04 enero, 2008

Las vigilias y los sueños de Hawthorne



La última edición del suplemento ADN Cultura del diario La Nación de Buenos Aires trae la siguiente reseña de mi edición y traducción de los “Cuadernos norteamericanos”, de Nathaniel Hawthorne, que ha publicado la editorial Norma en Argentina, Colombia y España.



Por Pablo Gianera


Pocas veces en la historia de la literatura pudo un escritor resolver con tanta serenidad las sordas tensiones vitales que lo dominaban. Nathaniel Hawthorne (Massachussets, 1804-New Hampshire, 1864) era un hombre que se debatía, como afirmó Henry James en su notable estudio sobre el autor, entre la timidez y el deseo -siempre defraudado- de conocer la vida, entre la inclinación evasiva y la ambición inquisidora.

Acaso más que en sus cuentos y novelas, las anotaciones de Cuadernos norteamericanos , inéditos en español y de los que se publica ahora una selección a cargo de Eduardo Berti (también responsable de la traducción), permiten seguir esa paradojal vacilación interior, a mitad de camino entre la espiritualidad religiosa y el desencanto, del autor de La letra escarlata . O, tal como se lee en sus propias palabras, en una entrada de 1837: "El diario íntimo de un corazón humano, describiendo una jornada de las más comunes. Las luces y sombras que lo atraviesan; sus hondas vicisitudes".

En su minucioso prólogo (en verdad, todo un estudio crítico y biográfico), Berti señala que el bien y el mal, la sombra del pecado y la preocupación ética son palpables en estos cuadernos. Realmente, no hay aquí embrión de relato -como ocurre asimismo con las historias recogidas en su volumen Cuentos contados dos veces - que no tienda a la alegoría o a la enseñanza moral. "Un hombre posee el objeto más perfecto que un mortal podría desear; al tratar de mejorarlo, lo estropea". En otros casos, se trata de observaciones impresionistas en las que Hawthorne se revela poseedor de una percepción cuya lucidez rondan lo intolerable: "Un claro indicio de muerte es cuando el enfermo pierde su propio aspecto para adquirir los rasgos de su familia, oculto tras su rostro en tiempos de salud", anota hacia 1840. Y también: "Los que usan una peluca u otra clase de postizo suponen que van a engañar así a la muerte, ya que esta no advertirá que les ha llegado la hora".

Pero la fascinación que deparan tanto los diarios íntimos como los cuadernos de apuntes implica también un modo distinto de entender la literatura, un giro en el que importan menos las historias que cuentan los escritores que los escritores que cuentan esas historias. Ese salto a la intimidad, a las figuraciones de la imagen del hombre que escribe, resulta aquí la más poderosa variedad de la imaginación. El final de estos cuadernos es más bien melancólico. Cuenta Hawthorne que decide quemar un centenar de cartas de Sophia, la mujer con quien estuvo casado toda su vida. Y agrega: "El fuego es el máximo guardián de nuestros secretos. ¿Qué haríamos sin el fuego y sin la muerte?". Así concluyen la entrada y el libro. Podría pensarse que buena parte de las tramas insinuadas en Cuadernos son una especie de cornucopia de relatos no escritos por Hawthorne, en completa disponibilidad para su despliegue. Sin embargo, cualquiera de los fragmentos, aun aquellos de entonación más eminentemente narrativa, están cerrados sobre sí mismos y contienen un enigma irreductible. Son los registros de un insomne que anota las intermitencias de las vigilias y los sueños.~

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