26 noviembre, 2014

Diálogos socráticos (de calidad)




I

El maestro: La sabiduría no viene con la experiencia, discípulo.

El disícpulo: ¿Lo dice usted por experiencia, gran maestro?


II

El discípulo: Maestro, la juventud está en la calle, ¿qué hacer?

El maestro: Nada, pues es una ilusión óptica: la juventud está ante todo en la mente.


III

El discípulo: A menudo, maestro, tengo la impresión de que todo el mundo me desprecia.

El maestro: Dices tonterías, discípulo, son muchos los que ni siquiera te conocen.



"Demande au muet (115 dialogues socratiques de qualité)" es el último libro de Hervé Le Tellier, en el que un maestro sin muchas luces dialoga con un discipulo tampoco muy avispado. El libro acaba de ser editado en Francia por Nous. (Estas tres traducciones son mías)

24 noviembre, 2014

Después de la guerra




Por Eduardo Berti

Se cumplen cien años de la Primera Guerra Mundial, la que marcó el inicio del siglo XX, y es notoria la cantidad de obras de ficción consagradas a esta guerra que se están reconsiderando, releyendo o reeditando: desde clásicos como El fuego (Henri Barbusse), El buen soldado Schwejk (Jaroslav Hašek), Sin novedad en el frente (Erich Maria Remarque), El final del desfile (Ford Madox Ford) o La paga de los soldados (William Faulkner), hasta perlas recuperadas como Compañía K (William March) y, por supuesto, libros más recientes que visitan el episodio desde una nueva visión.

La novela ganadora del último premio Goncourt forma parte de esta última categoría –al igual que, por ejemplo, el breve y notable 14 de su compatriota Jean Echenoz–, y con ella parece revalidarse una especie de ley según la cual, conforme transcurre el tiempo, los incidentes históricos de gran envergadura suelen reaparecer en la ficción cada vez menos a la manera de un «gran fresco general» y cada vez más desde una perspectiva restringida o, en todo caso, desde un ángulo o un aspecto «descuidado» por las ficciones previas, pero que tiene el peso de aquellos detalles de alto poder simbólico o metonímico.
 
Nos vemos allá arriba empieza, como si fuese una película (y, al respecto, conviene indicar que su autor también ha escrito unos cuantos guiones), con dos textos sucintos, dos «cartelones». Uno de ellos indica, sencillamente, la fecha en que se pone en marcha la acción: «Noviembre de 1918». El otro da cuenta del origen del título del libro: «Te doy una cita en el cielo, donde espero que Dios nos reúna. Nos vemos allá arriba, mi querida esposa» fueron las últimas palabras de una carta que escribió a finales de 1914 Jean Blanchard, uno de los seis «mártires de Vingré», soldados injustamente fusilados y a quienes se rehabilitó en 1921.

Acto seguido, viene la primera frase, una muy certera primera frase que sintetiza y anticipa la mirada crítica de Lemaitre: «Todos los que pensaban que aquella guerra acabaría pronto habían muerto hacía mucho tiempo». Y, tras unas primeras páginas que destilan acaso cierto exceso de cinismo e ironía, el narrador omnisciente de la novela acaba privilegiando una suerte de distanciada piedad para pintar no tanto la Primera Guerra Mundial (la también llamada Gran Guerra, antes de que la segunda la convirtiese en primera), sino más bien sus consecuencias y, sobre todo, una serie de turbios fraudes que se tejieron tras ella, a su sombra.

En efecto, uno de los atributos de Lemaitre es que ha logrado plasmar una acertada y grata novela sobre la guerra (sobre una de las guerras más cruentas de la historia) dedicándole pocas páginas a las escenas bélicas. En cierto sentido, Nos vemos allá arriba empieza por el final. No por la peligrosa euforia del inicio de la contienda, sino por las primeras perspectivas de armisticio y por el modo en que los rumores del final de la guerra establecen una clara línea divisoria entre los soldados que se sientan a esperar el desenlace («morir el último es como morir el primero, una gran gilipollez», reflexiona más de uno) y los oficiales que «se morían de ganas de aprovechar los últimos días para zurrarse un poquito más con los boches».

