23 noviembre, 2018

Henry James, los años intermedios

Extractos del prólogo al Volumen 2 de los cuentos de Henry James que acaba de publicar en España la editorial Páginas de Espuma. 

Los textos que conforman este segundo volumen de los Cuentos completos de Henry James corresponden a sus «años intermedios», desde 1879 hasta 1895: los middle years, citando el título de uno de sus relatos más famosos (incluido en este tomo) y el título, también, de la segunda entrega de su autobiografía.

Se trata, en términos literarios, de años centrales y decisivos en los que James (tras el éxito furibundo que obtiene en Inglaterra con Daisy Miller, en junio de 1878)  publica varias obras sobresalientes: la impactante seguidilla de novelas Los europeos (1878), Washington Square (1880) y El retrato de una dama (1881), otras novelas de peso, como Las bostonianas (1885-86), La princesa Casamassima (1886) o La musa trágica (1890), novelas cortas como Los papeles de Aspern (1888) o La lección del maestro (1892), crónicas de viajes por Francia, un estudio sobre Nathaniel Hawthorne o el influyente ensayo El arte de la ficción, publicado en 1884.

Se trata, en términos biográficos, de un periodo que comienza a los 35 años de edad, instalado en Gran Bretaña tras un paso importante por París, y que se extiende hasta los 52 años de edad, con su sonado fracaso como autor dramático. En ese lapso, en el que llegó a ausentarse como nunca de su país natal (después de seis años sin pisar Estados Unidos, el reencuentro se ve reflejado en «El punto de vista», por ejemplo), pierde a sus padres, que mueren en 1882 con pocos meses de diferencia (su madre en enero, su padre en diciembre), empieza a codearse en Gran Bretaña con figuras de la literatura como Robert Browning, Robert Louis Stevenson o Ford Madox Ford, asiste con gran aflicción a la decadencia y la muerte de su hermana Alice (entre 1891 y 1893) y entabla un vínculo especial con la escritora estadounidense Constance Fenimore Woolson, quien aparentemente se suicida en Venecia, en enero de 1894.




Es en esta etapa intermedia, después de «negociar las lecciones de Flaubert, sin sacrificar del todo las lecciones de Balzac y de George Eliot» (al decir de Peter Brooks), cuando Henry James empieza una revolución que Virginia Woolf y Roger Fry compararon con la que Paul Cézanne produjo en la pintura: un cambio en la perspectiva de nuestro modo de presentar y ver las cosas.

Experto en crear sensaciones, James fue un verdadero impresionista en el terreno de la prosa. Le agradaba sobremanera cierta frase de Émile Zola dedicada al arte de su compatriota Daudet: una frase que localizaba la maestría de este último en «un punto exquisito donde acaba la poesía y empieza la realidad»; y, en cierto modo, hizo de esa frontera casi inasible el territorio para su teoría y práctica del relato: una zona imprecisamente bella entre poesía y narrativa, a la que le añadió «una mezcla entre el sentido de lo real y el sentido de la belleza».

Los cuentos aquí reunidos permiten observar que el impresionismo en James se cumple, narrativamente, a través de una serie de sólidas estrategias: percepciones limitadas o fragmentadas, «perspectivismo radical» (en muchos casos, concentrando el punto de vista en torno un solo personaje), desdén por lo explícito, exposición indirecta de los asuntos, conflictos en los que las motivaciones de los personajes suelen ser opacas. Sutilezas que a menudo impacientaban a su hermano William, famoso representante del pragmatismo, ya que mientras el filósofo de la familia buscaba verdades concretas por medio de un empirismo «radical», el escritor de la familia tomaba siempre el camino del pluralismo, según explica David Lapujade en  Fictions du pragmatisme, William et Henry James, 

En Henry James, es «lo ignorado, la omisión, el hiato, la narración tácita imperfectamente disimulada (es decir: coquetamente delatada) por la narración escrita lo que hace las veces de centro ausente de la composición», indica Edgardo Cozarinsky. Y añade que «dramatizar», en el caso de James, «significa delegar la narración, nunca exponer o declarar, sino articular un juego de percepciones fragmentadas entre las cuales el lector deberá avanzar descubriendo un metódico placer en la iluminación oblicua». 

