La cubierta de la edición española de "El país imaginado". Será lanzada por Impedimenta, entre el 10 y 15 de octubre, y distribuida en España, México y otros países de América Latina.
La Biblioteca Nacional argentina rinde homenaje a Luis
Alberto Spinetta (1950-2012), artista genial, poeta de una lengua recreada y
músico de armonías sutiles.
A partir del 10 de octubre y hasta el 12 de
diciembre en la Sala Leopoldo Marechal se exhibirán manuscritos de poesías,
anotaciones y dibujos realizados por Luis Alberto Spinetta, junto con objetos
de su pertenencia, como libros, discos y fotografías, privadas y profesionales,
documentales y artísticas, que testimonian momentos fundamentales de su vida y
obra. La intención de la muestra, curada por su íntimo amigo el fotógrafo Eduardo "Dylan" Martí, es rescatar el
universo de este artista exhibiendo sus producciones y también las lecturas y
músicas que nutrieron su obra, honrando así su memoria.
Como parte de la exhibición se realizarán tres conciertos a cargo de
Juan Carlos “Mono” Fontana y Claudio Cardone, quienes interpretarán piezas de
las distintas etapas artísticas de Spinetta. También habrá charlas y proyecciones
audiovisuales.
Miércoles
10 de octubre | 19 hs. | Auditorio Jorge Luis Borges
Apertura de la exposición a cargo de
Eduardo Martí y Horacio González.
Concierto
de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.
Viernes 12 de octubre | 18
hs. | Auditorio David Viñas
del Museo del libro y de la lengua
Proyección
de Spinetta, el video de Pablo Perel y vídeos inéditos.
Se
repite viernes 2 y 30 de noviembre a las 18 hs.
Martes 16 de octubre | 19 hs. |
Auditorio Jorge Luis Borges
El
ciclo Cine y Música de Autor presenta:
Charla
a cargo de Eduardo Martí, Fernando Spiner y Daniel Roiz.
Proyección
del cortometraje Balada para un kaiser carabela de Fernando Spiner, el making
off de la
película realizado por Daniel Roiz y los vídeos clips dirigidos por Eduardo
Martí.
Miércoles 17 de octubre | 14 hs. | Auditorio Jorge Luis Borges
Proyección
de Spinetta y las bandas eternas
Se repite los viernes 26 de octubre, 9 de noviembre y 23
de noviembre a las 11 hs.
Viernes 19 de octubre | 18 hs. | Auditorio David Viñas del Museo
del libro y de la lengua
Proyección de Pescado rabioso, una utopía incurable de Lidia Milani y vídeos inéditos. Se repite viernes 9 y 23 de noviembre a las 18 hs.
Viernes 26 de octubre | 18 hs. | Auditorio David Viñas del Museo
del libro y de la lengua
Proyección
de vídeos inéditos.
Se
repite viernes 16 de noviembre a las 18 hs.
Sábado 10 de noviembre | 17 hs. |
Auditorio Jorge Luis Borges
Charla
de Juan Carlos Diez, autor del libro Martropía, conversaciones con Spinetta y
Rodolfo García, integrante de Almendra.
Concierto
de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.
Martes 13 de noviembre | 19 hs. |
Auditorio Jorge Luis Borges
Charla
de los guitarristas de Luis Alberto Spinetta, coordina Ricardo Mollo.
Miércoles 12 de diciembre
| 19 hs. | Auditorio Jorge Luis Borges
Cierre
de la exposición.
Concierto
de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.
En el principio eran los principiantes, y en los inicios eran los iniciados. Para unos y otros, el mundo y la vida aparecieron de las formas más dispares y fantasiosas. Por ejemplo, para los fulani, nómadas saharauis, todo deriva de una gota de leche. Para los bosquimanos del África austral, los seres vivos salieron de un hoyo profundo; para los zulúes, de un lecho de cañas; para los kayapó del Amazonas, los indios bajaron del cielo. Para los bafia africanos, al principio había una enorme águila; para los yoruba nigerianos, un pollo con cinco dedos; para los masai, un dragón; para los indios algonquinos, una liebre grande; para los cree norteamericanos, un castor; para los pigmeos, dos huevos de tortuga; para los aztecas, dos serpientes con plumas; para los iban de Borneo, dos aves; para los bahía ecuatorianos, un ogro malvado; para los melanesios de las Nuevas Hébridas, un viejo sentado en el vacío; para los indios navajos, una diosa turquesa; para los apaches, una mujer pintada de blanco; para los sioux, una mujer con dos caras; para los iroqueses, una mujer llovida del cielo. Para los uitoto del Amazonas, el mundo se materializó a partir de un sueño; para los omaha norteamericanos, las criaturas pasan de la espiritualidad pura a la encarnación; para los esquimales, la tierra cayó desde las alturas, y los hombres emergieron del suelo. Dicho de otro modo: en principio y en los inicios cada uno sitúa lo que conoce (...) Lo cierto es que todos los mitos que sitúan a alguien o algo en el principio o en los inicios están condenados al fracaso, pues lo que hacen es dar un paso atrás en la cuestión de los orígenes. Tal como puede comprender cualquier niño, al afirmar que alguien o algo nos ha creado, surge de inmediato la cuestión de quién o qué ha creado a ese alguien o algo.
Piergiorgio Odifreddi, "Ideas, cálculos, experimentos" (RBA), traducción de Helena Aguilà Ruzola.
Piergiorgio Odifreddi (1950) es un matemático y lógico italiano cuya pasión es la historia de la ciencia. Profesor de lógica en la Universidad de Turín y en la Universidad de Cornell, colabora con diversos medios como La Repppublica o Psychologies y es autor de varios libros como Las mentiras de Ulises o Juegos matemáticos ocultos en la literatura.
"Ideas, cálculos, experimentos" consiste en una recopilación de diversos textos breves que abarcan múltiples temas: desde los vínculos entre la literatura de Italo Calvino y la antigua obra de Lucrecio hasta las ideas de Kurt Gödel. El blog de Odifreddi (en italiano): http://odifreddi.blogautore.repubblica.it/
José Ovejero (Madrid, 1958) ha abordado toda clase de
géneros como el teatro, los libros de viajes, los relatos y, sobre todo,
las novelas ( Las vidas ajenas, Añoranza del héroe o Nunca pasa nada ); sin embargo, en estos últimos tiempos se ha centrado en el ensayo y editó dos consecutivos en un lapso breve: Escritores delincuentes (Alfaguara, 2011) y La ética de la crueldad , premio Anagrama de Ensayo 2012. "Cuando terminé mi última novela, La comedia salvaje
, me di cuenta de que ya no sabía quién era como escritor de ficción",
cuenta Ovejero desde Bruselas, ciudad en la que vive actualmente (en un
permanente ida y vuelta a Madrid) tras haber residido algún tiempo en
Alemania.
"Aunque creo que mi trayectoria se caracteriza por numerosos
cambios de estilo, más o menos había una línea que se podía seguir, una
manera de mirar el mundo. Con La comedia salvaje hay un cambio
radical. Y de pronto ya no sé por dónde seguir, si volver al camino que
llevaba o si continuar por ése nuevo. Intento escribir, pero me faltan
las ganas, el entusiasmo. Así que en lugar de forzarme a continuar
siendo un autor de ficción, decidí adentrarme en el ensayo, género que
siempre me ha interesado como lector. Tampoco es casual que mi próximo
libro será uno de poemas. A lo peor he perdido el rumbo para la
ficción."
