14 septiembre, 2012

Una visita a Le Procope



 En Le Procope todo es historia: Diderot y D’Alembert discutían en sus mesas los artículos para su enciclopedia; Napoleón, J.J. Rousseau, Alfred de Musset o Anatole France eran clientes asiduos; Balzac solía acudir en busca de un detalle realista; Paul Verlaine acudía en busca de su cuota diaria de absenta; Victor Hugo se defendió aquí de las críticas adversas a Hernani; Voltaire tenía una mesa donde charlaba con Benjamín Franklin y los estadounidenses peregrinan porque se afirma que buena parte de su constitución fue engendrada entre estas paredes. 

No sólo por estas cosas ir al Procope equivale a un viaje en el tiempo. El local tiene dos entradas. La principal queda en el 13 de la calle de l´Ancienne Comédie, a pasos de Odéon y de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, pero también puede accederse por la callecita peatonal del pasaje Saint-André, inaugurado en 1735. En el pasaje, repleto de cafés y tiendas, hay restos del muro más viejo de París (la muralla de Philippe-Auguste, erigida a inicios del siglo XIII) y un increíble adoquinado original, no apto para tacos altos. 

Muchos sostienen que Le Procope es el restaurante más antiguo del mundo. Los puristas retrucan que se trata del café más antiguo ya que el lugar no fue restaurante sino años después. Algunas guías de París dicen que el restaurante más viejo de la ciudad es À la petite chaise (1680), mientras que el célebre libro Guinness, el de los récords, asegura que el restaurante más viejo del mundo queda en Madrid y fue fundado en 1725 por el francés Jean Botin.

 Como sea, Le Procope parece no tener rivales en su condición de café histórico. Y, al margen de las estadísticas, es uno de los reductos más legendarios y pintorescos de París. Vale la pena levantarse de la mesa y curiosear. Al pie de una imponente escalera que lleva al primer piso hay una pecera y una colección de autógrafos: Paul Auster, Paul Guth, Anthony Quinn, Tahar Ben Jeloun. Arriba, los tesoros que sólo se obtienen reservando con antelación: la mesa original de Voltaire, el salón Rousseau y las mesas con sombrillas en los balcones. Por todas partes, arañas de luces, sillones rojos o salmón, paredes rojas, cuadros ovales con personajes históricos: Casimir Delavigne o Benjamín Constant. Las puertas de los baños dicen “Ciudadanos” y “Ciudadanas”; dentro del baño de hombres, una frase de Voltaire: “Las mujeres son como las veletas, sólo se quedan quietas cuando se oxidan”.

 
Se sabe que el fenómeno de las primeras cafeterías europeas marcó un cambio en las costumbres sociales. El historiador cultural John Brewer ha escrito que los cafés fueron los “precursores de las oficinas modernas”. En el diccionario que el doctor Johnson (famoso erudito y crítico literario inglés) dio a conocer en 1775, la palabra “cofeehouse” es definida como un establecimiento donde se paga por tomar una taza de café y los clientes pueden leer en forma gratuita el periódico. Para que la definición fuese completa, sólo faltó que Johnson hablara de las tertulias y conversaciones que solían albergar estos lugares.

El café fue introducido en Francia, se cuenta, en el año 1644, vía Marsella, por comerciantes-viajeros llegados de Oriente, y empezó a volverse masivo en París unos doce años después, con la apertura de los primeros comercios especializados: Cardinal de Mazarin o Maréchal de Gramont. Aunque se cree que allá por 1673 un armenio que se hacía llamar Pascal inauguró la primera cafetería de París (de estilo turco), la primera elegante y renombrada fue la que inauguró en 1686 el italiano Franceso Procopio Dei Coletilli: Le Procope.

Los primeros tiempos de Le Procope estuvieron ligados al teatro porque en 1689 se inauguró muy cerca del café la nueva sala de la compañía de actores de Molière. Celebridades como el fabulista La Fontaine o el dramaturgo Racine fueron los primeros clientes de Procopio, que pronto se convirtió en François Procope Couteau.

Tras la muerte en 1753 de Alexandre Procope, su hijo y sucesor, el café cambió dos veces de dueño hasta ser comprado por un tal Zoppi, también italiano. Bajo otro nombre (Café Zoppi) sigue el esplendor: Robespierre se hace habitué; Baumarchais celebra allí el demorado estreno de Las bodas de Fígaro.

Ya en el siglo XIX se abre un pequeño teatro en el primer piso, se hacen veladas literarias y hasta se funda un periódico, “Le Procope”, porque el café ha recuperado el nombre original. Ni un primer cierre en 1872, ni dos guerras mundiales, ni un conflicto entre herederos, ni otro cierre en 1957 y una quiebra en 1987 pudieron acabar con Le Procope. El mito sigue intacto y el café aparece como escenario en un libro de Mario Vargas Llosa (Travesuras de la niña mala) o en una novela de Jorge Asís donde un militar argentino, en tiempos de la dictadura, lleva al Procope a quienes lo visitan en París a fin de “impresionarlos” con los retratos de tantos muertos.

La gran reapertura oficial, en 1989, coincidió con el bicentenario de la revolución francesa. Los trabajos de renovación fueron inevitables y sutiles, pero allí están intactos los restos del empapelado de 1830, la primera estufa que puso Procopio y, sobre todo, las cariátides de estilo veneciano que desde antaño sostienen las puertas de entrada a ese único salón donde –como decía Voltaire– para ingresar no hacía falta otra tarjeta de invitación que no fuese la inteligencia.