Hasta el presente, los lectores franceses vinculaban a Pierre Lemaitre con el así llamado «polar» (novela negra), donde llegó a descollar tras un inicio algo tardío en la escritura profesional, de la mano de libros como Robe de marié (2009) o Alex (2011). Estos antecedentes se notan en la rigurosa pericia con que Lemaitre va erigiendo la trama de Nos vemos allá arriba. Cierta carta que Maillard escribe a la familia Péricourt comunicando la falsa muerte de Édouard, por ejemplo, depara jugosas complicaciones; entre ellas, que la hermana del supuesto «muerto» viaja al lugar de la batalla para llevarse el cadáver y, de este modo, conoce al villano del libro, esto es, al teniente Pradelle, con quien acabará casada.

La escena de la visita de la hermana de Édouard Péricourt es una de las mejores de la novela y prepara, en buena medida, uno de los temas centrales del libro: el engaño, la estafa. Ante la presión de la joven hermana, el capitán Pradelle acude a Maillard y le dice: «Sólo hay dos soluciones, soldado Maillard. Decir la verdad o liquidar el asunto. Si dice la verdad, se verá con el agua al cuello: usurpación de identidad. No sé cómo se las apañó, pero le espera la trena, le garantizo quince años como mínimo… Tanto para usted como para mí es la peor solución. Pero queda la otra: nos piden un soldado muerto, pues les damos un soldado muerto, y sanseacabó».

Ni corto ni perezoso, Maillard sale en busca de una tumba para enseñarle a la hermana de Édouard Péricourt. Una tumba cualquiera, pero que sea convincente. Y cuando encuentra una que le parece idónea, con una cruz sin ninguna leyenda, le clava la media chapa de identificación de Édouard. La guerra no ha terminado (o apenas acaba de terminar), pero ya hay quienes la reescriben y falsean. Y esto es un juego infantil, al lado de lo que vendrá. Pues Pradelle, ambicioso y sin escrúpulos, concibe un plan para amasar una fortuna: se trata de enterrar a los muertos de la guerra en cementerios especiales. Entre sobornos y contactos que le proporciona su flamante e influyente suegro, Pradelle gana la licitación y comete fraudes y estafas a troche y moche, no únicamente con el tamaño y la calidad de los ataúdes (para que entren ciertos cadáveres habrá que quebrarles los huesos), sino que incluso, con tal de ahorrar gastos y esfuerzos, entierra cajones vacíos o con muertos equivocados o, más sacrílego aún, con soldados alemanes.

En paralelo, los inseparables Albert y Édouard, sumidos en la pobreza, planean una especie de revancha relacionada con la fiebre de monumentos conmemorativos que estalla por entonces en toda Francia y que suscita colectas y suscripciones populares. La revancha de los soldados es bienvenida en una novela en la que, por momentos, Lemaitre juega peligrosamente con los tópicos: buenos versus malos, pobres versus ricos, éticos versus corruptos… Que tanto las víctimas como el victimario Pradelle acaben casi coincidiendo en ardides timadores rompe cierto posible maniqueísmo. Y algo por el estilo sucede con las dudas y los remordimientos que van ganando al acaudalado padre de Édouard, cuyas escenas con su codicioso yerno (escenas de negociaciones, de amenazas, de ajustes de cuentas) deparan acaso las páginas de mayor tensión dramática.

Esto último tiene lógica, porque lo que narra ante todo Nos vemos allá arriba son las consecuencias y las maneras de lucrarse en una guerra. Y lo que plantea esta novela es cuándo termina, exactamente, una guerra. Cuáles son sus límites en todos los sentidos: los morales, desde luego, pero también cuánto dura la memoria o la gloria de las víctimas, ya se trate de muertos o de tullidos. Y cómo se «sale» de una contienda tan devastadora.

