20 septiembre, 2012

Diario de Pekín (III y final)


Esta noche el agua sale marrón. Grace nos advirtió que no bebiéramos el agua de la canilla, que no la usáramos para lavarnos los dientes ni para cocinar arroz. Muchos tienen en sus casas bebederos como los de las oficinas, con bidones de 18 litros. El agua mineral es un artículo barato. Un yuan por una botellita de 500 ml, 15 yuan por los bidones.

Martes, 23:45. Los obreros de enfrente trabajan sin parar. No extraña que las torres de 30 pisos se construyan casi de un día para el otro. ¿Tradición nacional? La inmensa Ciudad Prohibida se edificó, leo, en apenas catorce meses. O así lo quiere la leyenda.

En la Ciudad Prohibida, relativo orden. Un hombre entra con una valija con ruedas. Un nene de 4 años trepa por una de las incontables puertas rojas con adornos dorados. Un chico tira el palito del helado dentro de una antigua vasija. Una mujer cierra un paraguas golpeando el mango contra un muro centenario.

Hace ocho años, en la Ciudad Prohibida había un solo puesto para comer. Vendía esos fideos deshidratados que reviven de mala gana con un poco de agua. Hoy hay varias cafeterías y la gran foto de una hamburguesa. ¿Qué efectos tendrá este profundo cambio alimenticio? Café, productos lácteos, fast-food. Hasta ahora, la obesidad era rara en China. En una novela de hace una década (Caramelos, de Mian Mian) se dice de un personaje, como rasgo exótico, que bebe café. Hoy es normal.

El diario dice que la gran muralla es oficialmente más larga tras una nueva medición: 21 196 kilómetros. Toda una metáfora del crecimiento chino. Otras metáforas posibles: el aeropuerto de Beijing se convertirá pronto en el más grande del mundo; la red de subte de la ciudad (fundada apenas en 1969) tendrá 1050 kilómetros en 2020. De ser una ciudad dedicada ante todo a la política y la diplomacia, Pekín ha pasado a ser un centro de negocios como Shanghai.

 
No andan Youtube ni Facebook ni los blogs de plataformas como blogspot. Unos dicen que es simple censura. Otros que es para promover los sitios locales: Sina para los videos, Renren en lugar de Facebook, Weibo en vez de Tweeter, Piao para las compraventa de objetos nuevos o usados.

La paciencia oriental: el 115 va por a calle Chaoyang, que tiene 4 carriles de cada lado, más carriles especiales (dos más de cada lado) en el sector central ("fast lane") por donde van los trolleys. El 115, aire acondicionado rato y olor a insecticida, suelta de pronto un ruido y frena. Se desenganchó. El conductor baja sin la prisa que cabría esperar y tarda diez minutos hasta reengancharlo con ayuda de una soga. El tránsito se detuvo, pero nadie se queja ni toca bocina.

La impaciencia oriental: en la estación central de ferrocarriles hay más de treinta ventanillas. En una sola hablan inglés, pero está cerrada y un cartel en chino pide disculpas. La gente se abalanza, no respeta las filas y se cuela con descaro, igual que en el subte o en los comercios. Nos vamos entendiendo hasta que la chica de la ventanilla dice una palabra fuera del repertorio conocido. Siento la presión detrás. La fila se comprime, empuja. La chica se pone nerviosa. Mi mujer le da el diccionario de bolsillo chino-castellano. La chica mira pasmada: usar un diccionario chino requiere ciertos conocimientos, incluso para un nativo. Una mujer que estaba atrás ("estaba", sí, porque perdió la paciencia y parece que comprara el billete con nosotros) interviene, traduce, explica. No han pasado ni ocho minutos... El conductor del 115 tardó más.

El Templo Lama, el edificio religioso más grande del centro. Los nativos van a orar, piden deseos, se arrodillan. La ceremonia: prender tres inciensos, sostenerlos como un ramo de flores, prosternarse con los inciensos contra la frente, como cuernos. Los cuernos de un "fiel" -vaya oxímoron- a Buda.

El chofer del taxi me mira raro (falta poco para que se ría) porque, sentado a su lado, me pongo el cinturón de seguridad. En el asiento trasero hay otros dos cinturones, pero no hay cómo abrocharlos porque una funda cubre las ranuras. Horas más tarde, en un restaurante de la Gong Dajie, un mozo y un cocinero fuman a dúo bajo un letrero que indica "No smoking" en inglés.

