
Una de las más antiguas creencias fúnebres, de acuerdo con Doré, es el T’eou ts’i, el séptimo día después de la muerte. El alma del difunto es conducida a un estrado (wang-hiang) para que eche una última mirada a las cosas terrenales. Los familiares y amigos del muerto, vestidos de luto, forman en torno al ataud para demostrar que el lazo afectivo sigue en pie. Si el alma del muerto no está convencida de estos sentimientos de afecto, podrá reaparecer a fin de vengarse. Tras el entierro oficial, se temen diversos fenómenos ligados a la idea occidental de fantasma. Los espíritus hambrientos (kou-hoen) son las almas de los difuntos que, al no dejar descendencia, no reciben ofrendas ni sacrificios y son almas abandonadas o « almas errantes ». Para poner remedio a sus acosos, suele dedicarse un periodo del año a darles limosna : p’ou tsi han lin. Otra superstición que se remonta a tiempos antiguos es la de los « Kiang che koei » o « demonios-cadáveres », que abandonan provisoriamente sus tumbas para raptar a algún paseante y regresar con él al mundo de los muertos. En su libro, Doré enumera algunos métodos para espantar a a estos demonios. Dice que temen el sonido de las campanas de los templos budistas. Dice que suelen desvanecerse al ver una escoba.
3 comentarios:
Se consigue ese libro por algún lado?
Que yo sepa, no existe una traducción al castellano. Hay que conseguir la edición en francés, que es rara pero no imposible.
El culto , ni sabes escribir
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