Versión resumida de la reseña publicada en "Revista de Libros".
La versión completa, aquí:
http://www.revistadelibros.com/resenas/despues-de-la-guerra

22 noviembre, 2014

Aurora y las escaleras



Por Eduardo Berti

 Cuando, hace unos catorce años, supe que Aurora Bernárdez me invitaba a almorzar en su casa de París, en el distrito número XV, a pocos pasos del metro Vaugirard, no supe qué era más conmovedor: el hecho de conocerla (en realidad, ya la había visto una vez, pero en medio de un bullicio que no invitaba a conversar con calma) o el hecho de conocer el mítico pavillon, o sea: el antiguo galpón que cinco décadas antes había sido reconvertido en un departamento de tres niveles gracias a que Julio Cortázar había cobrado un buen dinero traduciendo a Edgar Allan Poe. Allí, frente a la pequeña plaza del general Beuret, Cortázar había terminado Rayuela y escrito la mayoría de los cuentos de Todos los fuegos el fuego. Allí, en el pavillon, seguía habitando y trabajando Aurora. Y habitaría hasta su muerte, hace unos días.

Aquel almuerzo perdura como un recuerdo imborrable. Sonaba una tenue música de jazz; la casa estaba perfectamente ordenada; había, claro está, libros por todas partes, pero también varias fotos (una de Italo Calvino, a quien ella admiraba y quería tanto; otra, si mal no recuerdo, de Alejandra Pizarnik) y una colección de pipas que incluía varias de Cortázar.

Desde luego, sería aventurado no pintar a Aurora como la gran cómplice y compañera de Julio Cortázar, a quien conoció en 1948 y con quien formó pareja durante catorce años (...) pero el retrato sería incompleto si se omitiese que Aurora fue además, por derecho propio, una de las máximas traductoras literarias de su tiempo, si no la mejor. Libros como Las ciudades invisibles (Calvino), Bouvard y Pécuchet (Flaubert), El malentendido (Camus), Pálido fuego (Nabokov) o El cuarteto de Alejandría (Lawrence Durrell) llevan la imborrable marca de su versión castellana. Y, aparte de esto, Aurora era hermana menor del poeta y diplomático Francisco Luis Bernárdez, amigo de Borges, de Arlt, de Güiraldes. El primer encuentro entre Bioy Casares y Cortázar se vio facilitado por el hecho de que Bioy conocía a los Bernárdez.

En ocasión de aquel almuerzo no tan lejano, en el pavillon, Aurora me habló de Francisco, a quien era "necesario" reeditar, poco después o poco antes de consagrarle un buen rato a Carol Dunlop (la última mujer de Cortázar) con afecto sincero, nada impostado. En esos días, Aurora ejercía la custodia de la obra de Cortázar junto con el poeta y crítico Saúl Yurkievich. Faltaban algunos años para que éste falleciera en un accidente de tránsito y Aurora debiese ocuparse sola de una tarea entonces (se advierte hoy) incipiente, una tarea que abarcó la recuperación de inéditos (El examen o el Diario de Andrés Fava) y que, en los últimos años, aportó varios "papeles inesperados" y hasta el álbum Cortázar de la A a la Z, en los que contó con el apoyo de Carles Álvarez Garriga.

En ese almuerzo (en que los papeles inéditos estuvieron presentes, aunque parezca mentira, pero asimismo escondidos y desordenados en un cajón, esperando el momento de asomar), en ese almuerzo, al que también asistió Diana Saiegh, por entonces directora de la Casa Argentina de la Ciudad universitaria de París (la misma casa donde había llegado a alojarse Cortázar), hablamos de literatura, desde luego. Aurora contó que había estado leyendo al austríaco Hermann Broch y que, cómo decirlo, había esperado más. Un autor llevaba a otro y, en un momento, ella quiso consultar o simplemente mostrarnos no sé qué ejemplar de no sé qué edición. Todavía recuerdo el susto de ver cómo casi cae por un hueco, un vertiginoso hueco en el que había una empinadísima escalera, todo porque, puro entusiasmo y un poco de distracción, estiró su cuerpo menudo en busca de un libro que no se hallaba en el mejor sitio.

(Aurora y las escaleras: hace cinco años, en una rara entrevista pública, contó el origen de las famosas instrucciones de Cortázar: "Un día en la villa Médicis de Roma le dije a Julio: 'Esta escalera es para bajar no para subir' y él me dijo: 'Nunca lo había pensado'".)

Después de aquel almuerzo en el pavillon, Aurora no dejó de sorprenderme. Un día hubo un raro ruido de fax en mi teléfono y apareció un texto manuscrito por ella, que con más de 80 años prefería usar esa vía para mandar un mensaje.

