrrere, crónica de los asesinatos –de su esposa, sus hijos, sus padres– del mitómano burgués Jean-Claude Romand que durante años fingió ser médico investigador en la OMS.

Pero hay algo diferente en este breve y malsano libro. Son tres los casos expuestos de manera escueta aunque minuciosa. Todos los crímenes habían sido cubiertos profusamente, en su momento, por la prensa roja francesa de los años ’50. El primero lo comete Denise Labbé, que ahoga a su hija de dos años en un recipiente para lavar la ropa supuestamente por orden –en un pacto sacrificial– de su novio, Jacques Algarron. El segundo –del que también escribió Marguerite Duras– es el asesinato de Márie-Claire Évenou, esposa de un respetado médico, Yves Évenou, quien le habría ordenado la ejecución a una de sus pacientes, Simone Deschamps. El tercero es el más impactante: un cura de provincias, Guy Desnoyers, asesina a su amante embarazada de nueve meses, Regine, le arranca el hijo del vientre y le desfigura la cara además de apuñalarlo. Jouhandeau asiste a los juicios, fascinado, y ubica un elemento común: los llama crímenes rituales. Se complace, con saña, en los detalles –es escalofriante y demuestra el poderío de Jouhandeau como narrador la descripción del cura degollando al bebé– y en cada línea queda claro eso diferente que pone a Tres crímenes rituales en un lugar distinto dentro de la tradición: el autor es un hombre obsesionado con el pecado, con el Mal. Es un católico que peca, un místico que encuentra elementos escabrosos en el éxtasis. “Como el cielo, sin duda, siempre sentí debilidad por los culpables”, escribe, y también está hablando de él mismo, que en su vida fue devoto y voluptuoso, eufórico y suicida.

Casado con una bailarina, tenía relaciones con hombres en boliches de Pigalle y se enamoraba de varones con frecuencia. Fue acusado de antisemita y colaboracionista y escribió un libro cuyo título dice todo: El peligro judío (1937). El y su mujer denunciaron a varios judíos y resistentes y hasta fue invitado por Goebbels a un congreso en Weimar.

Su obra, vastísima e inabarcable, contiene más de 130 libros y fue admirada por Cocteau, Genet y hasta Walter Benjamin. Se especializó en los relatos sobre Chaminadour –un pueblo inventado pero idéntico a Guéret, el suyo– y la vida de provincias pero lo hizo de manera cáustica, chismosa, también fotográfica. La misma que usa para la descripción de los crímenes, especialmente en la cobertura del juicio al sacerdote con los escalofriantes diálogos de la sala de audiencias. Son los horribles asesinatos del cura los que más fascinan a Jouhandeau, por lejos. Escribe: “He notado a menudo que la fe y el pecado no se excluyen necesariamente. Se puede ser el más abyecto de la tierra y, al mismo tiempo, el más convencido de todos los creyentes”. No sólo excita particularmente su fascinación el brutal choque de lo piadoso y lo criminal en el caso del cura asesino: es que en los otros casos las asesinas son mujeres y la misoginia de Jouhandeau es tan pronunciada (¡aunque él la niega en un párrafo!) que ni siquiera puede adjudicarles la diabólica atracción del Mal, o sólo puede hacerlo en sorprendidas ráfagas. De Simone Montespan, que acuchilló a la esposa de su médico siguiendo una orden dice “su cuerpo delgaducho tiembla en presencia de los jueces, desprovisto de toda personalidad, casi de toda existencia. Uno se pregunta cómo fue que pudo él, por un rato, convertirse en un personaje fastuoso, fabuloso”. También lo horrorizan las mujeres del jurado, no las cree aptas para la tarea: las llama Erinias “cuya sed de castigo es prácticamente insaciable”. También quiere que sean sancionadas las mujeres que dan testimonio “por la violencia que a menudo aportan”.

Los periodistas, sin distinción de género, caen también bajo su censura. Para Jouhandeau hay una regla que debe adoptar cada juicio por jurados –y en este punto su libro excede la aparente intención de crónica–: “Si el objetivo profundo de la literatura, el único que justifica plenamente su existencia, es el conocimiento del ser humano, y si tomamos en cuenta que en ningún sitio esto puede estudiarse mejor que en una sala de audiencias, ¿no sería conveniente que, a modo de principio general, la conformación de todos los jurados incluyera a un escritor?”.

