18 enero, 2011

Almas sin sosiego

Ilustración/collage de Luis SAN VICENTE


Al cuentista y traductor argentino Eduardo Berti (1964) siempre le han fascinado los fantasmas. Desde muy pequeño le cautivaron los cuentos protagonizados por esas almas en pena, por esos espíritus en desasosiego que se empecinan en rondar entre los vivos. Aunque admite que no sólo le atraían las historias de fantasmas de la llamada “alta literatura” y los autores más o menos prestigiosos que leía en casa de sus tías, profesoras de letras. Incluso le provocaban más entusiasmo esas narraciones tan típicas de la infancia de casos de aparecidos para luego temer dormir solo y a oscuras. Todo parece indicar que lo que buscaba Berti era sentir cómo el miedo lo invadía hasta paralizarlo. Ya transformado en adulto y luego de publicar varias novelas y un par de libros de cuentos, traducir a Nathaniel Hawthorne y Jane Austen, y editar antologías de nuevo cuento francés o de los cuentos más breves del mundo, Berti depuró su gusto por los fantasmas a tal grado que Adriana Hidalgo Editora le pidió que reuniera en un solo libro esa vieja obsesión, su pasión por la literatura y su adicción al escalofrío.


El resultado fue Fantasmas, antología que incluye relatos lo mismo de Plinio El Joven o Luciano de Samósata que de Giovanni Bocaccio, Lafcadio Hearn, Saki o Arthur Conan Doyle.


“La antología está pensada tanto para los lectores neófitos como para los ‘falsos debutantes’, como dicen las academias de enseñanza de idiomas”, explica. “Para los segundos, los que están familiarizados con autores o con textos más típicos —desde M.R. James hasta Le Fanu, ambos presentes en la antología—, hay ejemplos menos obvios, como un cuento de Émile Zola, más reputado como escritor realista, o un cuento de Rainer Maria Rilke, más reputado como poeta poeta, y autores no tan célebres como el italiano Iginio Ugo Tarchetti, el ruso Orest Somov, el chino Ji Yun, el estadounidense Brander Matthews con un planteo más humorístico que de miedo o el irlandés Patrick Kennedy con un cuento en el que los fantasmas juegan al futbol”.

¿Qué nos dice el fantasma de nosotros los vivos?


Pienso que los fantasmas metaforizan muchas cosas: desde el temor a lo desconocido —nada más desconocido que la muerte, y ni hablemos de alguien que vuelve de ella— hasta el miedo a ser olvidados tras la muerte. No es raro, con respecto a esto último, que muchos cuentos de fantasmas chinos hagan énfasis en muertos que aparecen porque no son debidamente recordados o celebrados por sus descendientes. Pero, por sobre todas las cosas, pienso que los fantasmas nos recuerdan algo inquietante: que así como los vivos son mortales, los muertos son inmortales.


Se dice en tu libro que para que una historia de fantasmas sea efectiva no basta con que muestre a un muerto entre los vivos; es preciso también que parezca real e inspire un sentimiento de terror en quien la lea. ¿Cómo has visto que los autores han conseguido hacerlos reales?


Hay muchas formas. Una pasa por una fuerte identificación entre el lector y el personaje testigo de la aparición (lo que suele lograrse, a menudo, por una correcta “focalización” narrativa). Otra pasa por un buen uso del “crescendo” (no ser abrupto ni brusco) y por no caer en descripciones explícitas y dejar que el lector imagine lo peor; en otras palabras, ser más “erótico” que “pornográfico”.


El poder, el impulso sexual, la depredación o el miedo a la muerte parecieran motivar al vampiro. ¿Cuáles son las principales motivaciones de un fantasma para hacerse presente?


La venganza y la deuda pendiente son acaso las dos causas más usuales para las apariciones. La venganza en ocasiones es cumplida directamente por el mismo fantasma, pero en otros casos es el espectro quien se presenta para reclamar a un tercero (un pariente, un amigo vivo) que la ejecute. Hay otros tópicos recurrentes en los relatos de aparecidos. Desde el marido celoso en el más allá, hasta el fantasma de un amor prohibido o no correspondido; desde el individuo que en vida causó cierto daño al prójimo y regresa lleno de remordimientos para remediarlo, hasta los “mal muertos”: los insepultos o los que no han sido llorados. Sin olvidar el caso del “fantasma protector” o del espectro condenado a repetir un gesto o un acto por toda la eternidad. Están los fantasmas que aparecen en sueños y los que aparecen en estado de vigilia o, a menudo, en la duermevela. Y están también los casos de fantasmas que equivalen a anuncios funestos: aparecidos que son mensajeros o que encarnan la propia muerte. Los fantasmas, como digo en el prólogo a mi antología, son muertos que se niegan a morir porque no saben o no pueden o no se les permite hacerlo; son almas en pena, difuntos sin paz a quienes por lo común les ha quedado algo por hacer (una venganza que cumplir, un consejo que dar, un simple acto pendiente) y que, al regresar, ponen en jaque las fronteras entre el “mundo real” y el “más allá”.


Fragmento de un extenso reportaje hecho por Jesús Pacheco y publicado en el suplemento cultural de La Reforma de México.