No se equivoca en absoluto Sylvie Protin, especialista y traductora al francés de Julio Cortázar, cuando dice que en la mirada clara de Aurora había la chispa de la curiosidad. "Cuando le dije que buscaba las traducciones literarias de Cortázar, entonces olvidadas o incluso perdidas, vi el interés en sus ojos. Hablamos largo rato del oficio, de los autores que ella había traducido, de la literatura que amaba." Años más tarde, Protin le llevó desde Argentina un ejemplar antiguo de su traducción de La naúsea de Sartre, que ella ya no tenía, acompañado del saludo respetuoso de Hugo, un librero de Plaza Italia, emocionado al saber a quién iba destinada esa compra. "Aurora también se emocionó -rememora Protin-. No sé si por el libro recobrado o por el fervor que su nombre seguía provocando en Buenos Aires."

(Versión resumida del texto publicado en ADN, La Nación, Argentina)
El texto completo, en este enlace:
http://www.lanacion.com.ar/1745544-aurora-y-las-escaleras
 
 

19 noviembre, 2014

Los placeres de la puerta




Los reyes no tocan las puertas.

No conocen esa felicidad: empujar hacia adelante con suavidad o violencia uno de esos grandes tableros familiares, volverse hacia él para ponerlo otra vez en su lugar: tener en nuestros brazos una puerta.

La felicidad de empuñar por su nudo de porcelana el vientre de uno de esos altos obstáculos de una sola pieza; ese rápido cuerpo a cuerpo mediante el cual, detenido el andar por un instante, la mirada se extiende y el cuerpo entero se acomoda a su nueva habitación.

Con una mano amistosa la reitene aún, antes de volver a empujarla con decisión y encerrarse: de lo que el ruido del pestillo potente pero bien aceitado le ofrece agradable confirmación

Francis Ponge, Le Parti pris des Choses (1942), traducción de Raúl Gustavo Aguirre

18 noviembre, 2014

Por discreción



Dios le dio innumerables pequeños dones que él no usó ni desarrolló por temor a ser un hombre completo y sin pudor.

Clarice Lispector, Descubrimientos (Adriana Hidalgo editora), traducción de Claudia Solans.
 

14 noviembre, 2014

Beverley


 
Mítica cantante folk de principios de los años 1970 (cuando se hablaba de folk-psicodélico), compañera de ruta y de álbumes del inolvidable John Martyn (Stormbringer! o también The Road to Ruin son discos que resisten magníficamente el paso del tiempo), amiga del menos inolvidable Nick Drake, de Bert Jansch, de Jimmy Page y de tantos otros, Beverley Martin está de regreso con un álbum que, aunque parezca mentira, es el segundo álbum solista de toda su carrera.

Se llama The Phoenix & The Turtle e incluye una canción escrita a medias con Nick Drake y desconocida hasta hoy:



Según puede verse en Internet, el regreso ha incluido varios conciertos en vivo donde rescató viejas perlas de sus tiempos con John Martyn como esta versión (impresionante) de "Auntie aviator", que vale la pena mirar (el sonido es excelente):


Beverley Martyn – Bush Hall, London, 29 April 2014

12 noviembre, 2014

Deliciosos enigmas de los diccionarios


Disfruto mucho de las columnas que escribe Pedro B. Rey en el diario La Nación de Buenos Aires. La más reciente es una especie de poema de amor al diccionario...