Licenciado en geografía e historia, Ovejero ha plasmado dos ensayos diferentes, pero con elementos en común. En Escritores delincuentes
se detiene en acciones reales (delitos cometidos por escritores: Anne
Perry, Maurice Sachs o Jean Ray) y en las vidas de varios autores,
mientras que La ética de la crueldad ahonda en la representación artística de la crueldad y evalúa una serie de obras. " Escritores delincuentes
es un libro más narrativo -comenta- aunque la segunda parte se ocupa de
temas más generales, como la culpa, la justicia, la religión, las
drogas en la obra de esos autores. La ética de la crueldad contiene, en cambio, un análisis más filosófico y estético."
La ética de la cruedad llama la atención desde
el título: ética y crueldad parecen dos conceptos irreconciliables ya
que usualmente se asocia lo cruel con la violencia o incluso con la
tortura. Pero el libro muy pronto deja en claro que se está hablando de
una suerte de crueldad "transformadora" e impugnadora de las hipocresías
sociales. "Se trata de una crueldad que pretende desvelar imposturas,
hacer tambalear verdades que no son tales. En ese sentido es
transformadora -explica Ovejero-. Su labor principal no es enseñarnos,
sino 'desenseñarnos' las falsas verdades con las que convivimos, no
consolarnos sino desconsolarnos, no darnos lo que queremos sino
mostrarnos lo que no deseamos ver."
Fragmento inicial de mi entrevista a José Ovejero, publicada el viernes pasado en ADN Cultura, La Nación, Buenos Aires.
En la edición del lunes pasado (26/9/2012) de 20 Minutos, Sonia Rueda comenta la primera edición en castellano de "Gabrielle de Bergerac", de Henry James (la traducción y el prólogo son de mi autoría), recomienda su lectura y habla de "una exquisitez literaria en estado puro".
En tiempos en que, salvo raras excepciones, eran los
hombres quienes componían para que cantasen las mujeres, una muy joven
compositora nacida en Manhattan y criada en Brooklyn hizo el milagro de
firmar canciones que versionaron grupos y solistas masculinos como The
Drifters, Bobby Vee, The Crickets, Ben E. King, Tony Orlando o Everly
Brothers. Se hacía llamar Carole King, era hija de una maestra de
música, y tenía alrededor de 17 años cuando a fines de la década del
cincuenta entró a trabajar en el Brill Building de Broadway para Aldon
Music (especie de usina de canciones parecida a la que mostraba el film
Un fantasma en el paraíso) y pronto quedó embarazada de quien era su
colaborador de entonces: el letrista Gerry Goffin, con quien llegó a
firmar "Chains" ("Cadenas"), grabada por los Beatles en su álbum debut
Please, Please Me.
Después de estos gloriosos comienzos con Goffin
(1959-1967), que incluyeron el insoslayable "(You Make Me Feel Like) A
Natural Woman" para Aretha Franklin o el hit "Loco-Motion" cuya primera
versión fue grabada para una tal Little Eva que trabajaba como niñera en
casa de los padres de la canción, Carole King compuso para James Taylor
"You've Got a Friend" (todo un emblema en su repertorio), decidió
ubicarse bajo las luces por insistencia, entre otros, del propio Taylor,
y editó en 1971 uno de los álbumes más exitosos y perennes de la
historia del rock: Tapestry, del que se estima que ha vendido más de 25
millones de copias en todo el mundo.
Tras haber cumplido en febrero 70 años de edad,
semirretirada de los escenarios, King editó recientemente en simultáneo
un libro y un CD que arrojan, ambos, una mirada retrospectiva. El CD se
llama The Legendary Demos, fue idea de su hija y manager, Sherry Kondor,
e incluye los demos originales de trece canciones legendarias, entre
ellas "Pleasant Valley Sunday" y "Just Once in my Life" (que
popularizaron, respectivamente, The Monkees y The Righteous Brothers),
además de alguna perla que en su momento pasó un poco inadvertida
("Yours Until Tomorrow") y de seis temas que integraron Tapestry, por
ejemplo "Beautiful", el cuasi himno "Way Over Yonder" o "It's Too Late".
Este último track, la rotunda balada "So Goes Love" y las modulaciones
soul-beat de "Like Little Children" son tres de los mejores momentos de
este CD que acaba siendo una especie de "grandes éxitos", hecho
paradójicamente a partir de "borradores", en el que no molesta cierta
precariedad técnica debido a su emoción y a su valor documental.
No es la primera vez que King rescata antiguos demos
cuya función original era la de vender sus creaciones a algún cantante.
En los años noventa había dado a conocer el doble The Right Girl - Brill
Building Legends, donde ya podían oírse un par de "maquetas" que
reaparecen ahora: "Take Good Care of My Baby" y "Crying in the Rain". El
ejercicio de comparar los demos de principios de los sesenta (perlas
como "I Didn't Have Any Summer Romance", recientemente versionada por la
talentosa Simone White) con los demos de principios de los setenta
permite ver cómo fue soltándose y creciendo King en su rol de
intérprete. Las versiones en estas grabaciones casi artesanales no son
tan diferentes de las que quedaron plasmadas en los discos de vinilo,
pero en muchos casos puede advertirse mejor la performance de King al
piano.
En cuanto al libro, A Natural Woman: A Memoir (Grand
Central Publishing), es una autobiografía que evita toda
autocomplacencia ya que narra, entre otras cosas, sus fracasos
sentimentales o los problemas mentales de su hermano mayor. King tardó
doce años en escribir el libro y -a diferencia de la mayoría de músicos
de pop o de rock que publican memorias- se negó a contar con la
asistencia de un "ghost-writer" o de un colaborador. El resultado es un
libro de casi 500 páginas que comienza con las raíces polacas de Carol
Joan Klein (verdadero nombre de King, cuyo abuelo paterno se apellidaba
en verdad Glayman y fue rebautizado por un oficial de turno en Ellis
Island), e incluye episodios con personajes como Neil Sedaka o John
Lennon. Del primero se sabe que, cuando ambos eran muy jóvenes, le
dedicó su famosa canción "Oh, Carol", a la que ella retrucó con un tema
llamado "Oh, Neil". En cuanto a Lennon, relata King una visita que hizo
en 1976 a sus míticos apartamentos (en plural, como ella destaca) en el
edificio Dakota.
El contraste entre el éxito artístico y ciertas
desventuras sentimentales es llamativo. El matrimonio con Goffin con
quien tuvo dos hijas, acabó en 1968. King siguió consultándolo en
asuntos musicales, tras su divorcio, y sumó tres maridos más, entre
ellos el bajista Charles Larkey (con quien tuvo otros dos hijos) y el
baterista Rick Evers, que murió de una sobredosis de cocaína y llegó a
abusar físicamente de ella. "Cuando examino retrospectivamente mi
vínculo con los hombres, veo un elemento en común. De niña, hacía todo
lo necesario para agradar a mi padre. De adulta, buscar la aprobación de
un hombre se volvió un elemento fundamental de mi psicología", escribe
King, quien dudó sobre la conveniencia de incluir ciertos detalles de su
vida con Evers, pero decidió hacerlo para ayudar a otras mujeres en
manos de hombres maltratadores. "Hasta conocer a Rick, me imaginaba a
salvo de una relación así."
Al presentar su libro, King dijo que ignora si volverá a
escribir nuevas canciones e insinuó que la gira que emprendió en 2010
con James Taylor (Troubadours Reunion) pudo haber sido su despedida de
los escenarios. "El secreto de mi éxito ha consistido en ser auténtica y
honesta conmigo", ha afirmado más de una vez. Refugiada en una especie
de granja, en Idaho, confesó que, llamativamente, se involucró menos en
el CD que en el libro, que incluye gran cantidad de fotografías y una
especie de prólogo donde cuenta que entrevistó a familiares, amigos y
colegas para "llegar a alguna clase de verdad objetiva". Si en el caso
del CD dejó que su hija armara el repertorio y escogiera la foto para la
tapa, en el caso del libro (que llegó a figurar en abril en el puesto
número seis del ranking de best sellers de The New York Times) la
experiencia le dejó tan buen sabor que tiene ganas de reindicir.