Hong Mia Lu Kuo Tong, Guan Dong Dian, Shen Lu La. Los nombres de las paradas de buses empiezan a perder el encanto de lo ignoto a medida que uno entiende lo concreto de sus denominaciones: calle tal del lado Oeste, puerta de equis lugar lado Sur. Pervive algo menos glacial en nombres como Ying Jia Fen (tumba de la familia Ying) o Hu Jia Lou Xi (edificio de la familia Hu).

Un chatarrero en una motito. De noche, sin luces, por una avenida. Lleva unas chapas, como una montaña cortante de fetas de queso. La carga sobresale tanto que es más ancha que los coches alrededor. El nudo que sostiene todo no parece muy confiable.

Pequeña calle lateral. Barrio de viejos hutong con pronóstico de demolición. Tiendas de frutas y verduras, puestos de comida. De pronto, una rata, grande como un gato, cruza la calle. Nadie parece verla, nadie se asombra.

Estación Oeste. A pocos metros, dice una de las guías de viaje, queda el mercado de té de Maliandao. Caminamos bajo un calor agobiante. El mercado queda, más bien, a pocos kilómetros. Uno se pregunta si el tipo que escribió la guía fue realmente allí. Consultamos con dos o tres personas. Por suerte, tomamos el recaudo de escribir el nombre del mercado en caracteres chinos. Un hombre se ofrece a llevarnos en el minúsculo acoplado de su moto. Se ofrece es un decir porque pide 10 yuan y subraya el precio poniendo dos dedos en cruz. Los chinos cuentan de 1 a 5 con una mano, igual que los occidentales, pero a partir de 6 no usan la segunda mano, como si un manco hubiese inventado el método: 6 (liu) es el pulgar y el meñique extendidos, 8 (ba) es el pulgar y el índice extendidos.
Llegamos al mercado de té. Si alguna vez fue folklórico, hoy parece un shopping más.

Una abuela con su nieta de 8 años en el subte. La abuela sólo habla chino. La nieta nos habla en un inglés muy correcto. La abuela la mira orgullosa; lleva un bolso donde se lee: "Global School". Educación bilingüe.

Cálculos: cada cien metros, un shopping (si no dos); en cada shopping, cuatro o cinco cafés; en cada café, decenas de revistas para que lean gratuitamente los clientes. En otros países, cavilo, la venta de estas revistas para los cafés equivaldría a la tirada completa.

La experiencia de sentarse al lado del taxista y verlo conducir en zigzag, frenar brutalmente, acelerar, esquivar bicicletas, motos, peatones que van por la calle cargando enormes paquetes y otros coches que también zigzaguean. Una suerte de videojuego. La polución no se debe únicamente a la cantidad de coches (podría ser mayor: oficialmente 5 millones en Beijing), sino también al modo de conducir, a la tremenda fricción.