Era un hombre alto, impecablemente trajeado, aunque había algo bohemio en su desordenada manera de hojear los libros. Se lo podía encontrar cada tarde de aquel verano en la sala de lectura de la Biblioteca del Maestro, perdido en medio de la troupe de estudiantes universitarios que se acantonaban en el lugar en busca de concentración. Lo más curioso del individuo no era, contra todo, su aspecto discordante, sino que parecía dedicarse en exclusividad a volúmenes masivos. Un día se lo veía con los cuatro tomos de un diccionario de filosofía (firmado por Ferrater Mora), otro con algún diccionario de la lengua. Sacaba después de un rato una libretita, anotaba algo y, acto seguido, lo tachaba. Lo que el hombre iba marcando eran las entradas que acababa de leer. Estaba embarcado en la memorable tarea de navegar de manera completa, al modo de una rayuela, las obras de referencia que consultaba.
La imagen de aquel anónimo personaje reapareció con la potencia de los recuerdos suprimidos años atrás, cuando algunos amigos de lo ajeno se colaron en el cuarto en que esto se escribe para llevarse, del primero al último, los diccionarios que con el tiempo había ido acumulando en las estanterías. (...) La mayoría de esos diccionarios ya podían consultarse, como de hecho ocurría, en la red . Pero, desprovisto del papel, también quedó en evidencia hasta qué punto aquella cercanía casual en un lugar público había producido un efecto contagio. Aunque mucho menos metódico y programático (no buscaba combatir la pobreza verbal televisiva, como terminó por sugerir aquel bibliotecómano que era su objetivo), los diccionarios se volvieron la lectura perfecta para los tiempos muertos.
No hace falta subrayar las ventajas de las versiones online, su rapidez y comodidad. Manipular los mastodontes originales para rastrear una serie de palabras puede representar una verdadera tortura para bíceps y tríceps. Pero resulta distinto si se lee el diccionario porque sí, de manera salteada, tomándolo como una caja de Pandora en la que de un vistazo pueden divisarse innumerables elementos que, en su sucedáneo virtual, permanecen ocultos.
Bien pensado, todo diccionario admite ser leído como una novela de vanguardia, abierta, en loop, con múltiples entradas y un número indefinido de conexiones (...) Decidirse por cualquier página, dejar que una definición lleve a otra; descubrir que adefesio viene de la epístola de San Pablo a los Efesios ("Ad Ephesios") y pasar al curioso fenómeno de que boludo, en Cuba, designa unos zapatos de puntera redonda. (...) Algunos, como le ocurría a Gabriel García Márquez, preferirán el Diccionario de uso del español, de María Moliner (imposible consultarlo hoy: fue víctima propiciatoria de los rateros). Sus definiciones son algo escuetas, pero su artífice, una lexicógrafa que hizo de su casa un depósito creciente de papeletas, puede ser considerada, frente al colectivo académico de la RAE, como una solitaria y genial autora conceptual. El diccionario etimológico preparado por el catalán Joan Coromines, una maravilla en su versión condensada para leer al azar, tiene contradictoriamente algo de esas novelas decimonónicas en que cada personaje (cada vocablo) se remonta en su linaje. Y el Diccionario del habla de los argentinos, preparado por la Academia Argentina de Letras, puede recorrerse como un poema aleatorio, a la vez urbano, regionalista y gauchesco, que, entre tantas cosas, declama que bondi designaba en realidad al tranvía y viene del portugués de Brasil.
Es, podría decirse, un mundo sin fin. Quizá, como simples y mundanos lectores, sea el momento de reducir las disputas entre el papel y lo digital a un cambio de polaridad: dejar que la versión virtual se lleve el lado práctico, el dedo admonitorio del "mataburros", y que las versiones físicas se conviertan en el pequeño jardín donde pasearse mientras las palabras proliferan a sus anchas.

Versión completa:
http://www.lanacion.com.ar/1743029-deliciosos-enigmas-de-los-diccionarios

10 noviembre, 2014

Arma de instrucción masiva


Dice el sitio de ADIM ("Arma de Instrucción Masiva"):

El arma de instrucción masiva es una escultura ambulante que transporta libros y regala libros. Su capacidad para transportarlos permite que recibir donaciones de cualquier parte y llevarlas a los lugares más recónditos de la Argentina y del Continente.

El ADIM, en su carácter de escultura es también una intervención callejera, una pieza única de arte, de protesta, de estímulo, una imagen de otra dimensión puesta en ésta.
La escultura ambulante, a primera vista, se ve como un tanque de combate. Detrás del proyecto hay dos artistas plásticos argentinos: Agustín Rafael Martínez y Raúl Lemesoff. En una entrevista al diario Los Andes, de Mendoza, Lemesoff contó que como base para su tanque de guerra usó nada menos que un Ford Falcón de los tiempos de la última dictadura.
"Compré un Ford Falcon de 1979 que pertenecía a las Fuerzas Armadas argentinas para destruirlo y transformarlo en este vehículo. Los primeros libros me los regaló un papelero".