"Nuestra misión es promover el interés por la lectura y los libros, dando
a conocer las distintas corrientes literarias y sus autores con un
lenguaje accesible y amable", proclaman desde su página.
El sitio se compone de ensayos, cuentos, entrevistas y crónicas. Vale la pena visitarlo y estar atentos a su evolución.
Esta noche el agua sale marrón. Grace nos advirtió que no bebiéramos
el agua de la canilla, que no la usáramos para lavarnos los dientes ni
para cocinar arroz. Muchos tienen en sus casas bebederos como los de las
oficinas, con bidones de 18 litros. El agua mineral es un artículo
barato. Un yuan por una botellita de 500 ml, 15 yuan por los bidones.
Martes, 23:45. Los obreros de enfrente trabajan sin
parar. No extraña que las torres de 30 pisos se construyan casi de un
día para el otro. ¿Tradición nacional? La inmensa Ciudad Prohibida se
edificó, leo, en apenas catorce meses. O así lo quiere la leyenda.
En la Ciudad Prohibida, relativo orden. Un hombre entra
con una valija con ruedas. Un nene de 4 años trepa por una de las
incontables puertas rojas con adornos dorados. Un chico tira el palito
del helado dentro de una antigua vasija. Una mujer cierra un paraguas
golpeando el mango contra un muro centenario.
Hace ocho años, en la Ciudad Prohibida había un solo
puesto para comer. Vendía esos fideos deshidratados que reviven de mala
gana con un poco de agua. Hoy hay varias cafeterías y la gran foto de
una hamburguesa. ¿Qué efectos tendrá este profundo cambio alimenticio?
Café, productos lácteos, fast-food. Hasta ahora, la obesidad era rara en
China. En una novela de hace una década (Caramelos, de Mian Mian) se
dice de un personaje, como rasgo exótico, que bebe café. Hoy es normal.
El diario dice que la gran muralla es oficialmente más
larga tras una nueva medición: 21 196 kilómetros. Toda una metáfora del
crecimiento chino. Otras metáforas posibles: el aeropuerto de Beijing se
convertirá pronto en el más grande del mundo; la red de subte de la
ciudad (fundada apenas en 1969) tendrá 1050 kilómetros en 2020. De ser
una ciudad dedicada ante todo a la política y la diplomacia, Pekín ha
pasado a ser un centro de negocios como Shanghai.
No andan Youtube ni Facebook ni los blogs de
plataformas como blogspot. Unos dicen que es simple censura. Otros que
es para promover los sitios locales: Sina para los videos, Renren en
lugar de Facebook, Weibo en vez de Tweeter, Piao para las compraventa de
objetos nuevos o usados.
La paciencia oriental: el 115 va por a calle Chaoyang,
que tiene 4 carriles de cada lado, más carriles especiales (dos más de
cada lado) en el sector central ("fast lane") por donde van los
trolleys. El 115, aire acondicionado rato y olor a insecticida, suelta
de pronto un ruido y frena. Se desenganchó. El conductor baja sin la
prisa que cabría esperar y tarda diez minutos hasta reengancharlo con
ayuda de una soga. El tránsito se detuvo, pero nadie se queja ni toca
bocina.
La impaciencia oriental: en la estación central de
ferrocarriles hay más de treinta ventanillas. En una sola hablan inglés,
pero está cerrada y un cartel en chino pide disculpas. La gente se
abalanza, no respeta las filas y se cuela con descaro, igual que en el
subte o en los comercios. Nos vamos entendiendo hasta que la chica de la
ventanilla dice una palabra fuera del repertorio conocido. Siento la
presión detrás. La fila se comprime, empuja. La chica se pone nerviosa.
Mi mujer le da el diccionario de bolsillo chino-castellano. La chica
mira pasmada: usar un diccionario chino requiere ciertos conocimientos,
incluso para un nativo. Una mujer que estaba atrás ("estaba", sí, porque
perdió la paciencia y parece que comprara el billete con nosotros)
interviene, traduce, explica. No han pasado ni ocho minutos... El conductor del 115 tardó más.
El Templo Lama, el edificio religioso más grande del
centro. Los nativos van a orar, piden deseos, se arrodillan. La
ceremonia: prender tres inciensos, sostenerlos como un ramo de flores,
prosternarse con los inciensos contra la frente, como cuernos. Los
cuernos de un "fiel" -vaya oxímoron- a Buda.
El chofer del taxi me mira raro (falta poco para que se
ría) porque, sentado a su lado, me pongo el cinturón de seguridad. En
el asiento trasero hay otros dos cinturones, pero no hay cómo
abrocharlos porque una funda cubre las ranuras. Horas más tarde, en un
restaurante de la Gong Dajie, un mozo y un cocinero fuman a dúo bajo un
letrero que indica "No smoking" en inglés.
Hong Mia Lu Kuo Tong, Guan Dong Dian, Shen Lu La. Los
nombres de las paradas de buses empiezan a perder el encanto de lo
ignoto a medida que uno entiende lo concreto de sus denominaciones:
calle tal del lado Oeste, puerta de equis lugar lado Sur. Pervive algo
menos glacial en nombres como Ying Jia Fen (tumba de la familia Ying) o
Hu Jia Lou Xi (edificio de la familia Hu).
Un chatarrero en una motito. De noche, sin luces, por
una avenida. Lleva unas chapas, como una montaña cortante de fetas de
queso. La carga sobresale tanto que es más ancha que los coches
alrededor. El nudo que sostiene todo no parece muy confiable.
Pequeña calle lateral. Barrio de viejos hutong con
pronóstico de demolición. Tiendas de frutas y verduras, puestos de
comida. De pronto, una rata, grande como un gato, cruza la calle. Nadie
parece verla, nadie se asombra.
Estación Oeste. A pocos metros, dice una de las guías
de viaje, queda el mercado de té de Maliandao. Caminamos bajo un calor
agobiante. El mercado queda, más bien, a pocos kilómetros. Uno se
pregunta si el tipo que escribió la guía fue realmente allí. Consultamos
con dos o tres personas. Por suerte, tomamos el recaudo de escribir el
nombre del mercado en caracteres chinos. Un hombre se ofrece a llevarnos
en el minúsculo acoplado de su moto. Se ofrece es un decir porque pide
10 yuan y subraya el precio poniendo dos dedos en cruz. Los chinos
cuentan de 1 a 5 con una mano, igual que los occidentales, pero a partir
de 6 no usan la segunda mano, como si un manco hubiese inventado el
método: 6 (liu) es el pulgar y el meñique extendidos, 8 (ba) es el
pulgar y el índice extendidos.
Llegamos al mercado de té. Si alguna vez fue folklórico, hoy parece un shopping más.
Una abuela con su nieta de 8 años en el subte. La
abuela sólo habla chino. La nieta nos habla en un inglés muy correcto.
La abuela la mira orgullosa; lleva un bolso donde se lee: "Global
School". Educación bilingüe.
Cálculos: cada cien metros, un shopping (si no dos); en
cada shopping, cuatro o cinco cafés; en cada café, decenas de revistas
para que lean gratuitamente los clientes. En otros países, cavilo, la
venta de estas revistas para los cafés equivaldría a la tirada completa.
La experiencia de sentarse al lado del taxista y verlo
conducir en zigzag, frenar brutalmente, acelerar, esquivar bicicletas,
motos, peatones que van por la calle cargando enormes paquetes y otros
coches que también zigzaguean. Una suerte de videojuego. La polución no
se debe únicamente a la cantidad de coches (podría ser mayor:
oficialmente 5 millones en Beijing), sino también al modo de conducir, a
la tremenda fricción.
