26 marzo, 2008

En compañía de Goyen


En su sección "Libros en agenda", que publica en el diario "La Nación" de Buenos Aires, Silvia Hopenhayn consagra el texto de hoy, 26 de marzo de 2008, a "La misma sangre y otros cuentos", del norteamericano William Goyen, libro traducido por Esther Cross y publicado por la editorial La Compañía.


Por Silvia Hopenhayn


En tiempos en que toda expresión parece haber agotado su originalidad, muchos artistas revuelven el baúl del ingenio para extraer alguna fórmula que incida en el consumo o afecte a la crítica. Pero ciertos escritores juegan con los estereotipos de la realidad o aplanan el lenguaje bajo el postulado de la transgresión, para aliviarse así de la exigencia.

No hace falta tener experiencias extravagantes para ponerse a escribir, ni tampoco subsumir la escritura a lo más chabacano de la existencia. Lo genuino se gesta sin intención. Una buena novela resuena por la proximidad que tienen las palabras con las cosas. De allí, la oportuna iniciativa del escritor Eduardo Berti de crear una cuidada editorial en busca de aquellos textos que vibran por su fuerza narrativa, para poner especial esmero en la traducción (no es fácil trasladar el secreto de una lengua a otra). La primera entrega de La Compañía (nombre de la editorial) renueva la lectura de Jane Austen con una breve novela epistolar, Lady Susan, en la que a través de cartas cada vez más incisivas aparecen los temas recurrentes de la escritora inglesa, como las inconveniencias de los matrimonios por conveniencia y el cotilleo de la burguesía. El otro título que da comienzo a esta iniciativa es "La misma sangre y otros cuentos", del oscuro y excepcional escritor texano William Goyen. Me detengo en este último. Su difusión es escasa y merece mayor atención. Sus cuentos generan un clima expectante, a través de personajes ásperos sureños. Es raro que sean felices, pero no son quejumbrosos: hay una suerte de orgullo en lo que callan, como si le rindieran culto al dolor de la pérdida. Según Esther Cross, autora del lúcido posfacio y de la impecable traducción, Goyen es “un profanador de historias silenciadas”. Los personajes –Arthur Bond–, el del gusano en un muslo, o los primos de “La misma sangre” o el increíble Leander de “Si tuviera cien bocas”, se muestran descarnados. Sus respiraciones parecen oírse como un rezo ajeno. De allí, quizás, el tono salmódico que se le atribuye a Goyen, cuando se intenta explicar el carácter hipnótico de su escritura. El decía que no había nada mejor que un elegante grito de desesperación, y es lo que irrumpe en sus relatos. Un grito tan agudo y sofocado como el de muchos personajes abismales de su compatriota Flannery O’Connor.

También el paisaje es una bolsa de sonidos. Cross señala que para Goyen el lugar de origen determina la vida de un escritor. Es lo que queda de lo vivido. Cuando en “Preciada puerta” se describen los árboles caídos, azotados por el tornado de Oklahoma de 1918, de esos restos surge el recuerdo “del amor que una persona puede tener por alguien a quien no conoció”, en el medio de una tragedia. Goyen rescata lo humano de las experiencias más tremendas. Su búsqueda parece agotar a sus propios personajes, a quienes les pregunta permanentemente hasta dónde pueden llegar. Cross escribe: “Goyen era un antropólogo forense, un escritor convencido de que lo que pervive a la muerte de una persona es su misterio, la pregunta que plantea”.

Y esto es precisamente lo que perdura de un texto. La pregunta al lector.~


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1 comentario:

Leonor & Leonora dijo...

Llegó a mis manos este libro por puro azar, nunca habia oido hablar de Goyen y ordenando el deposito de la libreria donde trabajo lo vi y me senti atraida por él. "Si tuviera cien bocas" me partió la cabeza literalmente! Y "Preciada puerta" me produjo un sentimiento de familiaridad :) La Compañia esta haciendo un gran trabajo al rescatar del olvido las obras que publica, son verdaderas joyas!