03 enero, 2008

Viager


Por Eduardo Berti


El problema de la vivienda es mundial, más en las grandes ciudades. Vivir en París significa (salvo para los millonarios) enfrentarse a un problema que miles ya enfrentaron antes: la demanda es por lo menos dos veces mayor que la oferta, los precios por lo tanto resultan inaccesibles. Alquilar un estudio de tan sólo nueve metros cuadrados (lo mínimo que exige la ley, no siempre cumplida a la letra) puede costar, según el barrio, cuatrocientos o quinientos euros mensuales, si no más. Y en los rincones más burgueses cada metros cuadrado en venta llega a cotizarse a diez mil euros o más.

A los adolescentes de hoy les cuesta repetir la historia de sus mayores que partían pronto del hogar paterno silbando quizá "She's Leaving Home". Una película algo reciente ("Tanguy") pinta la pesadilla de unos padres cuyo hijo grandulón se eterniza bajo su ala. El envejecimiento de la población (lejos del "baby-boom" de los años cincuenta) se debe, en parte, a que todo hijo obliga a una onerosa ampliación o, en muchos casos, a una mudanza del centro a la periferia.


Entre los posibles rebusques para afrontar este dilema del precio de las propiedades se destaca uno con elementos de juego de azar y, sin embargo, legal: la transacción "viager". Ni alquiler ni venta pura, un "viager" es una propiedad que una o varias personas de mucha edad ponen en venta por anticipado, antes de morir, a un precio inferior al normal. Mejor explicado: una mujer de, pongamos, setenta y nueve años ofrece un departamento de tres ambientes y a cambio pide en contado el pago de un tercio del valor real y, luego, el pago de una cuota mensual y vitalicia (viager) de equis cantidad de euros hasta el día de su muerte. El comprador sólo puede acceder a la vivienda cuando ha muerto el vendedor. Lo peor que le puede pasar al comprador es haber dado con un vendedor longevo.

Los avisos clasificados de "viager" son obras de arte de involuntario humor negro. Púdica e impersonalmente (dos rasgos muy parisinos, al fin y al cabo), una especie de metonomia lleva a escribir, como si se tratara de ganado: "Dos cabezas ("deux têtes") de 81 y 84 años ofrecen un departamento...". Los profesionales del viager (que los hay) toman en cuenta la edad del o de los vendedores a la hora de establecer proyecciones. Cualquier cálculo es, desde luego, arbitrario. A los imponderables del caso se suma que los compradores no tienen modo fehaciente de conocer el estado de salud del vendedor, dato más que fundamental.

Los años que pasé en París no conocí a nadie que suscribiera un "viager". Ni directa ni indirectamente. Ni comprador ni vendedor. Ante mis preguntas curiosas me contaron, eso sí, varias anécdotas que sospecho inventadas: desde el vendedor que logró falsear su edad y agregarse años para así subir el precio de su propiedad, hasta el previsible caso del comprador sospechado porque su "tête" falleció a escasos días de haberse firmado el contrato.

Siempre es osado aventurar lo que uno haría de ser otro. Algo me dice, sin embargo, que no me gustaría ser un vendedor "viager". Pese a las claras ventajas de recibir mes a mes un cheque abultado, dudo que se pueda vivir realmente en paz sabiendo que un desconocido, en algún lado, espera ansioso nuestra muerte.~


(Texto publicado originalmente en la revista "La Mano", Buenos Aires, 2005)

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