De noche, a 500 metros de casa: griterío, discusiones.
Todo sucede frente a un pequeño restaurante llamado Luo Luo Hot Pot. Nos
acercamos, me asomo: un hombre muerto, boca abajo, despatarrado. Una
muchacha, a nuestro lado, lo ve y vomita. Mi mujer y mi hijo no lo
vieron aún. Un tipo nos hace señas recomendándonos no pasar por allí.
Como no hay alternativa, alzo a mi hijo de modo que mire para otro lado y
pasamos lo más lejos posible. Pero me vence la curiosidad: la cabeza
del muerto está en un charco de sangre. El hombre parece haber sido
atropellado. Tanto caos era sospechoso sin víctimas.
Al dormirme, impresionado, me pregunto si la sangre
seguirá en el asfalto al día siguiente. Amanece lloviendo y sospecho que
la lluvia borrará las huellas. Es domingo y llevo a mi hijo a un
"pelotero" en el barrio de SanLitun. En camino confirmo que la lluvia
borró la sangre. En el pelotero, tres gestos bastan para que mi hijo se
haga dos amigos chinos.
Dan las siete y tenemos que irnos, pero la lluvia se ha
convertido en diluvio. Imposible salir de allí caminando. Mi mujer nos
espera a cuatro cuadras (unas 12 cuadras porteñas), los charcos en la
calle son lagunas y no hay tramos techados. Por señas pregunto si no es
posible pedir un taxi, pero dos cosas tan simples como la mímica de
llamar por teléfono y la palabra "taxi" resultan insuficientes. Ocho
ojos me miran desconcertados. Cada vez llueve más fuerte. Quedamos los
serenos nocturnos, mi hijo y yo. Alguien va en busca del cocinero de al
lado. Habla un poquito de inglés, pero menos de lo que él y yo
quisiéramos. Al cabo de quince minutos, el cocinero y otros dos vuelven
con cara compungida: "meiou" (no hay). No hay taxis porque llueve, ni
siquiera taxis "truchos" (que parecen más que los oficiales). Le
pregunto al cocinero si alguien puede llevarme en coche. Estoy dispuesto
a pagar. Nadie de ellos tiene coche. Una hora y media más tarde, amaina
un poquito y nos vamos. La calle parece un arroyo. En el shopping donde
aún espera mi mujer cortaron adrede las escaleras mecánicas y los
ascensores. Es uno de los shopping más distinguidos de la ciudad, pero
en un pasillo hay pedazos de techo (mampostería, revoque) que se
desprendieron con la lluvia.
Volvemos a casa en un bus atestado. En cada parada hay
una nube de cien paraguas. Bajamos antes, tremendo atasco. Al día
siguiente sabremos que un puente se inundó y bloqueó todo. Bocinazos.
Truenos. Un colectivo lleno de humo y la gente que baja tosiendo. Vuelvo
a pasar delante del Luo Luo Hot Pot. En el lugar exacto del cadáver hay
un coche harto de agua que se niega a arrancar.
A la mañana siguiente: sol, viento. La tormenta se
llevó por un rato la polución. Por vez primera en veinticinco días vemos
montañas, a lo lejos, desde la ventana de casa.
Los diarios nos cuentan que la tormenta fue la peor en
Pekín en los últimos 61 años, que hubo 37 muertes (días después la cifra
aumenta: 77) y pérdidas millonarias.
La obsesión por la limpieza es una novedad, me dicen, y
compruebo que puede resultar intolerable. Se agradece cuando un bar
exhibe un cartel que reza "la cocina se limpia cada hora", pero menos
cuando uno está comiendo y una chica se pone a limpiar cerca (por no
decir encima), tan cerca que el olor a lavandina o a desinfectante se
mezcla con la comida.
Un nuevo decreto indica que los baños públicos de la
ciudad no pueden contener más que dos moscas a la vez. Parece que en los
baños de Nancheng toleran hasta tres moscas y los de Nanking hasta
cinco.
Las revistas para extranjeros traen avisos, muy sintomáticos, de purificadores de aire: IQ Air Store, Health Pro 250. El escritor Qiu Xialong (oriundo de Shanghai), conocido
por las novelas del inspector Chen Chao, dice en una entrevista: "Está
la polución ambiental, pero también la polución de la sociedad, de la
cultura, de las mentes".
Sacar dinero de un cajero automático utilizando una
tarjeta extranjera es azaroso. La máquina puede responder que no lee la
tarjeta, que el código es incorrecto o que el usuario debe contactar
urgentemente a su banco. Con paciencia, la tarjeta al fin funciona.
Algunas mujeres con cirugías estéticas, algo impensado hace una década. Las más visibles: pechos y narices. En la calle, en las tiendas de belleza, publicidad de
colágeno. La mayoría de las marcas emplean modelos occidentales, pero
están las que se adaptan. No son muchas.
El barrio 798, zona de nuevas galerías de arte, entre
ellas el centro UCCA (primer museo privado de China) o la Red Gate,
nació cuando los precios de las propiedades aumentaron y varios artistas
resolvieron mudarse a barrios menos céntricos. El proyecto empezó en
una antigua fábrica de misiles construida en los años 50 por Alemania
Oriental. Uno de los raros rincones de la ciudad donde abundan los
graffiti.
Las parejas mixtas, que no abundan, parecen conformarse
-observa mi mujer- de una sola manera: hombre occidental con mujer
oriental. No hemos visto, en más de un mes, ni una sola pareja al revés.
¿Es sexista que las mujeres de Beijing me parezcan más
hermosas que los hombres? ¿O se debe, simplemente, a mi mirada
masculina? Consulto con mi mujer y ella piensa igual: las mujeres aquí
llevan la delantera en materia de belleza.
Viajo apretado, poco menos que asfixiado, en el
colectivo. Mi mujer logró sentarse con nuestro hijo en su falda. Lo que
en Madrid ocurre 5 de cada 10 veces, lo que en París ocurre 1 de cada 10
veces, acá sucede 9 de cada 10: la gente se pone de pie cuando sube un
anciano, un niño o una embarazada.
Cada tanto, con pasmosa regularidad, alguien suelta un
sonoro eructo que parece obra de un sapo. Deseo saber quién profiere los
eructos, pero la masa de viajeros es compacta e impide ver. Es inútil
que busque la menor complicidad con la mirada después de cada eructo;
nadie parece asombrarse. Tal vez sea esta una de las características
salientes de la sociedad pekinesa: todo o casi todo le parece normal a
todo el mundo.
Martes 3 am y siguen construyendo el edificio de enfrente.
Diferencias culturales 1: Entramos en una fonda que
abre hasta muy tarde y donde atienden unas chicas de menos de 16 años.
Pido lo que el menú anuncia como "ensalada de fruta". Me traen tomates
cherry y manzana verde con mayonesa, kilos de mayonesa.
Diferencias culturales 2: En los baños de hombres o mujeres muchos dejan abierta la puerta del retrete, incluso para defecar.
Diferencias culturales 3: Mucha gente nos pregunta
sobre nuestro hijo algo que nadie en Occidente preguntaría: ¿es varón o
mujer? No alcanzan a darse cuenta.
Se creería que la atracción más difícil de visitar en
Beijing es la Ciudad Prohibida, el Templo del Cielo o el Palacio de
Verano. Pero no. El sitio que atrae a diario a miles de chinos es el
Museo Militar. Lleva una hora hacer la caótica cola para comprar las
entradas. El museo rinde tributo al arte de la guerra, tan apreciado
desde aquel famoso libro de Sun Tzu y antes aún.