Los años intermedios, condensados en este volumen, afirman y profundizan estas astucias narrativas, pero también revisitan y casi agotan el «tema internacional» llevándolo a nuevos horizontes y (como no podría ser de otra manera en el caso de James, maestro en el arte de la perspectiva) a nuevos puntos de vista. En tal sentido, si la mayoría de las «ficciones internacionales» de su primera etapa tendían a pintar a Europa desde una perspectiva estadounidense, varios relatos y novelas de esta otra etapa abren el abanico de posibilidades y abordan este asunto clave en su obra (los lazos y los contrastes entre los dos continentes) desde ángulos inéditos. La novela breve Un episodio internacional, publicada a fines de 1878 (poco después de Daisy Miller), contraponía las dos miradas acaso más previsibles: ingleses que observan Estados Unidos, estadounidenses que observan Inglaterra. Tras ello, James se lanzó a explorar opciones más complejas, casi caleidoscópicas (por ejemplo, en ciertos relatos incluidos en este volumen: «Un fajo de cartas», «El punto de vista») y no tardó en adoptar, cada vez más, la primera persona de un narrador europeo, como si hubiese pasado al otro lado de un espejo.

La actitud cosmopolita llega así a una suerte de clímax y parece una acabada y temprana demostración de algo que Borges plantearía años más tarde, en su conocido ensayo El escritor argentino y la tradición: que los americanos son capaces de «manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y que ya tiene, consecuencias afortunadas». O, como afirmaba Stefan Zweig dirigiéndose a los brasileños: «En el dominio del arte, tienen ante ustedes una inmensidad desconocida y virgen. Al no estar cargados de recuerdos, no se verán obligados a adaptarse a una tradición antigua y podrán crear la propia».

El propio James decía algo por el estilo en 1867, en una carta dirigida a su amigo Thomas Sergeant Perry: «Aventajamos a los europeos en el hecho de que podemos tratar más libremente con formas de civilización que nos son extranjeras». Y también: «Carecer de un sello nacional ha sido hasta hoy un defecto o una desventaja, pero no me parece improbable que los escritores americanos puedan demostrar que una vasta fusión y síntesis intelectual de las diversas tendencias del mundo es la vía para logros más importantes que los vistos hasta el presente».

"Cuentos completos de Henry James" (editorial Páginas de Espuma), edición y prólogo de Eduardo Berti, con la colaboración de Salvador Biedma.

17 noviembre, 2018

Países imaginados


                                 
Charlie Coombe, que ha traducido al inglés mi novela "El país imaginado" (publicada hace pocos días en Estados Unidos, por Deep Vellum), me ha pedido que escriba un texto para que ella pueda traducirlo y leerlo en público en ciertas librerías de EE UU donde acaso se organicen presentaciones o encuentros de promoción. Esto es lo que me salió, a partir de algunas preguntas o algunos temas que ella misma me planteó.


Mi primer país imaginado fue la lejana Rumania donde nació mi padre. Cuando yo era un niño en Buenos Aires (Argentina), mi padre hablaba muy poco de su Rumania natal. Contaba lo estrictamente imprescindible. Yo terminé completando sus silencios con mi fantasía.

Mi segundo país imaginado fue una especie de terreno baldío de las afueras de la ciudad de Buenos Aires en el que, con dos amigos que tenían como yo 12 años, instalamos una especie de bandera que significaba toda una declaración de independencia a la República Argentina. Nadie se enteró de nuestra humilde revolución.

¿Mi tercer país imaginado? Tal vez haya que buscarlo en mi primera novela (“Agua”), que publiqué cuando tenía alrededor de treinta años. La novela presenta un país que no es totalmente real ni totalmente imaginario. La acción se ambienta en Portugal, hay escenas en ciudades reales como Lisboa y (sobre todo) Coimbra, pero otras se desarrollan en una ciudad inventada por mí desde la Argentina. Casualidad o no, la ciudad inventada en “Agua” (posiblemente un eco al país natal de mi padre) se llama Vila Natal.

No voy a seguir con la cuenta, no tiene sentido. Me he mudado varias veces. He vivido en París, en Madrid. Vivo hoy en el sur de Francia. Ya no sé muy bien qué es un país real y que es un país inventado… Desconfío cada vez más de las fronteras.


Pasemos directamente, por lo tanto, a ese país imaginado llamado “El país imaginado” : un país de novela que es una mezcla entre la China real y esa China que tanto hemos construido desde Occidente. Esa China idealizada como una especie de mundo alternativo. Esa China que, como la mejor ficción, nos recuerda que las cosas podrían ser y hacerse de otras maneras.