Tres crímenes rituales es, entonces, un estudio del horror y el secreto humanos en dos direcciones: hacia afuera, con la descripción de crímenes teatrales y terribles, y hacia adentro, con la exposición de la amargura infinita del autor y su punto de vista intenso y diseccionador. Como escribe en su crónica del juicio a la joven filicida, “no recorremos esos senderos que bordean los abismos sin despertar ciertos poderes malignos que ignorábamos tan a nuestro alcance” y no se refiere, únicamente, a los crímenes que documenta.

Enlace original:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5573-2015-04-19.html

25 abril, 2015

De los diarios de Tolstoi


 
Qué difícil es para un hombre mejorar cuando sólo tiene malas influencias... ¿Llegará algún día en que ya no dependa de las circustancias? A mi entender, la perfección consiste en eso.
 

Mi principal error... es que he confundido el perfeccionamiento con la perfección. Hay que empezar por conocerse bien a uno mismo, conocer us defectos e intentar corregirlos, en lugar de proponerse como meta la perfección, que no sólo es imposible de alcanza en un punto en un punto tan bajo como en el que estoy, sino que... te priva de toda esperanza de poder alcanzarla.

Fragmentos del diario de León Tolstoi, citados por Tatiana Tolstoi en Sobre mi padre (Nortesur, Barcelona, 2010), traducción de Julia Escobar.
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06 abril, 2015

Conversaciones ficticias




 Alberto LAISECA


Ignasi Duarte ha puesto en marcha, hace algún tiempo, las “conversaciones ficticias”. Se trata de una de serie de entrevistas con escritores cuya mecánica es tan simple como original: un escritor responde en escena, frente a un público, una serie de preguntas tomadas de sus propios libros; preguntas que él escritor puso en boca de los personajes de sus obras.

Mediante esta mecánica, Duarte ha conversado ya, entre otros, con Juan Villoro, Horacio Castellanos Moya, Claudio Magris, Alberto Laiseca y, más recientemente, con Eduardo Halfon y Álvaro Enrigue, en la última edición del Festival Passa Porta Bruselas. 

Parte de su conversación ficticia con Alberto Laiseca transcurrió de esta manera:


–¿Estás contento? (La hija de Kheops, p. 277)
–¿Con las cosas en general? ¡No! Me pasan demasiadas cosas jodidas.

–¿Se entiende el porqué de la desesperación? (Los Sorias, p. 24)
–Yo lo entiendo, sí… (Risas) Porque miro las cosas que me pasan. Y me desespera no poder cambiarlas. Ni solucionarlas. Cada tanto he podido solucionar algo y eso me hizo muy feliz, pero… Son felicidades que duran poco tiempo, lamentablemente.

–¿Qué cosa viste? (Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati, p. 75)
–A los del otro lado, a los muertos. ¿Vos no los ves? ¿No? Pues no sé si envidiarte… Se te aparecen… ¡Los ves aunque no quieras! ¡Me extraña mucho que vos no los veas!

–¿Visiones? (La hija de Kheops, p. 244)
–Sí, los veo. Y los escucho. Cada vez hay más. Entonces se te hace todo muy difícil. Ah, ellos hablan todo el tiempo… Hay tantos y están tan acá... El problema es que la gente cree que se protege no mirando… Pero eso es mentira. Si no los ves te atacan igual. Y mientras mejor persona seas más van a atacarte. Son enemigos del bien.

–¿Te has dejado poseer por la Diosa de la Locura? (La hija de Kheops, p. 245)
–No… No... Te confieso que hubo una época muy lejana en la cual estaba bastante loquito. Haber estado loco y salir de ahí tiene una cosa muy buena: ¡que nunca más vas a estar loco! ¡Nunca! Porque ese lado ya lo conocés. Es horrible… ¡Nunca más!

–¿Y después? (Su turno, p. 90)
–¡Vivir! ¡Vivir!