Metro Yong'anli. El mercado de la seda, como su nombre
no lo indica, es el gran templo de la falsificación. Cinco pisos con
camisetas, zapatillas, carteras, pantalones y más imitaciones de marcas
caras a precios irrisorios. Lo único que no es trucho son las cadenas de
comida: Comptoir de France, KFC, etc. A pocos metros: el barrio de las
embajadas, incluso de los países que tratan de combatir la piratería.
En el edificio donde vivimos, en la planta baja, hay un
mini-mercado abierto las 24 horas y un centro de masajes. Al edificio
puede accederse por escalera o por rampa. Algunos entran en el edificio
con moto. Incluso entran con moto (no subidos a ella) al mini-mercado o
meten la moto en el ascensor y estacionan la moto en el pasillo frente
al ascensor. No en la planta baja, sino en el piso donde viven.
Pasa un chino con una camiseta que dice "La pelota no
se mancha" y la firma de Maradona. Le pido una foto. Acepta. Intento que
me cuente por qué tiene esa camiseta. La mira como si no fuera suya,
pero es gentil y, entre señas, me invita a que haga otra foto. Los
pekineses son simpáticos, conversadores, abiertos. Una conocida que
nació aquí bromea que los chinos son los españoles de Asia (expansivos,
ruidosos) y que los japoneses (reservados, a veces inaccesibles) son los
franceses de Asia. Puede ser.
22:30. Un tipo avanza tambaleándose: el primer borracho
en treinta días. En Helsinki tardé menos de seis horas en toparme con
el primero.
En la noche de Pekín no hay sensación de inseguridad
pese a que algunos barrios son muy pobres. Vamos de un sitio a otro, a
toda hora, y nunca un gesto agresivo o amenazante. El peligro reside,
más bien, en el caos cotidiano.
Ya no logro pasar frente al Luo Luo Hot Pot sin ver al
muerto. Eso mismo es un fantasma: un muerto que se niega a morir para
algunos, para quienes lo seguimos viendo vivo, incluso agonizante. Desde
ahora pertenezco al clan de quienes ven a un muerto o, mejor, a un
moribundo en la calle que barrió la tempestad. No soy capaz (no sé si
quisiera serlo) de reconocer a los otros miembros del clan, pero sé que
me iré de Beijing y que el clan seguirá invisiblemente unido, como yo
seguiré unido a esta ciudad y al recuerdo de este viaje.
7:45 am. Hora pico en el subte. Cada minuto pasa un tren. En los
andenes, "empujadores" de pasajeros. Terminal Sihuidong. Carriles
delimitados por vallas de aluminio para que la gente no se choque ni
atropelle. Pero se atropella igual. Se abren las puertas y la masa se
abalanza en busca de asientos. En la siguiente estación, una estampida
tan violenta que el vagón se sacude.
Rickshaws. Hace ocho años: sudor, músculo. Ahora, casi
todos funcionan con una especie de motorcito a dínamo. Conviene negociar
los precios antes. Por un viaje que a la ida costó 20 kwai (así llaman
los chinos a su moneda: como decir "viente mangos"), pueden pedir 60 a
la vuelta. Los rickshaw boys (y girls) tienen la costumbre de convenir
un precio de antemano, pero de pedir más –sonrientes, entre gestos de
fatiga– al final del trayecto.
Un shopping tras otro. En los subsuelos, patios de
comida. Cadenas locales (Yoshinoya, Macau Taste, Shiabu Shiabu) al lado
de Costa Café o Burger King. ¿Cuántas sucursales hay en Pekín de
Starbucks, que hasta tiene locales en forma de pagoda? Uno sospecha que
en Pekín hay más sucursales que en toda España e Italia juntas.
Las empresas extranjeras adaptan sus nombres. Carrefour, por una
cuestión de fonética, se vuelve "Jia Le Fu". Jia es familia. Le es
feliz. Fu es buena fortuna. También está la adaptación al gusto local.
En el KFC venden leche de soja y platos chinos, no sólo pollo frito.
Un barrio coreano. Un barrio ruso. Sex shops en varios
rincones de la ciudad. Peluquerías y otros locales que ofrecen masajes,
pero en China el masaje no es un eufemismo para la prostitución. Masajes
en los pies, en la cabeza, en todo el cuerpo.
En los parques, los museos o los transportes públicos
los niños pagan según su altura, no según su edad. Junto a las
boleterías, una marca que equivale a la altura límite. En los trenes,
quienes miden menos de 1,20 viajan gratis y los que miden entre 1,20 y
1,50 pagan la mitad.
La belleza del idioma chino para quien no lo habla: lo
tónico. Para el que habla o entiende un poco: lo metafórico. "Triste" se
dice shang xin (herido el corazón); "contento" es kai xin (abierto el
corazón).
Diferencia de acentos: en una región no solo pronuncian
distinto, sino que usan otros tonos. En chino, el significado de un
vocablo cambia según se acentúa: "ma" puede ser caballo, mamá, anestesia
o sésamo, "zhu" puede ser desear, cerdo, vivir o Dios. Una mujer de Beijing me cuenta que la primera vez que visitó a sus suegros, en una aldea del sur, no entendió nada.
Domingo 2:30 am. Siguen trabajando en la obra de
enfrente. No hay descanso y el modus vivendi chino lo impregna todo. El
Instituto Francés (cuya biblioteca en Madrid abre de martes a viernes y
el sábado de mañana) en Beijing abre de lunes a domingo.
Lo que en Pekín se llama avenida (dajie) suele tener
más de 4 o 5 carriles de cada lado. Una calle (lu) puede tener 2 o 3
carriles de cada lado. Los edificios de la época maoísta celebran la
monumentalidad, pero también los rascacielos actuales como los "grandes
pantalones": la sede de la CCTV construida por Rem Koolhas.
Una revista instauró un concurso que premia al edificio
más feo. Entre los candidatos, el Emperor Hotel: tres torres que
representan a tres personas, colmo del kitsch.
Los mapas son engañosos: puede haber 500 metros entre
dos esquinas. Preguntar si un sitio queda lejos es arriesgado. Uno dice
"al lado" cuando faltan 2 mil metros. Otro responde que es lejos cuando
faltan 200 metros.
El roce con la gente es tan usual que en el subte
piso a alguien y no se da vuelta. Por la calle choco con alguien,
intento girar y pedir disculpas, pero el otro sigue de largo.
El corte del pato laqueado (plato típico de Pekín,
herencia de los grandes banquetes imperiales) posee la ceremonia y la
maestría del cortador de jamón en España. Traen a la mesa platitos con
pepino y cebolla y unas tortillas parecidas a las mexicanas. Más tarde,
viene el pato. En algunos restaurantes invitan a los comensales a
ponerse de pie y ver cómo lo cortan. En otros, el cortador se acerca con
una mesita móvil.
Los cambios son vertiginosos. Una guía de 2010 indica
que en el sótano del Pearl Market venden serpientes y más animales.
Ahora hay dos restaurantes.
En el mismo mercado, todo se regatea. Calculadora en
mano, como en los zocos árabes, los vendedores arrancan en 56 y bajan
hasta 6 sin que se les mueva un pelo. Algunos preguntan un precio y siguen de largo. Los
vendedores no tienen empacho es perseguir al cliente, en agarrarlo del
brazo para que no escape.
En el bus o en el subte nadie lee. Todos están absortos en sus tablets y teléfonos. Consultan mensajes, ven películas.
Los libros, sin embargo, son muy baratos. Y las
inmensas librerías de cinco o seis pisos están repletas de gente. La
costumbre, al comprar un libro, es que se recibe envuelto en una soguita
atada en cruz.
