05 enero, 2011

Francis Albert


Acaso el mejor cantante popular del siglo XX, Francis Albert Sinatra ha legado una obra tan abundante como compleja. Muchos de sus discos, sobre todo aquellos de los años 1960, profundos, conceptuales, pero ensombrecidos por el esplendor del beat y el rock, esperan todavía una urgente relectura. Lo mismo vale para su imagen pública, hecha –así parece– de dos Sinatras diametralmente opuestos: por un lado, el artista sensible; por el otro, el eficaz entertainer masivo.

Una visión de la trayectoria musical de Sinatra parece arrojar, a grandes rasgos, cuatro capítulos. El primero enmarca sus actuaciones dentro de las orquestas de Harry James y Tommy Dorsey (RCA, de 1940 a 1942), además de sus primeros pasos como solista (Columbia, de 1943 a 1952); el segundo coincide con su desarrollo como crooner o baladista de jazz y con todas sus versiones perfectas del inolvidable repertorio de Cole Porter (Capitol, de 1953 a 1960); el tercero, de 1960 a 1971, es cuando asume sus mayores riesgos como artista, ahora en el sello Reprise, del que también fue dueño. El anuncio de un retiro, el 13 de junio de 1971, y un regreso ("Let Me Try Again"), ya como mito viviente, constituyen un cuarto y último capítulo, sin duda el menos interesante.



"Love's Been Good to Me" (Rod McKuen)


Muchos son los buenos discos que registró Sinatra en más de cincuenta años de actividad. Ninguno quiebra en dos su carrera como Strangers in the Night, aparecido en 1966 y con una llamativa inscripción en contratapa: "The Popular Sinatra Sings for Moderns" (El popular Sinatra canta para los modernos). Como absoluta novedad, el arreglador Nelson Riddle introduce allí el órgano eléctrico (jazz organ) y produce una revolución en el sonido de Sinatra. Basta escuchar "All or Nothing at All", "Summer Wind" o incluso "Downtown", donde el resultado ya parece más cerca de la música beat que del jazz.

El arco que se abre desde Strangers in the Night hasta Watertown (1969) encierra el período más paroxístico en la obra de Sinatra. A mediados de los 60, la música pop sufre una violenta transformación. Luego de Rubber Soul (The Beatles) y de Pet Sounds (Beach Boys) el concepto de álbum reemplaza al de single. Se traslada a la música popular la idea del cine de autor, de modo tal que ahora también hay discos de autor. No siendo compositor sino un cantante, Sinatra logra resolver el dilema a su manera: abordando más como "actor" que como "autor" eso que hoy se conoce como álbumes conceptuales. Lo peculiar de estos discos es que están escritos de punta a punta, especialmente a su medida, por una misma persona. El resultado es parecido a una película de autor protagonizada por una megaestrella.

Decir que 1969 fue el annus mirabilis de Sinatra en materia discográfica puede resultar una audacia, sobre todo si se piensa que los dos álbumes de ese año fueron vistos, en su oportunidad, como fiascos de venta. Se trata de A Man Alone (Un hombre solo), obra del poeta y cantautor Rod McKuen (el mismo que escribiera el rock’n’roll "The Beat Generation", grabado por Bill Haley), y de Watertown, álbum concebido por Bob Gaudio (The Four Seasons) y Jake Holmes.



"A Man Alone"
y otras canciones (Rod McKuen)

No obstante su bajo impacto comercial, ¿qué tienen de importante y singular estos trabajos? Sobre todo que Sinatra se sacude la imagen establecida de cantante romántico y de amante victorioso que dominó buena parte de su obra para contraponer dos discos de una desolación inédita para su propio canon: el primero, una suerte de ensayo sobre la soledad; el otro, el relato impiadoso de una crisis matrimonial.

La justicia del tiempo parece estar agigantando estos dos discos, donde se pueden encontrar cosas insólitas, como a Sinatra recitando un poema, a Sinatra con el acompañamiento de una sola guitarra, o a Sinatra con la voz quebrada, casi al borde de la afonía y más vulnerable que nunca. Una exquisita cantante como Nina Simone supo rescatar este repertorio, sobre todo en su álbum A Single Woman (Una mujer soltera, de 1993), que no sólo incluía tres canciones de McKuen sino que, de alguna manera, es la versión femenina de A Man Alone.



"A Single Woman" (Rod McKuen)

Una excursión por la obra de Sinatra en los años 60 causaría asombro hasta al más avisado. Allí están George Harrison y su esposa Patty en la trastienda de la grabación de Cycles, uno de sus discos más pop, que incluye "From Both Sides, Now", hermosa canción de Joni Mitchell. Allí está ese formidable álbum a dúo con Tom Jobim –tal vez el mejor disco de música popular en lo que va del siglo–, al que siguió pocos meses después aquel encuentro histórico con la orquesta de Duke Ellington. Allí está ese disco con la orquesta de Count Basie (como él, hijo de Nueva Jersey), cuando eran muy poco usuales las aventuras artísticas interraciales.

Al hombre de los ojos azules, al hombre con "voz de cello", tal como lo describiera Bob Dylan, se lo juzgó varias veces con desdén y desconfianza desde la vereda del rock. Es cierto que durante años su figura conservadora, sus gestos de abierta amistad hacia Nancy y Ronald Reagan, su clan incondicional (Dean Martin, Sammy Davis Jr.), sus programas de tevé para el consumo familiar o su versión mojigata del conocido "Mrs. Robinson" de Simon & Garfunkel (donde el verso que decía "Jesus loves you more..." pasó a decir "Jilly loves you more...") significaron para muchos la exacta contracara de la siempre invocada rebeldía rockera. No es menos cierto, sin embargo, que en voz baja el ambiente del rock lo admiró siempre, a tal punto que Jim Morrison llegó a calificarlo de "artista incomparable".

El escritor William Kennedy afirmó alguna vez que uno "trepa por las paredes" escuchando al Sinatra de los años 60. Nada más cierto. Una emoción extra, algo indescriptible hay en esos discos. Hasta las canciones más inocuas –esas que en los 40 él había grabado en dance-tempo–, rehechas en nuevas versiones se vuelven, de pronto, dramáticas. Si a algún Sinatra hemos de extrañar especialmente, tal vez sea a éste. Si algún Sinatra ha de volver con el impulso inevitable de la nostalgia, sería muy justo y placentero que fuera éste.

Eduardo Berti

(Texto originalmente publicado, en una versión distinta, en la revista Rolling Stone de Argentina)