Más información:
https://sites.google.com/site/armadeinstruccionmasiva/ 
 

28 octubre, 2014

Flaubert y Turgueniev

 Ivan TURGUENIEV

Flaubert y Turgueniev se conocieron en 1858, pero se hicieron amigos íntimos en 1863. “La fecha exacta, según los hermanos Goncourt anotaron en su diario, fue el 28 de febrero de 1863”, dice Gérard Gaully. Nacido en la provincia de Orel, en 1818, considerado el más europeísta de los escritores rusos del siglo XIX (dato importante en el contexto de la agitada polémica entre occidentalistas y eslavistas), Turgueniev pasaba por entonces más tiempo en Francia, en Alemania o en Inglaterra que en Rusia. Tras su encuentro, Flaubert le escribió a los Goncourt: «He leído todos los libros de Turgueniev. Este hombre sí que tiene talento».

De la obra de Turgueniev, a Flaubert le entusiasmaba especialmente Primer amor, el cuento fantástico «Un sueño» (su «violencia subterránea ») y, sobre todo, la novela breve La desdichada (a jucio del francés, que la leyó bajo el título de «La abandonada», una obra maestra). En cuanto a Turgueniev, le gustaban Madame Bovary, La educación sentimental y Salammbô (en este orden, según Alexandre Zviguilsky), aunque varios estudiosos se ocuparon de rastrear paralelos entre Bouvard y Pécuchet del francés y
Punin y Barburin del ruso. Por cierto, fue el propio Turgueniev quien trabajó en estrecha alianza con Caroline (sobrina de Flaubert) para editar de forma póstuma la novela.

Es muy probable, especula el propio Zviguilsky, que el ruso reconociera su historia romántica con la mezzo-soprano Pauline Viardot leyendo La educación sentimental, o que, en simultáneo, el francés rememorara al leer Primer amor la pasión que sintió a los 15 años edad por Elisa Schlesinger.

En total, Turgueniev efectuó unas once visitas a Croisset, la primera en noviembre de 1868. En aquella ocasión Flaubert fue a buscarlo a la estación ferroviaria de Rouen y le mostró los vitreaux de la catedral, uno de los cuales, según dijo, acababa de inspirarle un tema que luego plasmaría en La légende de Saint Julien l’Hospitalier. Si no hubo más visitas de Turgueniev y si éstas solían hacerse irreparablemente cortas para el anfitrión, esto se debe (arguye Zviguilsky) a que el ruso era muy alto y las camas en Croisset, demasiado pequeñas.

Maupassant supo retratar a «los dos gigantes», como él los apodaba: Turgueniev sentado en un sillón y hablando muy lentamente, con voz dulce y algo débil; Flaubert escuchándolo de forma casi religiosa. Sus charlas casi nunca abordaban asuntos de la vida corriente, sino cuestiones literarias. «Se hablaba, sobre todo, de cuestiones formales», indicó Henry James, alguna vez presente. A menudo el ruso le traducía a Flaubert un poema de Pushkin, de Goethe o de Swinburne. Y, por cierto, fue el propio Turgueniev quien tradujo por primera vez al ruso los textos de Flaubert. 

Paul Bourget le oyó un día a Turgueniev sus teorías sobre el arte de la descripción y notó que eran muy semejantes a las de Flaubert. Realista poético, para Turgueniev el talento descriptivo debía residir, ante todo, en la selección del detalle evocador.  «Quería que la descripción fuese indirecta y sugerida antes que evidente», dijo Bourget.

«Ambos tenían el mismo cuidado de la perfección en la escritura, con más sencillez en Turgueniev. Dumas dijo que Flaubert era un gigante que derribaba un bosque para hacer cajas de fósforos. Turgueniev derribaba sus pequeños árboles blancos para edificar casas de madera a la medida del hombre», escribió André Maurois en su libro consagrado al ruso. «Turgueniev se extrañaba a menudo de las ideas y las teorías de Flaubert. Habían comenzado los dos en el romanticismo, pero Flaubert seguía siendo más romántico que Turgueniev».

25 octubre, 2014

Literatura y ciencia



II Encuentro Internacional sobre Literatura y Ciencia (www.mestizajes.es)
18 y 19 de Noviembre - Donostia - San Sebastián
Sala de Actos de Kutxa - Calle Andía s/n