Parque Zizhuyuan, sábado 19:00. Una vendedora de
grillos y libélulas (cada guoguo en una jaula cuadrada de caña) y, al
lado, una anciana vendedora de lotos. Un hombre me explica en buen
inglés que hay que comer las semillas de loto porque son saludables.
Compro una especie de bulbo (5 yuan) y el hombre me explica qué hacer.
Saca una semilla, la pela. Hago lo mismo. Gusto a nuez hervida. Blanca y
del tamaño de una almendra, aunque más redonda. Son buenas contra la
impotencia, explica el hombre con sonrisa pícara. Pero las mujeres,
agrega, también las comen.
Muchas inmobiliarias. Cartelitos con fotos. En un
barrio elegante, departamentos de 80 a 100 metros cuadrados en alquiler
por 5 mil o 10 mil yuan mensuales. El metro cuadrado llega a venderse,
en ciertas zonas, por 8 mil euros (como en París). Entre 2001 y 2005 se
edificaron 173 millones de metros cuadrados, el doble que entre 1996 y
2000. La mitad de la antigua ciudad imperial desapareció en cinco años.
El estado chino volvió a reconocer en 2007 la propiedad privada y un año
después vino el auge de los préstamos inmobiliarios.
Leo que Liang Sicheng, famoso arquitecto en los tiempos
de Mao, soñaba con salvar a la antigua Beijing construyendo a su lado
una ciudad moderna, pero no lo hizo o, mejor dicho, no dejaron que lo
hiciera. Ya es tarde.
Hace pocos meses se produjo un debate acerca del
supuesto "sentimiento anti-extranjero". Hasta el New York Times lo
recogió. Un video circuló con éxito en Internet: un turista inglés
molido a golpes por haber acosado sexualmente a una mujer china. Un
presentador televisivo (Jang Rui) contribuyó a la fugaz ola xenófoba. En
su blog acusó a los extranjeros de instalarse en Pekín para acostarse
con chicas o espiar en beneficio de Japón y Corea.
Unos 180 mil extranjeros viven en Beijing, menos del 1%
de la población total de la ciudad. La cifra es inferior al 3% que vive
en Tokio y muy inferior al 30% de ciudades como Londres o Nueva York.
Donde hoy levantan torres y shoppings hubo, hasta hace
poco, hutongs: callejones con casas bajas. Algunos perduran sin red
sanitaria, aunque el gobierno ha añadido baños públicos. Otros se
reconvierten: casas de té, teatros, restaurantes y hasta escuelas de
yoga.
Tren bala Beijing-Tianjin. La nueva maravilla. 116
kilómetros en 30 minutos. En Tianjin no había, hasta hace una década,
casi ningún edificio de más de diez pisos. Acaban de inaugurar uno de 86
plantas.
Charlando por la calle con mi mujer, me sale decir (los
automatismos de la lengua) ". de acá a la China". Las risas. La súbita
aniquilación de un lugar común.
En el restaurante popular, el "equipo básico": platito,
cuenco, vaso, cuchara china (mango corto, boca ancha) y palitos. En
China, parece, vale todo. Uno debe estar atento para esquivar escupidas
callejeras (precedidas de horribles ruidos) o colillas voladoras. Pero
con los palitos no se juega. No. Golpear contra el plato o apuntar a
alguien con ellos es pésima educación y cae peor si lo hace un lao wai.
Qianmen Lu y Dazhalan Lu. Detrás de estas calles
comerciales donde venden ropas de seda o modernas, en las callecitas
paralelas, el paisaje es de una pobreza conmovedora. Calles de tierra,
niños semidesnudos, ancianos que cocinan frente a la puerta de su
vivienda.
Los atascos: quince minutos, veinte, para que el
colectivo 605 doble una esquina. La flecha pasa de rojo a verde cuatro
veces antes de que podamos doblar. Casi una hora para 4 paradas de bus y
12 de subte.
Bioy Casares ha dicho que escribir o leer equivale a
añadirle una habitación a nuestra casa. Viajar a China ensancha esa casa
que es el mundo. Hay un sitio donde las costumbres son diferentes, pese
a la ineludible globalización, pese a la brutal occidentalización de
Beijing.
Este fin de semana, el suplemento de cultura ADN (del diario La Nación, de Argentina) publicó un largo extracto de mi diario de viaje a Pekín, China.
Me he propuesto reproducirlo en este blog a lo largo de tres entregas. Esta es la primera parte:
Aquí estamos después de haber planeado y deseado este
viaje durante años. Es la segunda vez que mi mujer y yo venimos a
China. La primera fue en 2004 (Beijing y Shanghai), esta vez pasaremos
un mes y medio en la capital.
Dezsö Kosztolányi ha escrito que ir a un país cuya
lengua no hablamos ni comprendemos equivale a una "sordera intelectual".
Así fue nuestro viaje previo.
La sordera intelectual tuvo aspectos fascinantes, pero
en este segundo viaje muchas cosas han cambiado: mi mujer estudia chino
desde hace seis años, somos tres porque nació nuestro hijo y la ciudad
sigue transformándose, como su sociedad, a paso acelerado.
Llegamos y nos recibe Grace, que acaso no se llame así:
a los chinos les encantan los nombres occidentales. Grace alquila
departamentos. El que elegimos no queda en el centro ni en una zona
turística. Viviremos entre chinos, en un conjunto de torres construidas
hace poco en un barrio antes humilde. Torres para la nueva clase media.
Enfrente construyen otra torre, más baja, que tendrá comercios. Entre
medio se extiende un jardín tradicional: puentes de madera, arroyos con
peces de colores.
Primer paseo. Zona comercial de Wangfuying, Martes,
20:00. Cientos de personas bailan frente a la antigua iglesia católica.
Gente de todas las edades, de todos los aspectos.
Escenas callejeras: un hombre se saca un zapato en
medio de la multitud y lo mira perplejo, un hombre le corta el pelo a
otro en una esquina, un hombre come tofu de pie con un bol en una mano y
palitos en la otra, un hombre viaja en el subte con un balde entre sus
pies: oímos, de pronto, un ruido inquietante: decenas de brillosos
escorpiones se mueven con lentitud dentro del balde.
El consejo que le dieron a Lafcadio Hearn antes de ir a
Japón: "Anote sus primeras impresiones lo antes posible, cuando se
hayan apagado no volverán".
La población de Pekín ronda los 20 millones. Es una de
las megalópolis mundiales y se nota: en la polución, en los nervios de
los transeúntes, en el ritmo "trabado" del tránsito.
Cuando vinimos en 2004 había tres líneas de subte: hoy hay una quincena y 8 millones de personas viajan por día en la red. En 2004 había un puñado de marcas internacionales, hoy
hay miles. Se anuncia la apertura de una galería Lafayette. Se construye
un Lego Center frente a un parque científico Sony. En 2004 había 4 anillos (autopistas) en la ciudad, hoy hay 6 y se habla de "megaurbanismo anárquico".
1:30 am. Ruidos. Para edificar enfrente, trabajan a toda hora.
Grandes diferencias sociales. Impactan los mingong o
campesinos sin tierra: de los casi 800 millones de trabajadores chinos,
la mitad (o más) son antiguos agricultores obligados a instalarse en las
grandes urbes a causa de la mecanización agraria. La desocupación
creció en los últimos tiempos y los mingong son la mano de obra
superbarata del "milagro económico".
La bandera china, se cuenta, tiene dos posibles
interpretaciones: la gran estrella es el comunismo y las cuatro
estrellitas las clases sociales (obreros, campesinos, pequeña burguesía,
"capitalistas patriotas"); la gran estrella es la mayoría Han, las
pequeñas son las cuatro etnias minoritarias: manchúes, tibetanos,
mongoles y huis. No, los chinos no son todos iguales.
