18 septiembre, 2012

Diario de Pekín (II)


7:45 am. Hora pico en el subte. Cada minuto pasa un tren. En los andenes, "empujadores" de pasajeros. Terminal Sihuidong. Carriles delimitados por vallas de aluminio para que la gente no se choque ni atropelle. Pero se atropella igual. Se abren las puertas y la masa se abalanza en busca de asientos. En la siguiente estación, una estampida tan violenta que el vagón se sacude.

Rickshaws. Hace ocho años: sudor, músculo. Ahora, casi todos funcionan con una especie de motorcito a dínamo. Conviene negociar los precios antes. Por un viaje que a la ida costó 20 kwai (así llaman los chinos a su moneda: como decir "viente mangos"), pueden pedir 60 a la vuelta. Los rickshaw boys (y girls) tienen la costumbre de convenir un precio de antemano, pero de pedir más –sonrientes, entre gestos de fatiga– al final del trayecto.

Un shopping tras otro. En los subsuelos, patios de comida. Cadenas locales (Yoshinoya, Macau Taste, Shiabu Shiabu) al lado de Costa Café o Burger King. ¿Cuántas sucursales hay en Pekín de Starbucks, que hasta tiene locales en forma de pagoda? Uno sospecha que en Pekín hay más sucursales que en toda España e Italia juntas.


 Las empresas extranjeras adaptan sus nombres. Carrefour, por una cuestión de fonética, se vuelve "Jia Le Fu". Jia es familia. Le es feliz. Fu es buena fortuna. También está la adaptación al gusto local. En el KFC venden leche de soja y platos chinos, no sólo pollo frito.

Un barrio coreano. Un barrio ruso. Sex shops en varios rincones de la ciudad. Peluquerías y otros locales que ofrecen masajes, pero en China el masaje no es un eufemismo para la prostitución. Masajes en los pies, en la cabeza, en todo el cuerpo.

En los parques, los museos o los transportes públicos los niños pagan según su altura, no según su edad. Junto a las boleterías, una marca que equivale a la altura límite. En los trenes, quienes miden menos de 1,20 viajan gratis y los que miden entre 1,20 y 1,50 pagan la mitad.

La belleza del idioma chino para quien no lo habla: lo tónico. Para el que habla o entiende un poco: lo metafórico. "Triste" se dice shang xin (herido el corazón); "contento" es kai xin (abierto el corazón).
Diferencia de acentos: en una región no solo pronuncian distinto, sino que usan otros tonos. En chino, el significado de un vocablo cambia según se acentúa: "ma" puede ser caballo, mamá, anestesia o sésamo, "zhu" puede ser desear, cerdo, vivir o Dios. Una mujer de Beijing me cuenta que la primera vez que visitó a sus suegros, en una aldea del sur, no entendió nada.

Domingo 2:30 am. Siguen trabajando en la obra de enfrente. No hay descanso y el modus vivendi chino lo impregna todo. El Instituto Francés (cuya biblioteca en Madrid abre de martes a viernes y el sábado de mañana) en Beijing abre de lunes a domingo.

Lo que en Pekín se llama avenida (dajie) suele tener más de 4 o 5 carriles de cada lado. Una calle (lu) puede tener 2 o 3 carriles de cada lado. Los edificios de la época maoísta celebran la monumentalidad, pero también los rascacielos actuales como los "grandes pantalones": la sede de la CCTV construida por Rem Koolhas.

Una revista instauró un concurso que premia al edificio más feo. Entre los candidatos, el Emperor Hotel: tres torres que representan a tres personas, colmo del kitsch.

Los mapas son engañosos: puede haber 500 metros entre dos esquinas. Preguntar si un sitio queda lejos es arriesgado. Uno dice "al lado" cuando faltan 2 mil metros. Otro responde que es lejos cuando faltan 200 metros.

El roce con la gente es tan usual que en el subte piso a alguien y no se da vuelta. Por la calle choco con alguien, intento girar y pedir disculpas, pero el otro sigue de largo.

El corte del pato laqueado (plato típico de Pekín, herencia de los grandes banquetes imperiales) posee la ceremonia y la maestría del cortador de jamón en España. Traen a la mesa platitos con pepino y cebolla y unas tortillas parecidas a las mexicanas. Más tarde, viene el pato. En algunos restaurantes invitan a los comensales a ponerse de pie y ver cómo lo cortan. En otros, el cortador se acerca con una mesita móvil.

Los cambios son vertiginosos. Una guía de 2010 indica que en el sótano del Pearl Market venden serpientes y más animales. Ahora hay dos restaurantes.

