17 septiembre, 2012

Diario de Pekín (I)


 Este fin de semana, el suplemento de cultura ADN (del diario La Nación, de Argentina) publicó un largo extracto de mi diario de viaje a Pekín, China.

Me he propuesto reproducirlo en este blog a lo largo de tres entregas. Esta es la primera parte:

Aquí estamos después de haber planeado y deseado este viaje durante años. Es la segunda vez que mi mujer y yo venimos a China. La primera fue en 2004 (Beijing y Shanghai), esta vez pasaremos un mes y medio en la capital.

Dezsö Kosztolányi ha escrito que ir a un país cuya lengua no hablamos ni comprendemos equivale a una "sordera intelectual". Así fue nuestro viaje previo.

La sordera intelectual tuvo aspectos fascinantes, pero en este segundo viaje muchas cosas han cambiado: mi mujer estudia chino desde hace seis años, somos tres porque nació nuestro hijo y la ciudad sigue transformándose, como su sociedad, a paso acelerado.

Llegamos y nos recibe Grace, que acaso no se llame así: a los chinos les encantan los nombres occidentales. Grace alquila departamentos. El que elegimos no queda en el centro ni en una zona turística. Viviremos entre chinos, en un conjunto de torres construidas hace poco en un barrio antes humilde. Torres para la nueva clase media. Enfrente construyen otra torre, más baja, que tendrá comercios. Entre medio se extiende un jardín tradicional: puentes de madera, arroyos con peces de colores.

Primer paseo. Zona comercial de Wangfuying, Martes, 20:00. Cientos de personas bailan frente a la antigua iglesia católica. Gente de todas las edades, de todos los aspectos.


Escenas callejeras: un hombre se saca un zapato en medio de la multitud y lo mira perplejo, un hombre le corta el pelo a otro en una esquina, un hombre come tofu de pie con un bol en una mano y palitos en la otra, un hombre viaja en el subte con un balde entre sus pies: oímos, de pronto, un ruido inquietante: decenas de brillosos escorpiones se mueven con lentitud dentro del balde.

El consejo que le dieron a Lafcadio Hearn antes de ir a Japón: "Anote sus primeras impresiones lo antes posible, cuando se hayan apagado no volverán".

La población de Pekín ronda los 20 millones. Es una de las megalópolis mundiales y se nota: en la polución, en los nervios de los transeúntes, en el ritmo "trabado" del tránsito.

Cuando vinimos en 2004 había tres líneas de subte: hoy hay una quincena y 8 millones de personas viajan por día en la red. En 2004 había un puñado de marcas internacionales, hoy hay miles. Se anuncia la apertura de una galería Lafayette. Se construye un Lego Center frente a un parque científico Sony. En 2004 había 4 anillos (autopistas) en la ciudad, hoy hay 6 y se habla de "megaurbanismo anárquico".

1:30 am. Ruidos. Para edificar enfrente, trabajan a toda hora.


Grandes diferencias sociales. Impactan los mingong o campesinos sin tierra: de los casi 800 millones de trabajadores chinos, la mitad (o más) son antiguos agricultores obligados a instalarse en las grandes urbes a causa de la mecanización agraria. La desocupación creció en los últimos tiempos y los mingong son la mano de obra superbarata del "milagro económico".

La bandera china, se cuenta, tiene dos posibles interpretaciones: la gran estrella es el comunismo y las cuatro estrellitas las clases sociales (obreros, campesinos, pequeña burguesía, "capitalistas patriotas"); la gran estrella es la mayoría Han, las pequeñas son las cuatro etnias minoritarias: manchúes, tibetanos, mongoles y huis. No, los chinos no son todos iguales.


Zona de Xidan. Tantos coches que no hay cruce peatonal al ras del suelo. Una valla separa la vereda del asfalto. Para cruzar hay que ir por túneles, puentes yo pasarelas. Por suerte, las escaleras eléctricas funcionan.

El subte tiene TV en los vagones. Los buses tienen TV. Algunos taxis tienen TV. Los ascensores de nuestra casa tienen TV adentro y al pie, en la planta baja. En las fachadas de los shoppings, pantallas XL. En un shopping cerca del parque Ritan, un techo de unos 200 metros de largo: una pantalla inmensa.


Precios. Una taza de té: 20 yuan. Un libro: entre 10 y 25. Un paraguas: 25. Un desodorante: entre 25 y 30. Un dólar por 6,3 yuan . La moneda está subvaluada, pero es más fuerte que hace siete años cuando un dólar valía 8,5.

Había olvidado el vaho y el cielo siempre cubierto en verano: brumoso cuando hace calor y se condensa la polución; nublado cuando el calor trae la lluvia. Es muy usual que las mujeres (y, en menor medida, los hombres) lleven paraguas contra el sol.

Formas de turismo:
(a) Los que vienen de la China profunda. Las tres mega-ciudades (Beijing, Shanghai y Hong-Kong) suman unos 50 millones, apenas el 3% de la población del país.
(b) Los padres europeos con hijos de rasgos orientales. Uno sospecha que está viendo padres adoptivos que llevan a su hijo al país de origen. La mirada de los nativos: por lo menos inquieta.