Mi primer contacto con el país real, con la China real, fue en el año 2004. Hicimos un viaje, mi mujer y yo, a Pekín y Shanghai. Un viaje de un mes, que fue el fruto de varios azares. Como hubo sobreventa (el famoso overbooking) en un vuelo entre París y Buenos Aires, la compañía aérea nos entregó una especie de vale compensatorio equivalente a no me acuerdo cuántos dólares, pero cuyo valor se duplicaba si era utilizado para comprar otro pasaje de avión. Eran tiempos en los que mi mujer y yo teníamos poco dinero; lo que nos ofrecía la compañía aérea nos hubiese venido bien traducido a billetes, pero siempre nos apasionó viajar.

Al principio pensamos en ir a Japón. Pronto supimos que el hotel y el día a día en Japón nos iban a salir muy caros. Entonces surgió la idea de viajar a China. Fue una idea de último momento. De modo que viajamos a Pekín casi sin preparativos. Casi a ciegas… La distancia y la sensación de no entender fueron parte de la magia de ese viaje. Y no está mal, de vez en cuando, dejarse llevar y no entender, como cuando leemos un poema o vemos un cuadro que nos fascina sin que nos quede del todo claro su sentido. La experiencia, en fin, fue tan intensa que nos dejó varias marcas: yo me puse a leer literatura china y libros sobre China (lo que, en parte, desembocó en mi novela “El país imaginado”) y mi mujer se puso a estudiar el idioma mandarín… Ha hecho grandes progresos.

A ese viaje le siguieron tres más, los que aparecen recogidos en un libro que publiqué el año pasado: “La máquina de escribir caracteres chinos”. Una mezcla de diario de viaje con ficción.

Pero “El país imaginado” lo escribí mucho antes. Después de aquel primer viaje y antes de los siguientes. Bajo el impacto de aquel viaje. Pero también bajo el influjo de varios libros que leí a mi regreso del viaje. Cuentos de fantasmas y cuentos fantásticos de Pu Song Ling, Gan Bao o Yan Zhitu. Novelas clásicas. Novelas más actuales de escritores como Rou Shi. Etcétera.

En un momento, me topé con un libro publicado en 1926 por el jesuita, misionero y sinólogo francés Henri Doré. Me refiero a su fascinante Manual de supersticiones chinas. Gracias a ese libro me enteré de la antigua (y no tan antigua) existencia de “casamientos fantasmas”. Es decir: bodas entre vivos y muertos. El tema es largo de explicar y no voy a ahondar mucho porque podría ser un “spoiler” para los que quieran leer mi novela. Como sea, el caso me fascinó. A tal punto que no pude dejar de escribir sobre él.
Muchas de mis novelas han nacido de la unión (impensada o inesperada) entre dos ideas que me obsesionan o que martillean con insistencia en mi cabeza. En el caso de “El país imaginado”, hacía rato que yo deseaba escribir una novela o un texto de ficción que hablase de ese vínculo tan especial que suele darse, no siempre, pero bastante a menudo, entre las niñas de 13, 14 ó 15 años… Un vínculo muy poderoso que, desde luego, tiene mucho de amistad, pero en el que con frecuencia se mezclan otros factores y otros ingredientes: admiración, complicidad y hasta una especie de amor o de atracción física.

Como escritor, me fascinan esas cosas que no tienen nombre o que deberían tener un nombre diferente al que la mayoría de la gente suele ponerle. Algo por el estilo me ocurrió con estas dos cosas que terminé mezclando, combinando, en “El país imaginado”: por un lado, los casamientos entre vivos y muertos; por el otro, el vínculo tan especial entre dos adolescentes.

Frente a esas cosas que no tienen nombre (frente lo inefable), quise escribir una novela donde jamás se dice el nombre exacto del pueblo de China donde ocurre la acción y donde jamás se dice el nombre exacto de la narradora.

La narradora, una niña de 14 años, acepta el nombre que le pone Xiaomei (su gran amiga): acepta el nombre Ling (que es un malentendido), pero nunca sabemos cómo se llama realmente Ling. Y eso no tan importante.

Quiero agregar que en “El país imaginado” quise trabajar más a fondo la emoción, profundizarla en comparación con mis libros anteriores. Podría bromear y decir que en esta novela hice lo que Flaubert con “Un corazón simple”. Al mismo tiempo, hoy comprendo que “El país imaginado” abrió una especie de segunda etapa en mis libros. La emoción es más presente, pero eso no impide que quiera seguir investigando formas o técnicas narrativas ni que siga siendo puntilloso con la elección de las palabras, con el ritmo de las frases… Cada loco con sus manías.

Formo parte del grupo Oulipo (el taller de literatura potencial) desde 2014. Una crítica que se suele formular a Oulipo (y no estoy de acuerdo con ella) es que las literaturas que ponen el acento en lo formal descuidan o resignan la emoción. Suelo responder a ese comentario que uno de los grandes emblemas del romanticismo y de la emoción (los sonetos) están llenos de reglas formales, comparados con el verso libre.