De noche, a 500 metros de casa: griterío, discusiones. Todo sucede frente a un pequeño restaurante llamado Luo Luo Hot Pot. Nos acercamos, me asomo: un hombre muerto, boca abajo, despatarrado. Una muchacha, a nuestro lado, lo ve y vomita. Mi mujer y mi hijo no lo vieron aún. Un tipo nos hace señas recomendándonos no pasar por allí. Como no hay alternativa, alzo a mi hijo de modo que mire para otro lado y pasamos lo más lejos posible. Pero me vence la curiosidad: la cabeza del muerto está en un charco de sangre. El hombre parece haber sido atropellado. Tanto caos era sospechoso sin víctimas.
Al dormirme, impresionado, me pregunto si la sangre seguirá en el asfalto al día siguiente. Amanece lloviendo y sospecho que la lluvia borrará las huellas. Es domingo y llevo a mi hijo a un "pelotero" en el barrio de SanLitun. En camino confirmo que la lluvia borró la sangre. En el pelotero, tres gestos bastan para que mi hijo se haga dos amigos chinos.
Dan las siete y tenemos que irnos, pero la lluvia se ha convertido en diluvio. Imposible salir de allí caminando. Mi mujer nos espera a cuatro cuadras (unas 12 cuadras porteñas), los charcos en la calle son lagunas y no hay tramos techados. Por señas pregunto si no es posible pedir un taxi, pero dos cosas tan simples como la mímica de llamar por teléfono y la palabra "taxi" resultan insuficientes. Ocho ojos me miran desconcertados. Cada vez llueve más fuerte. Quedamos los serenos nocturnos, mi hijo y yo. Alguien va en busca del cocinero de al lado. Habla un poquito de inglés, pero menos de lo que él y yo quisiéramos. Al cabo de quince minutos, el cocinero y otros dos vuelven con cara compungida: "meiou" (no hay). No hay taxis porque llueve, ni siquiera taxis "truchos" (que parecen más que los oficiales). Le pregunto al cocinero si alguien puede llevarme en coche. Estoy dispuesto a pagar. Nadie de ellos tiene coche. Una hora y media más tarde, amaina un poquito y nos vamos. La calle parece un arroyo. En el shopping donde aún espera mi mujer cortaron adrede las escaleras mecánicas y los ascensores. Es uno de los shopping más distinguidos de la ciudad, pero en un pasillo hay pedazos de techo (mampostería, revoque) que se desprendieron con la lluvia.
Volvemos a casa en un bus atestado. En cada parada hay una nube de cien paraguas. Bajamos antes, tremendo atasco. Al día siguiente sabremos que un puente se inundó y bloqueó todo. Bocinazos. Truenos. Un colectivo lleno de humo y la gente que baja tosiendo. Vuelvo a pasar delante del Luo Luo Hot Pot. En el lugar exacto del cadáver hay un coche harto de agua que se niega a arrancar.
A la mañana siguiente: sol, viento. La tormenta se llevó por un rato la polución. Por vez primera en veinticinco días vemos montañas, a lo lejos, desde la ventana de casa.

Los diarios nos cuentan que la tormenta fue la peor en Pekín en los últimos 61 años, que hubo 37 muertes (días después la cifra aumenta: 77) y pérdidas millonarias.

La obsesión por la limpieza es una novedad, me dicen, y compruebo que puede resultar intolerable. Se agradece cuando un bar exhibe un cartel que reza "la cocina se limpia cada hora", pero menos cuando uno está comiendo y una chica se pone a limpiar cerca (por no decir encima), tan cerca que el olor a lavandina o a desinfectante se mezcla con la comida.

Un nuevo decreto indica que los baños públicos de la ciudad no pueden contener más que dos moscas a la vez. Parece que en los baños de Nancheng toleran hasta tres moscas y los de Nanking hasta cinco.

Las revistas para extranjeros traen avisos, muy sintomáticos, de purificadores de aire: IQ Air Store, Health Pro 250. El escritor Qiu Xialong (oriundo de Shanghai), conocido por las novelas del inspector Chen Chao, dice en una entrevista: "Está la polución ambiental, pero también la polución de la sociedad, de la cultura, de las mentes".

Sacar dinero de un cajero automático utilizando una tarjeta extranjera es azaroso. La máquina puede responder que no lee la tarjeta, que el código es incorrecto o que el usuario debe contactar urgentemente a su banco. Con paciencia, la tarjeta al fin funciona.

Algunas mujeres con cirugías estéticas, algo impensado hace una década. Las más visibles: pechos y narices. En la calle, en las tiendas de belleza, publicidad de colágeno. La mayoría de las marcas emplean modelos occidentales, pero están las que se adaptan. No son muchas.

El barrio 798, zona de nuevas galerías de arte, entre ellas el centro UCCA (primer museo privado de China) o la Red Gate, nació cuando los precios de las propiedades aumentaron y varios artistas resolvieron mudarse a barrios menos céntricos. El proyecto empezó en una antigua fábrica de misiles construida en los años 50 por Alemania Oriental. Uno de los raros rincones de la ciudad donde abundan los graffiti.

Las parejas mixtas, que no abundan, parecen conformarse -observa mi mujer- de una sola manera: hombre occidental con mujer oriental. No hemos visto, en más de un mes, ni una sola pareja al revés.
¿Es sexista que las mujeres de Beijing me parezcan más hermosas que los hombres? ¿O se debe, simplemente, a mi mirada masculina? Consulto con mi mujer y ella piensa igual: las mujeres aquí llevan la delantera en materia de belleza.

