09 marzo, 2008

Hotel dulce hotel


Por Eduardo Berti

Así como para tejer hace falta que se crucen dos agujas, a las tramas literarias les son poco menos que indispensables los encuentros y, por ende, los territorios favorables a toda suerte de cruces. La novela rusa, en su edad de oro, supo servirse de los vagones de tren a fin de poner en marcha no pocas historias, desde "El idiota: (Fiodor Dostoievski) hasta la "Sonata Kreutzer" (Leon Tolstoi). Lo mismo ocurre con otros medios de transporte que pueden habitarse por un instante prolongado: los buques trasatlánticos, por ejemplo, tanto en "El jugador de ajedrez" (Stefan Zweig) como en "Novecento" (Alessandro Baricco).

Los hoteles y sus múltiples variantes (pensiones, albergues, hostales, inquilinatos) han sabido cumplir un papel similar. Los encuentros más "sorprendentes y deliciosos", afirma Guy de Maupassant al inicio de su cuento "La desconocida", suelen producirse "en un tren, en un hotel o en un lugar de vacaciones"; es decir, de viaje o fuera de lo cotidiano.

Dejando a un lado los encuentros que propician, los hoteles metaforizan asimismo un sinnúmero de cosas: desde cierto extrañamiento, que es también el del viajero, hasta nuestro efímero paso por el mundo.

No es exagerado pensar que cada escritor hace de su hotel un emblema personal. Recién llegado a Nueva York, Raymond Roussel siente placer con la idea de tomar un baño, pero descubre "que hay tres mil cuartos de baño en el hotel y que tres mil viajeros pueden bañarse al mismo tiempo", y en el acto todo placer "se derrumba". Solo en un hotel de Tokio, Richard Brautigan apunta ideas para matar el tedio:

Pienso seriamente en usar el teléfono interno para llamar a mi habitación 3003 y dejarlo sonar mucho tiempo. [ ] ¿Debería dejar un mensaje en recepción pidiendo que me avisen en cuanto esté de vuelta?

No hay dos visiones iguales de lo que encarna un hotel porque no hay dos formas iguales de viajar.


* * *

Un viejo chiste cuenta que un periodista llama a un hotel de lo más distinguido, digamos el Ritz de Nueva York, y pide hablar con el rey. "¿Con cuál de todos ellos?", replica el telefonista.

Solamente en sitios excepcionales puede existir más de un rey sin que esto desate una tormenta política. Y la literatura, se sabe, no se da el lujo de dilapidar tales oportunidades.

Desde "Hotel Savoy" de Joseph Roth hasta "Hotel du Lac" de Anita Brookner, desde "El hotel azul" de Stephen Crane hasta "Un día perfecto para el pez banana" de J. D. Salinger, muchísimos cuentos y novelas transcurren en hoteles, ya sean reales como el Pera Palas de Estambul, construido especialmente para los pasajeros del Orient Express y al que Marcel Proust se refiere en su "En busca del tiempo perdido" , o como el Hotel Hummums de Covent Garden donde Dickens conduce a Pip en "Grandes ilusiones" ; ya sean imaginarios pero no menos famosos como, entre otros, el "Grand Babylon Hotel" de Arnold Bennett.



Como escenario, los hoteles tientan no solo a los narradores. "El malentendido" (Albert Camus) o "En un bar de un hotel de Tokio" (Tennessee Williams) son apenas dos ejemplos teatrales, así como ocurrió en el cine con "Hôtel du Nord", de Marcel Carné, y "Room Service (El hotel de los líos)" de los Hermanos Marx, o con las más recientes "Cuatro habitaciones" , de Quentin Tarantino y otros, o "Perdidos en Tokio" de Sofia Coppola. Las posibilidades son vastísimas: la habitación de hotel como símbolo de refugio o de encierro, como lugar secreto para lo prohibido, como morada para lo excéntrico o para lo siniestro, como hogar fuera del hogar, como escenario para crímenes o infidelidades, como escondite para un prófugo, como marca o indicio social, etcétera.

En novelas como "Veinticuatro horas en la vida de una mujer" (Zweig), el hotel desde el que se narra la historia central es un lugar que hace posible la coexistencia de personajes de variadas nacionalidades; una suerte de atmósfera internacional que también plantean Henry James en "Daisy Miller" o E. M. Forster en "Una habitación con vistas", con su pensión Bertolini.

