12 septiembre, 2012

Hasta el último poema


Soy enamorado de lo pintoresco y de lo esencial, pero no de lo tipográfico que inventaron los otros y que vi antes que los plagiarios, pero tuve el pudor varonil de no tocar.
 
Por eso iba leyendo con delectación en el tranvía de luces pasadas por agua ese gracioso y original libro de mi desconocido amigo Oliverio Girondo Veinte poemas para ser leídos en el tranvía encantado de encontrar un libro sin falsedades y sin repugnantes tatuajes de estampilla ajena. Como es un libro grande, toda la antesala de hospital o de dentista que es el tranvía, leía el título, que se destacaba en opulentas letras de peluquería. Yo me hacía el sueco. "Para que vean –pensaba– que leo el libro del tranvía y pasen envidia hasta llegar a las náuseas."
 

Yo iba a la Puerta del Sol; pero no había acabado de leer los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía cuando pasé por esa plaza de toros en que tranvías y público se han echado al ruedo. Iba por la interesante "Fiesta en Dakar", en que se ve a las negras "cuyas ubres bate el candombe para que al pasar el ministro les ordeñe una taza de chocolate".
 
–Tiene usted que pagar otro billete –me dijo el cobrador, y yo le dije:

–Déme billete hasta el último poema.

Fragmento de la reseña que Ramón Gómez de la Serna dedicó a Girondo en el diario El Sol  de Madrid, el 4 de mayo de 1923.