Zona de Xidan. Tantos coches que no hay cruce peatonal
al ras del suelo. Una valla separa la vereda del asfalto. Para cruzar
hay que ir por túneles, puentes yo pasarelas. Por suerte, las escaleras
eléctricas funcionan.
El subte tiene TV en los vagones. Los buses tienen TV.
Algunos taxis tienen TV. Los ascensores de nuestra casa tienen TV
adentro y al pie, en la planta baja. En las fachadas de los shoppings,
pantallas XL. En un shopping cerca del parque Ritan, un techo de unos
200 metros de largo: una pantalla inmensa.
Precios. Una taza de té: 20 yuan. Un libro: entre 10 y 25. Un paraguas: 25. Un desodorante: entre 25 y 30. Un dólar por 6,3 yuan . La moneda está subvaluada, pero es más fuerte que hace siete años cuando un dólar valía 8,5.
Había olvidado el vaho y el cielo siempre cubierto en
verano: brumoso cuando hace calor y se condensa la polución; nublado
cuando el calor trae la lluvia. Es muy usual que las mujeres (y, en menor medida, los hombres) lleven paraguas contra el sol.
Formas de turismo:
(a) Los que vienen de la China profunda. Las tres
mega-ciudades (Beijing, Shanghai y Hong-Kong) suman unos 50 millones,
apenas el 3% de la población del país.
(b) Los padres europeos con hijos de rasgos orientales.
Uno sospecha que está viendo padres adoptivos que llevan a su hijo al
país de origen. La mirada de los nativos: por lo menos inquieta.
Los nativos más humildes se acercan y le hablan en
chino al extranjero, sin sospechar que una minoría pequeñísima de ese
otro mundo es capaz de entenderlos. Ellos hablan como siempre: a toda
velocidad.
El mito dice que nos llaman "narices largas", pero la
palabra usual es lao wai: viejo forastero. En sitios turísticos, como la
plaza Tian'An Men, cada mil chinos hay un lao wai. ¿Por qué hay un hotel tras otro, pero tan pocos lao
wai? Consulto estadísticas: el 48,5% de los turistas extranjeros viene
de Asia, el 25 % de Europa.
En la parada del bus, una pareja le toca el pelo
castaño a nuestro hijo. "¿Le pusieron algún producto?". Todos tienen
pelo negro, salvo algunas jóvenes que se tiñen (caoba o rojo) o ciertos
intentos de rubia que acaban en un naranja poco convincente.
Los buses recuerdan a los colectivos porteños. En los
más grandes hay (además del chofer) una mujer con un micrófono, metida
en una especie de boletería. Aúlla las paradas, vende boletos (1 yuan,
promedio), les grita a los de la calle para que se aparten, recrimina a
quien no le cede el asiento a un anciano.
En las paradas, los hombres esperan en cuclillas
(típica postura masculina), muchas veces fumando. Si hace calor, se
levantan la camiseta plegándola en dos y la panza y el ombligo quedan a
la vista.
Ejércitos de empleados. En una farmacia o una panadería
puede haber veinte. La mano de obra es barata, pero la cantidad no
siempre redunda en eficacia. Supermercado: seis empleados miran, una
sola caja está abierta, otro empleado duerme. Los chinos se desploman
sobre las mesas, en los bares, en las oficinas públicas, y duermen con
total soltura. He visto incluso a la mujer del colectivo (sí, la que
grita) dormitar 30 segundos, entre parada y parada, y resucitar de
golpe.
El supermercado tiene escaleras mecánicas entre sus dos
plantas. Una empleada pasa horas sin moverse de la cima; cuando uno
llega arriba con el carro, ella alarga un brazo y, con un hábil
golpecito, ayuda a que el carro doble correctamente.¿Qué contará cuándo
le preguntan de qué trabaja?
Motos y motos. El boom de la venta de coches aumentó el
smog y disminuyó la cantidad de bicicletas, que antes eran una plaga.
Las motos se multiplican porque el crecimiento del parque automotor
genera embotellamientos. Algunos días está prohibido que transiten los
coches cuyas matrículas terminan en equis número. Solución: mucha gente
compra dos coches.
Casi nadie usa casco. Ni los niños. Se trata de motonetas y motitos con acoplado y sin luces.
Restaurante tradicional. Mesas con centro giratorio. Un
solo comensal ordena todo; pedir un segundo menú genera desconcierto.
La camarera no se mueve mientras uno hojea el menú. Propone platos,
apunta con el dedo. Anota todo en un papel (o una tableta), pone el menú
en la mesa y enumera los platos para evitar malentendidos. Los
restaurantes sirven agua caliente gratis con la comida. Algunos chinos
le agregan té; muchos no.
Dos españoles decepcionados con Pekín. Les parece
demasiado occidental y no soportan el caos de tránsito porque aunque el
semáforo peatonal esté en verde los coches siguen de largo.
Juegos en los parques. Pluma y raquetas tipo bádminton.
Una pluma que se impacta con los pies: jianzi. Pido jugar. Es difícil.
Juegan hombres, mujeres, niños, en ronda.
Más tarde, en el mismo parque, entre un concierto de
grillos, un hombre hace girar un trompo con ayuda de una soga y ademanes
de domador.
Los parques son catálogos de tradiciones y novedades:
el que hace muñecos soplando caramelo, el que hace posturas de yoga
sobre la cabeza, los jugadores de majong, los vendedores de libros rojos
de Mao, el rincón donde vestirse de emperador y sacarse fotos.
El Beihai y el Zizhuyuan tienen grandes lagos (el
segundo, lleno de lotos flotantes) donde pasear en botes de madera
conducidos por remeros locales.
15:00 pm. Casi todos los canales de TV emiten novelas de corte histórico, con ninjas y vestidos de época.
El lujo, el diseño y la moda son grandes novedades.
Revistas extranjeras en versión china: Numéro, Madame Figaro, Bazaar,
GQ, Cosmopolitan.
Insectos a la venta. En un palo tipo brochette. Están
vivos y mueven las patas como condenados. Abajo, los palos con los
insectos tras el golpe de fuego. Una turista de rasgos chinos los come
riendo, ante el asombro algo asqueado de sus compañeros de viaje, que
sacan fotos y hacen comentarios en un inglés norteamericano. Días
después, en un barrio más alejado, una cervecería donde los mozos chinos
están vestidos de tiroleses. Brochettes de pollo, tofu, verdura. Pero
también de insectos: escorpiones, cigarras, arañas.
En Le Procope todo es
historia: Diderot y D’Alembert discutían en sus mesas los artículos para su
enciclopedia; Napoleón, J.J. Rousseau, Alfred de Musset o Anatole France eran
clientes asiduos; Balzac solía acudir en busca de un detalle realista; Paul Verlaine acudía en busca de su cuota diaria de absenta; Victor
Hugo se defendió aquí de las críticas adversas a Hernani; Voltaire tenía una mesa donde charlaba con
Benjamín Franklin y los estadounidenses peregrinan porque se afirma que buena
parte de su constitución fue engendrada entre estas paredes.
No sólo por estas cosas ir al Procope equivale a un viaje en el
tiempo. El local tiene dos entradas. La principal queda en el 13 de la calle de
l´Ancienne Comédie, a pasos de Odéon y de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés,
pero también puede accederse por la callecita peatonal del pasaje Saint-André,
inaugurado en 1735. En el pasaje, repleto de cafés y tiendas, hay restos del
muro más viejo de París (la muralla de Philippe-Auguste, erigida a inicios del
siglo XIII) y un increíble adoquinado original, no apto para tacos altos.