Los nativos más humildes se acercan y le hablan en chino al extranjero, sin sospechar que una minoría pequeñísima de ese otro mundo es capaz de entenderlos. Ellos hablan como siempre: a toda velocidad.

El mito dice que nos llaman "narices largas", pero la palabra usual es lao wai: viejo forastero. En sitios turísticos, como la plaza Tian'An Men, cada mil chinos hay un lao wai. ¿Por qué hay un hotel tras otro, pero tan pocos lao wai? Consulto estadísticas: el 48,5% de los turistas extranjeros viene de Asia, el 25 % de Europa.

En la parada del bus, una pareja le toca el pelo castaño a nuestro hijo. "¿Le pusieron algún producto?". Todos tienen pelo negro, salvo algunas jóvenes que se tiñen (caoba o rojo) o ciertos intentos de rubia que acaban en un naranja poco convincente.

Los buses recuerdan a los colectivos porteños. En los más grandes hay (además del chofer) una mujer con un micrófono, metida en una especie de boletería. Aúlla las paradas, vende boletos (1 yuan, promedio), les grita a los de la calle para que se aparten, recrimina a quien no le cede el asiento a un anciano.

En las paradas, los hombres esperan en cuclillas (típica postura masculina), muchas veces fumando. Si hace calor, se levantan la camiseta plegándola en dos y la panza y el ombligo quedan a la vista.

Ejércitos de empleados. En una farmacia o una panadería puede haber veinte. La mano de obra es barata, pero la cantidad no siempre redunda en eficacia. Supermercado: seis empleados miran, una sola caja está abierta, otro empleado duerme. Los chinos se desploman sobre las mesas, en los bares, en las oficinas públicas, y duermen con total soltura. He visto incluso a la mujer del colectivo (sí, la que grita) dormitar 30 segundos, entre parada y parada, y resucitar de golpe.

El supermercado tiene escaleras mecánicas entre sus dos plantas. Una empleada pasa horas sin moverse de la cima; cuando uno llega arriba con el carro, ella alarga un brazo y, con un hábil golpecito, ayuda a que el carro doble correctamente.¿Qué contará cuándo le preguntan de qué trabaja?

Motos y motos. El boom de la venta de coches aumentó el smog y disminuyó la cantidad de bicicletas, que antes eran una plaga. Las motos se multiplican porque el crecimiento del parque automotor genera embotellamientos. Algunos días está prohibido que transiten los coches cuyas matrículas terminan en equis número. Solución: mucha gente compra dos coches.

Casi nadie usa casco. Ni los niños. Se trata de motonetas y motitos con acoplado y sin luces.
Restaurante tradicional. Mesas con centro giratorio. Un solo comensal ordena todo; pedir un segundo menú genera desconcierto. La camarera no se mueve mientras uno hojea el menú. Propone platos, apunta con el dedo. Anota todo en un papel (o una tableta), pone el menú en la mesa y enumera los platos para evitar malentendidos. Los restaurantes sirven agua caliente gratis con la comida. Algunos chinos le agregan té; muchos no.

Dos españoles decepcionados con Pekín. Les parece demasiado occidental y no soportan el caos de tránsito porque aunque el semáforo peatonal esté en verde los coches siguen de largo.

Juegos en los parques. Pluma y raquetas tipo bádminton. Una pluma que se impacta con los pies: jianzi. Pido jugar. Es difícil. Juegan hombres, mujeres, niños, en ronda.
Más tarde, en el mismo parque, entre un concierto de grillos, un hombre hace girar un trompo con ayuda de una soga y ademanes de domador.

Los parques son catálogos de tradiciones y novedades: el que hace muñecos soplando caramelo, el que hace posturas de yoga sobre la cabeza, los jugadores de majong, los vendedores de libros rojos de Mao, el rincón donde vestirse de emperador y sacarse fotos.
El Beihai y el Zizhuyuan tienen grandes lagos (el segundo, lleno de lotos flotantes) donde pasear en botes de madera conducidos por remeros locales.

15:00 pm. Casi todos los canales de TV emiten novelas de corte histórico, con ninjas y vestidos de época.

El lujo, el diseño y la moda son grandes novedades. Revistas extranjeras en versión china: Numéro, Madame Figaro, Bazaar, GQ, Cosmopolitan.

Insectos a la venta. En un palo tipo brochette. Están vivos y mueven las patas como condenados. Abajo, los palos con los insectos tras el golpe de fuego. Una turista de rasgos chinos los come riendo, ante el asombro algo asqueado de sus compañeros de viaje, que sacan fotos y hacen comentarios en un inglés norteamericano. Días después, en un barrio más alejado, una cervecería donde los mozos chinos están vestidos de tiroleses. Brochettes de pollo, tofu, verdura. Pero también de insectos: escorpiones, cigarras, arañas.

(Continuará...)