En “El país imaginado” no hay “contraintes”: no hay restricciones clásicas de tipo oulipiano. Los miembros de Oulipo no escribimos únicamente libros oulipianos. Y cada miembro de Oulipo tiene su forma particular de acercarse a la “restricción” y a la “literatura potencial”. Pienso que esta libertad ha ayudado a que el grupo siga vigente, activo y renovándose, pese a que en breve cumplirá sesenta años de vida.

Así y todo, “El país imaginado” tuvo y tiene sus pequeñas reglas de juego. Una de ellas abarca los “inter-capítulos” (o “capítulos intercalados”) que aparecen en itálicas, en bastardillas, y que son los sueños en los que se reúnen la narradora y la abuela muerta de la narradora. Esos capítulos no están narrados por quien sueña (como sería lo habitual), sino por la persona soñada. Más aún, hay toda una teoría al respecto en la novela. Una teoría que explica por qué la persona soñada es la mejor guardiana del recuerdo de un sueño…

Cuando tuve terminada la primera versión de “El país imaginado”, le pedí a una querida amiga china (que entonces vivía en Madrid, como yo, pues escribí esta novela en Madrid) que me hiciera un gran favor. Que durante diez mañanas consecutivas nos juntásemos en un café tranquilo (si es que en Madrid hay cafés “tranquilos”, pero es otro tema) y que ella permitiese que yo lo le fuera leyendo en voz alta la novela. Eso hicimos. Mi amiga, desde luego, me iba dando su opinión. Lo que a mí me interesaba, ante todo, era que ella me dijese si algo sonaba “falso” o “poco chino”. No me preocupaba tanto lo “verdadero” como lo “verosímil”. En otras palabras: que esa voz y esa historia ambientadas en una ciudad perdida de la China de 1930 fueran creíbles para mi amiga china de Madrid, unos ochenta años después.  

En un momento, me acuerdo bien, yo estaba leyendo en voz alta y llegué a una frase que decía, palabras más, palabras menos, “su ánimo se vino al suelo como un castillo de naipes”. Mi amiga frunció el ceño. Yo la miré y dije: “Sí, lo reconozco: la metáfora es trillada, todo un lugar común”. Ella respondió: “No, el problema es otro. En China no hay castillos… Hay palacios”. Finalmente dejé esa imagen convirtiéndola en un “palacio de naipes”. E hice lo mismo con otras figuras lingüísticas. Las “achiné”, si vale la palabra. Fue fascinante tomar ciertos “tópicos” de nuestra lengua y teñirlos con el aporte de otra cultura.

Algo de eso, me atrevo a decir, hace la novela a mayor escala. Habla de temas totalmente universales y conocidos (el amor, la familia, la amistad, la tradición, la libertad), pero los instala en un contexto singular y más bien extraño para nosotros, los occidentales. Un contexto que, además, es una especie de contrario u opuesto con respecto a mí: la narradora es mujer, la acción transcurre hace un siglo, China es la perfecta antípoda de la Argentina y mientras la narradora tiene 14 yo empecé a escribir esta novela (tuve la primera idea) a mis 41 años…

Es probable (cavilo ahora) que la edad que tiene Ling (la narradora), esa edad en la que abrimos los ojos al mundo, esa edad en la que descubrimos tantas cosas, encierre la misma mezcla que presenta la novela entre lo conocido y lo desconocido.

El concepto o el título de “país imaginado” alude no solamente a China. Se refiere a la muerte (la abuela de la narradora dice que la muerte es “una tierra imaginada”) y se refiere también a esa edad temprana en la que todo parece posible. Esa edad en la que (pese a los límites económicos o sociales, pese a las tradiciones culturales, pese a las leyes y a las exigencias familiares) nuestra vida y nuestro futuro se extienden vastamente, delante de nuestros ojos, como una suerte de país infinito.
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13 septiembre, 2018

Poema cuadrado





Intento de traducción de "Square poem" de Bob Cobbing.


                                Este poema  es un  cuadrado.
                           ¿Es este cuadrado un poema?
                           Este  cuadrado es  un  poema.  
                           Este  cuadrado  es. Un poema
                           Es un poema – este cuadrado. 
                           Este es  un  poema  cuadrado.
                           Un  poema cuadrado  es  este    
                           Poema.  Este  es un cuadrado.
                           Un  poema  cuadrado  es  este  
                           Cuadrado.  Este es un poema. 
                           Este  es. Un poema cuadrado
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