En el mismo mercado, todo se regatea. Calculadora en mano, como en los zocos árabes, los vendedores arrancan en 56 y bajan hasta 6 sin que se les mueva un pelo. Algunos preguntan un precio y siguen de largo. Los vendedores no tienen empacho es perseguir al cliente, en agarrarlo del brazo para que no escape.

En el bus o en el subte nadie lee. Todos están absortos en sus tablets y teléfonos. Consultan mensajes, ven películas.

Los libros, sin embargo, son muy baratos. Y las inmensas librerías de cinco o seis pisos están repletas de gente. La costumbre, al comprar un libro, es que se recibe envuelto en una soguita atada en cruz.

Parque Zizhuyuan, sábado 19:00. Una vendedora de grillos y libélulas (cada guoguo en una jaula cuadrada de caña) y, al lado, una anciana vendedora de lotos. Un hombre me explica en buen inglés que hay que comer las semillas de loto porque son saludables. Compro una especie de bulbo (5 yuan) y el hombre me explica qué hacer. Saca una semilla, la pela. Hago lo mismo. Gusto a nuez hervida. Blanca y del tamaño de una almendra, aunque más redonda. Son buenas contra la impotencia, explica el hombre con sonrisa pícara. Pero las mujeres, agrega, también las comen.

Muchas inmobiliarias. Cartelitos con fotos. En un barrio elegante, departamentos de 80 a 100 metros cuadrados en alquiler por 5 mil o 10 mil yuan mensuales. El metro cuadrado llega a venderse, en ciertas zonas, por 8 mil euros (como en París). Entre 2001 y 2005 se edificaron 173 millones de metros cuadrados, el doble que entre 1996 y 2000. La mitad de la antigua ciudad imperial desapareció en cinco años. El estado chino volvió a reconocer en 2007 la propiedad privada y un año después vino el auge de los préstamos inmobiliarios.

Leo que Liang Sicheng, famoso arquitecto en los tiempos de Mao, soñaba con salvar a la antigua Beijing construyendo a su lado una ciudad moderna, pero no lo hizo o, mejor dicho, no dejaron que lo hiciera. Ya es tarde.

Hace pocos meses se produjo un debate acerca del supuesto "sentimiento anti-extranjero". Hasta el New York Times lo recogió. Un video circuló con éxito en Internet: un turista inglés molido a golpes por haber acosado sexualmente a una mujer china. Un presentador televisivo (Jang Rui) contribuyó a la fugaz ola xenófoba. En su blog acusó a los extranjeros de instalarse en Pekín para acostarse con chicas o espiar en beneficio de Japón y Corea.

Unos 180 mil extranjeros viven en Beijing, menos del 1% de la población total de la ciudad. La cifra es inferior al 3% que vive en Tokio y muy inferior al 30% de ciudades como Londres o Nueva York.

Donde hoy levantan torres y shoppings hubo, hasta hace poco, hutongs: callejones con casas bajas. Algunos perduran sin red sanitaria, aunque el gobierno ha añadido baños públicos. Otros se reconvierten: casas de té, teatros, restaurantes y hasta escuelas de yoga.

Tren bala Beijing-Tianjin. La nueva maravilla. 116 kilómetros en 30 minutos. En Tianjin no había, hasta hace una década, casi ningún edificio de más de diez pisos. Acaban de inaugurar uno de 86 plantas.

Charlando por la calle con mi mujer, me sale decir (los automatismos de la lengua) ". de acá a la China". Las risas. La súbita aniquilación de un lugar común.

En el restaurante popular, el "equipo básico": platito, cuenco, vaso, cuchara china (mango corto, boca ancha) y palitos. En China, parece, vale todo. Uno debe estar atento para esquivar escupidas callejeras (precedidas de horribles ruidos) o colillas voladoras. Pero con los palitos no se juega. No. Golpear contra el plato o apuntar a alguien con ellos es pésima educación y cae peor si lo hace un lao wai.

Qianmen Lu y Dazhalan Lu. Detrás de estas calles comerciales donde venden ropas de seda o modernas, en las callecitas paralelas, el paisaje es de una pobreza conmovedora. Calles de tierra, niños semidesnudos, ancianos que cocinan frente a la puerta de su vivienda.

Los atascos: quince minutos, veinte, para que el colectivo 605 doble una esquina. La flecha pasa de rojo a verde cuatro veces antes de que podamos doblar. Casi una hora para 4 paradas de bus y 12 de subte.

Bioy Casares ha dicho que escribir o leer equivale a añadirle una habitación a nuestra casa. Viajar a China ensancha esa casa que es el mundo. Hay un sitio donde las costumbres son diferentes, pese a la ineludible globalización, pese a la brutal occidentalización de Beijing.