Viajo apretado, poco menos que asfixiado, en el colectivo. Mi mujer logró sentarse con nuestro hijo en su falda. Lo que en Madrid ocurre 5 de cada 10 veces, lo que en París ocurre 1 de cada 10 veces, acá sucede 9 de cada 10: la gente se pone de pie cuando sube un anciano, un niño o una embarazada.
Cada tanto, con pasmosa regularidad, alguien suelta un sonoro eructo que parece obra de un sapo. Deseo saber quién profiere los eructos, pero la masa de viajeros es compacta e impide ver. Es inútil que busque la menor complicidad con la mirada después de cada eructo; nadie parece asombrarse. Tal vez sea esta una de las características salientes de la sociedad pekinesa: todo o casi todo le parece normal a todo el mundo.

Martes 3 am y siguen construyendo el edificio de enfrente.

Diferencias culturales 1: Entramos en una fonda que abre hasta muy tarde y donde atienden unas chicas de menos de 16 años. Pido lo que el menú anuncia como "ensalada de fruta". Me traen tomates cherry y manzana verde con mayonesa, kilos de mayonesa.
Diferencias culturales 2: En los baños de hombres o mujeres muchos dejan abierta la puerta del retrete, incluso para defecar.
Diferencias culturales 3: Mucha gente nos pregunta sobre nuestro hijo algo que nadie en Occidente preguntaría: ¿es varón o mujer? No alcanzan a darse cuenta.

Se creería que la atracción más difícil de visitar en Beijing es la Ciudad Prohibida, el Templo del Cielo o el Palacio de Verano. Pero no. El sitio que atrae a diario a miles de chinos es el Museo Militar. Lleva una hora hacer la caótica cola para comprar las entradas. El museo rinde tributo al arte de la guerra, tan apreciado desde aquel famoso libro de Sun Tzu y antes aún.

Metro Yong'anli. El mercado de la seda, como su nombre no lo indica, es el gran templo de la falsificación. Cinco pisos con camisetas, zapatillas, carteras, pantalones y más imitaciones de marcas caras a precios irrisorios. Lo único que no es trucho son las cadenas de comida: Comptoir de France, KFC, etc. A pocos metros: el barrio de las embajadas, incluso de los países que tratan de combatir la piratería.

En el edificio donde vivimos, en la planta baja, hay un mini-mercado abierto las 24 horas y un centro de masajes. Al edificio puede accederse por escalera o por rampa. Algunos entran en el edificio con moto. Incluso entran con moto (no subidos a ella) al mini-mercado o meten la moto en el ascensor y estacionan la moto en el pasillo frente al ascensor. No en la planta baja, sino en el piso donde viven.

Pasa un chino con una camiseta que dice "La pelota no se mancha" y la firma de Maradona. Le pido una foto. Acepta. Intento que me cuente por qué tiene esa camiseta. La mira como si no fuera suya, pero es gentil y, entre señas, me invita a que haga otra foto. Los pekineses son simpáticos, conversadores, abiertos. Una conocida que nació aquí bromea que los chinos son los españoles de Asia (expansivos, ruidosos) y que los japoneses (reservados, a veces inaccesibles) son los franceses de Asia. Puede ser.

22:30. Un tipo avanza tambaleándose: el primer borracho en treinta días. En Helsinki tardé menos de seis horas en toparme con el primero.

En la noche de Pekín no hay sensación de inseguridad pese a que algunos barrios son muy pobres. Vamos de un sitio a otro, a toda hora, y nunca un gesto agresivo o amenazante. El peligro reside, más bien, en el caos cotidiano.

Ya no logro pasar frente al Luo Luo Hot Pot sin ver al muerto. Eso mismo es un fantasma: un muerto que se niega a morir para algunos, para quienes lo seguimos viendo vivo, incluso agonizante. Desde ahora pertenezco al clan de quienes ven a un muerto o, mejor, a un moribundo en la calle que barrió la tempestad. No soy capaz (no sé si quisiera serlo) de reconocer a los otros miembros del clan, pero sé que me iré de Beijing y que el clan seguirá invisiblemente unido, como yo seguiré unido a esta ciudad y al recuerdo de este viaje.

Enlace original:
http://www.lanacion.com.ar/1507847-postales-de-una-pekin-desconocida