En "El Gran Hotel", novela de Ramón Gómez de la Serna que presenta a un abogado dedicado a vivir amores frívolos, saborear comidas exquisitas y cruzar personajes insólitos, el hotel de Ginebra funciona como metáfora de una aventura, de un momento excepcional en la vida de un individuo.

En "Mashenka", primera novela de Vladimir Nabokov, la pensión de Berlín es el marco realista que justifica cierto azar del que depende la trama: la muchacha que ama uno de los huéspedes (y cuyo inminente arribo atraviesa todo el libro, lleno de imágenes que remedan la figura de un tren) podría ser la misma muchacha que antaño amó su vecino de cuarto.

En la novela "Hotel Honolulu" de Paul Theroux, un escritor que sufre un bloqueo creativo emprende una nueva vida en Hawái al frente de un hotel. La situación podría hacer pensar en Nathaniel West, gerente del Sutton Hotel de Nueva York. En este caso, no obstante, se trata de un sórdido establecimiento devorado por las ratas, por cuyas habitaciones desfilan estrellas de cine, periodistas, pintores, suicidas, adúlteros, divorciados, recién casados, prostitutas... El hotel es epicentro y unidad de lugar para un auténtico mosaico narrativo.

En el cuento "La habitación diecinueve", de Doris Lessing, el hotel es como un oasis: una frustrada ama de casa necesita tomar distancia de la vida familiar y escapa repetidamente a un sombrío hotel en el suburbio de Londres, en el que acostumbra pasar un par de horas solitarias sin hacer absolutamente nada.

Algo no tan distinto a esto último solía hacer Proust toda vez que iba al Ritz de París para alejarse del bullicio, a veces para escribir pero, ante todo, porque "me dejan en paz y me siento como en casa". Lejos está su caso de ser singular: T. E. Lawrence borroneó parte de "Los siete pilares de la sabiduría" en el Mena House, de Guiza; Dostoievski terminó la ya aludida "El idiota" en una habitación del Hotel de Couronne, de Ginebra; James Joyce aprovechó cierta estadía en el Hotel Lutetia de París para avanzar con su "Finnegan s Wake"; Joseph Conrad escribió parte de "Tifón" en el Raffles Hotel de Singapur; Thomas Wolfe escribió casi toda su obra en el Chelsea Hotel de Nueva York, y la enumeración podría extenderse por decenas de páginas.

* * *

Estar levemente corrido del flujo de la vida común, fuera pero dentro, en una suerte de ascetismo contemplativo, es una postura habitual entre los escritores. El laboratorio literario suele situarse en una "habitación". El espacio de escritura surge como "ventana abierta": el "cuarto propio" de Virginia Woolf ("Una mujer, si quiere escribir ficción, debe tener dinero y una habitación para ella sola"), pero también la "habitación con vistas" de E. M. Forster.

El caso del escritor egipcio Albert Cossery, alojado desde 1945 y por más de sesenta años en el Hotel Louisiane de París (siempre en la misma habitación), resulta tan fascinante como insólito. "No poseo nada, soy totalmente libre", ha afirmado Cossery. Vivir en un hotel es, a su juicio, lo que lo mantuvo longevo y le ha permitido sobrepasar los noventa años. A tal punto que podría muy bien ser suya la frase de Léon-Paul Fargue en "Le piéton de Paris" (1939): "La vida de hotel es la única que se presta de verdad a las fantasías del hombre".~

(Fragmentos de la larga nota aparecida ayer, sábado 8 de marzo, en ADN Cultura, Diario la Nación, Buenos Aires, Argentina)

Versión completa en:

http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=992744

4 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

Un excelente artículo.

Eduardo Berti dijo...

Muchas gracias!
Un saludo,
E.

Tomás David dijo...

Cuenta Vila-Matas, en Historia abreviada de la literatura portátil, que escribió Rigaut:
Hay hoteles que son, francamente, muy literarios. Después de todo, el mundo de las letras descansa en los hoteles de la imaginación. En Europa lo saben desde hace tiempo y sólo se consideran elegantes los suicidios en el Ritz" p. 33

Martin dijo...

La verdad es que me gusto mucho el articulo, a mi me hubiese encantado poder hospedarme en algun hotel en new york en los años 30 y poder haber visto a todas las estrellas del jazz tocando en vivo