Muchos sostienen que Le Procope es el restaurante más antiguo del
mundo. Los puristas retrucan que se trata del café más antiguo ya que el lugar
no fue restaurante sino años después. Algunas guías de París dicen que el
restaurante más viejo de la ciudad es À la petite chaise (1680), mientras que
el célebre libro Guinness, el de los récords, asegura que el restaurante más
viejo del mundo queda en Madrid y fue fundado en 1725 por el francés Jean
Botin.
Como sea, Le Procope parece no tener rivales en su condición de café
histórico. Y, al margen de las estadísticas, es uno de los reductos más
legendarios y pintorescos de París. Vale la pena levantarse de la mesa y
curiosear. Al pie de una imponente escalera que lleva al primer piso hay una
pecera y una colección de autógrafos: Paul Auster, Paul Guth, Anthony Quinn,
Tahar Ben Jeloun. Arriba, los tesoros que sólo se obtienen reservando con
antelación: la mesa original de Voltaire, el salón Rousseau y las mesas con
sombrillas en los balcones. Por todas partes, arañas de luces, sillones rojos o
salmón, paredes rojas, cuadros ovales con personajes históricos: Casimir
Delavigne o Benjamín Constant. Las puertas de los baños dicen “Ciudadanos” y
“Ciudadanas”; dentro del baño de hombres, una frase de Voltaire: “Las mujeres
son como las veletas, sólo se quedan quietas cuando se oxidan”.
Se sabe que el
fenómeno de las primeras cafeterías europeas marcó un cambio en las costumbres
sociales. El historiador cultural John Brewer ha escrito que los cafés fueron
los “precursores de las oficinas modernas”. En el diccionario que el doctor
Johnson (famoso erudito y crítico literario inglés) dio a conocer en 1775, la
palabra “cofeehouse” es definida como un establecimiento donde se paga por
tomar una taza de café y los clientes pueden leer en forma gratuita el
periódico. Para que la definición fuese completa, sólo faltó que Johnson
hablara de las tertulias y conversaciones que solían albergar estos lugares.
El café fue introducido en Francia, se cuenta, en el año 1644, vía
Marsella, por comerciantes-viajeros llegados de Oriente, y empezó a volverse
masivo en París unos doce años después, con la apertura de los primeros
comercios especializados: Cardinal de Mazarin o Maréchal de Gramont. Aunque se
cree que allá por 1673 un armenio que se hacía llamar Pascal inauguró la
primera cafetería de París (de estilo turco), la primera elegante y renombrada
fue la que inauguró en 1686 el italiano Franceso Procopio Dei Coletilli: Le
Procope.
Los primeros tiempos de Le Procope estuvieron ligados al teatro porque
en 1689 se inauguró muy cerca del café la nueva sala de la compañía de actores
de Molière. Celebridades como el fabulista La Fontaine o el dramaturgo Racine
fueron los primeros clientes de Procopio, que pronto se convirtió en François
Procope Couteau.
Tras la muerte en 1753 de Alexandre Procope, su hijo y sucesor, el café
cambió dos veces de dueño hasta ser comprado por un tal Zoppi, también
italiano. Bajo otro nombre (Café Zoppi) sigue el esplendor: Robespierre se hace
habitué; Baumarchais celebra allí el demorado estreno de Las bodas de Fígaro.
Ya en el siglo XIX se abre un pequeño teatro en el primer piso, se
hacen veladas literarias y hasta se funda un periódico, “Le Procope”, porque el
café ha recuperado el nombre original. Ni un primer cierre en 1872, ni dos
guerras mundiales, ni un conflicto entre herederos, ni otro cierre en 1957 y
una quiebra en 1987 pudieron acabar con Le Procope. El mito sigue intacto y el
café aparece como escenario en un libro de Mario Vargas Llosa (Travesuras de
la niña mala) o en una novela
de Jorge Asís donde un militar argentino, en tiempos de la dictadura, lleva al
Procope a quienes lo visitan en París a fin de “impresionarlos” con los
retratos de tantos muertos.
La gran reapertura oficial, en 1989, coincidió con el bicentenario de
la revolución francesa. Los trabajos de renovación fueron inevitables y
sutiles, pero allí están intactos los restos del empapelado de 1830, la primera
estufa que puso Procopio y, sobre todo, las cariátides de estilo veneciano que
desde antaño sostienen las puertas de entrada a ese único salón donde –como
decía Voltaire– para ingresar no hacía falta otra tarjeta de invitación que no
fuese la inteligencia.
Soy enamorado de lo pintoresco y de lo esencial, pero
no de lo tipográfico que inventaron los otros y que vi antes que los
plagiarios, pero tuve el pudor varonil de no tocar.
Por eso iba leyendo con delectación en el tranvía de luces pasadas
por agua ese gracioso y original libro de mi desconocido amigo Oliverio
Girondo Veinte poemas para ser leídos en el tranvía encantado de
encontrar un libro sin falsedades y sin repugnantes tatuajes de
estampilla ajena. Como es un libro grande, toda la antesala de hospital o
de dentista que es el tranvía, leía el título, que se destacaba en
opulentas letras de peluquería. Yo me hacía el sueco. "Para que vean
–pensaba– que leo el libro del tranvía y pasen envidia hasta llegar a
las náuseas."
Yo iba a la Puerta del Sol; pero no había acabado de leer los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía
cuando pasé por esa plaza de toros en que tranvías y público se han
echado al ruedo. Iba por la interesante "Fiesta en Dakar", en que se ve a
las negras "cuyas ubres bate el candombe para que al pasar el ministro
les ordeñe una taza de chocolate".
–Tiene usted que pagar otro billete –me dijo el cobrador, y yo le dije:
–Déme billete hasta el último poema.
Fragmento de la reseña que Ramón Gómez de la Serna dedicó a Girondoen el diario El Sol de Madrid, el 4 de mayo de 1923.
Contrariamente a la estética de las personas delicadas, yo prefiero las mujeres de los amigos a las otras: de este modo, uno sabe con quién se está involucrando.
Alphonse Allais, fragmento de su cuento "Le palmier" (À se tordre)
Allá por 1981, un joven Alain Finkielkraut publicó un pequeño libro titulado "Petit fictionnaire ilustré" donde, un poco al estilo del "Diccionario del diablo" de Ambrose Bierce, desgranaba definiciones cargadas de humor e ironía. La diferencia fundamental entre el libro de Finkielkraut y el de Bierce es que el estadounidense toma palabras existentes y les adjudica una definición singular (totalmente subjetiva), mientras que el francés se consagra a acuñar neologismos.
Algunos neologismos del "ficcionario" son hallazgos intraducibles (o casi) como "utoupie" (mezcla de utopía con "toupie": trompo o peonza) o como "eskiss", mezcla de "esbozo" con beso en inglés (kiss).
Otros pueden traducirse con ciertas libertades...
Elefantasma: paquidermo cubierto de una enorme sábana blanca que le sirve para asustar a sus compañeros y curarlos del hipo.
Playboy-scout: Seductor que disimula sus objetivos bajo un aire de "yo no fui".
Romeopatía: Terapatia afectiva que cura los sufrimientos que provocan las pasiones.
Zoopresor: Que solamente ama a otro ser si puede dominarlo, encerrarlo en una jaula.
–Es curioso. –¿Qué cosa? –La expresión "problemas de dinero". Se diría que el dinero es la causa de los problemas, cuando no es el dinero, sino la falta de este, el motivo de los inconvenientes. Dime una cosa (...), tú que ocupas usualmente las horas libres haciendo también un poco de lingüística, ¿existe una expresión para dar a entender que el exceso de dinero puede ser causa de problemas? –Existe una, sí, pero en francés. Embarras de richesse. –¿Ninguna en húngaro? –Ninguna. –Sintomático –murmuró.
Fragmento de "El dinero", cuento del húngaro Dezsö Kosztolányi (1885-1934)