–¿Qué puedo esperar de los demás? (Su turno, p. 45)
–En general, la traición, pero… con toda honestidad, no creo que sea siempre así. Sería muy feo de mi parte pensar eso. Ahora, la traición inesperada la he conocido de cerca. Una vez un tipo que ya murió me dijo: “Lai, lo que más abunda en este mundo es la traición y la muerte”. Ese tipo me traicionó.

–¿Y las mujeres? (Su turno, p. 66)
–Hubo una sola que me quiso matar… ¡No, miento! ¡¡Dos!!

 
En la web del proyecto hay más información acerca de estas conversaciones: www.conversacionesficticias.com

01 abril, 2015

Una estrategia


...habían logrado la hazaña de debilitar a ejércitos enemigos sembrando un falso rumor. Bastaba con sobornar a algunos consejeros del país donde se hallaban para que estos le murmuraran a su rey que los jefes de las tropas complotaban contra él. Con urgencia, el rey reestructuraba el estado mayor nombrando a unos individuos de confianza, pero nada competentes. Estos últimos conducían a las tropas a una clara derrota.

Éric Faye, Devenir immortal, et puis mourir

25 marzo, 2015

Wife in Reverse



Esta es una microficción del estadounidense Stephen Dixon y la traducción es mía. El 1º de abril, Eterna Cadencia saca a la venta el segundo volumen de los cuentos selectos de Dixon, "Ventanas y otros relatos" ( traducción de Ariel Dilon, selección y prólogo de Eduardo Berti), que presenta una pequeña parte de sus casi quinientos cuentos y sucede cronológicamente a "Calles y otros relatos" (traducción de Martín Schifino, prólogo de Rodrigo Fresán), editado en 2014 también por Eterna Cadencia.

Su esposa muere, la boca ligeramente torcida y un ojo abierto. Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menor y dice “Mejor que vengas, me parece que mamá se muere”. Su esposa cae en coma a los tres días de haber vuelto a la casa y permanece así once días. Celebran una pequeña fiesta el segundo día que ella pasa en la casa: salmón Nova Scotia, chocolate, un risotto que él preparó, queso brie, champán. Una ambulancia lleva a su esposa al hogar. Ella le dice: “Paséame en silla de ruedas una última vez por el jardín, antes de que vaya a la cama”. Su esposa rechaza el tubo alimenticio que quieren ponerle los médicos y pide morir en su casa. Ella dice: “No quiero más asistencia, ni líquido ni comida”. Él llama al 911 por cuarta vez en dos años y le dice a quien atiende: “Mi esposa, seguro que tiene neumonía otra vez”. A su esposa le hacen una traqueotomía. “¿Cuándo me la van a quitar?”, pregunta ella, y el doctor dice: “¿La verdad? Nunca”. “Su esposa tiene una grave neumonía”, les dice el médico, la primera vez, a sus hijas y a él, “y hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que sobreviva”. Su esposa usa ahora una silla de ruedas. Su esposa usa ahora un andador con ruedas. Su esposa usa ahora un andador. Su esposa debe usar bastón. A su esposa le diagnostican esclerosis múltiple. A su esposa le cuesta caminar. Su esposa da a luz a su segunda hija. “Esta vez no has llorado”, dice ella, y él dice “Sin embargo, estoy igual de feliz”. Su esposa dice: “Tengo un problema en los ojos”. Su esposa da a luz a su hija. El obstetra dice: “Nunca vi a un padre llorando en la sala de partos”. El rabino los declara marido y mujer y él estalla en un llanto. “Casémonos”, le dice él y ella dice: “Estoy de acuerdo” y él se pone a llorar. “Qué reacción”, dice ella, y él dice: “Estoy tan feliz, tan feliz”, y ella lo abraza y le dice: “Yo también”. Ella llama por teléfono y le dice: “¿Cómo estás? ¿Te parece que nos veamos y charlemos?”. Ella se despide de él en la puerta de su edificio y le dice “Esto no está funcionando”. Él conoce a una mujer en una fiesta. Charlan largo rato entre ellos. Ella debe abandonar la fiesta para ir a un concierto. Él le arranca el número de teléfono y dice: “Mañana te llamo”, y ella dice: “Eso me gusta”. Él se despide de ella en la puerta, le da la mano. En cuanto ella se va, él piensa: “Está mujer será mi esposa”.