31 diciembre, 2007

Golf

Durante el verano, mi padre hacía tres o cuatro hoyos de golf antes de desayunar e irse al trabajo, A veces lo acompañaba. El campo se encontraba cerca de casa. Estaba en una elevación cerca del río, y desde la calle de veía Travertine y el agua azul de la bahía. Una mañana vio algo colgado de un árbol, en la periferia del campo. Pensó que se trataba de alguna prenda olvidada por las parejas que iban de noche al bosque. Al acercarse vio que se trataba de un hombre. La cara estaba hinchada y deformada, pero reconocíó a su viejo amigo Harry Dobson. Cortó la soga con la navaja y desde la casa más cercana llamó al doctor Henry, aunque debería haber avisado a la policía. Esa tarde regaló los palos y jamás volvió a jugar al golf.~

John Cheever, Diarios (Emecé editores, Barcelona, 1993)