05 septiembre, 2009

Leer, vicio impune


Por Eduardo Berti


El acto de leer tiene su estudio académico en la Historia de la lectura en el mundo occidental (Taurus), prologada y coordinada por Guglielmo Cavallo y Roger Chartier: el primero, profesor de paleología griega en una universidad romana; el segundo, editor del tercer volumen de la Historia de la vida privada, obra cuyo formato (el de muchos artículos a cargo de varios autores de diferentes universidades europeas) parece haber servido de modelo para este libro.



.
Enunciar una historia de la lectura equivale a "restituir el significado movedizo y plural de los textos", aseguran los autores. Sobre la idea de que la lectura no está previamente inscripta en el texto y que "un texto no existe más que porque existe un lector para conferirle significado", Cavallo y Chartier han edificado un trabajo que no se limita a las maneras contemporáneas de leer, ni tampoco a una mirada semiótica. Como la lectura es siempre "una práctica encarnada en ciertos gestos, espacios y hábitos", buena parte de su investigación se dedica a "diferenciar las comunidades de lecturas, las tradiciones de lecturas y los modos de leer". En otras palabras, el libro sostiene que cada nuevo lector contribuye a elaborar un nuevo texto cuyo nuevo significado está en función, inexorablemente, de su nueva forma de abordarlo.
.
Si se acepta como punto de partida el mismo instante en que, en el siglo V antes de Cristo, el libro pasó de ser un mero instrumento de fijación de un texto para convertirse en algo destinado a la lectura, resulta que la historia de Cavallo y Chartier abarca alrededor de 2500 años. Los autores se ocupan de señalar algunos jalones: las primeras bibliotecas públicas en la era del Imperio Romano, el reemplazo del rollo por el códice (libro con páginas) en el siglo II a.C., y la instauración de la lectura murmurada o silenciosa en la alta Edad Media.
.
Algunos puntos que toca este libro son sin duda reveladores. En la Grecia antigua, nos dicen, existían más de diez verbos para la acción de leer, ya que no se nombraba del mismo modo una lectura superficial o una lectura atenta, una lectura primeriza o una relectura. En el siglo XIII, en las bibliotecas instaladas dentro de los conventos, se exigió por vez primera silencio a los lectores. En 1795, un librero conservador de apellido Heinzmann escribía en Alemania, equiparando a jacobinos y lectores, que "desde que el mundo es mundo, no se han visto sucesos tan extraños en Alemania como la lectura de novelas, o en Francia la revolución. Estos dos extremos están estrechamente imbricados, y no es improbable que las novelas hayan hecho en secreto tan infelices al hombre y a las familias como públicamente la terrible Revolución Francesa".

.
RENOIR, "Mujer leyendo"


En su extensa y minuciosa historia, Cavallo y Chartier destacan tres hitos, tres "revoluciones de la lectura":

La primera, que data de los siglos XII y XIII, "transformó la función misma de lo escrito, cuando al modelo monástico de escritura, que asignaba a la escrito un cometido de conservación y memorización grandemente disociado de toda lectura, le sucedió el modelo escolástico de la escritura que transformó al libro en objeto y a la vez instrumento de labor intelectual".

La segunda revolución, de naturaleza técnica, se produjo cuando la imprenta de Gutenberg, en el siglo XV, modificó los métodos de elaboración y reproducción de los libros.

De la tercera revolución somos espectadores privilegiados, ya que ocurre en nuestros días y guarda relación con los nuevos formatos de transmisión electrónica de textos. Leer en una pantalla no es lo mismo que leer en un códice. "La nueva representación de lo escrito modifica, en primer lugar, la noción de contexto", escriben Cavallo y Chartier. Asimismo, se rompe el vínculo físico entre el objeto impreso y el texto o los textos contenidos, "proporcionando al lector, y no ya al autor o al editor, el dominio sobre el desglose o la presentación del texto que ofrece la pantalla". A diferencia de los libros impresos que sólo ofrecen márgenes o resquicios en blanco, con el texto eléctronico no sólo puede el lector intervenir para someter los contenidos a múltiples operaciones sino, más aún, "puede convertirse en su coautor", lo que trastoca sin precedentes las antiguas relaciones entre lector y texto.
.
Trece ensayos conforman esta historia: Jespen Svenbro se ocupa de la Grecia arcaica y clásica; Guglielmo Cavallo, del mundo romano; Malcolm Parkes, de la Edad Media, lo mismo que Jacqueline Hamese y Paul Saenger; Robert Bonfil, de las comunidades hebreas en Europa occidental durante la época medieval; Anthony Grafton, del lector humanista; Jean-François Gilmont, de las reformas protestantes y su influencia en la lectura; Dominique Julia, de la contrarreforma; Roger Chartier, del mercado "popular" de lo impreso; Reinhard Wittman, de los finales del siglo XVIII; Martyn Lyons, de los nuevos lectores (mujeres, niños, obreros) del siglo XX; Armando Petrucci, del futuro de la lectura.
.
"Contrariamente a lo que sucedía en el pasado -escribe Petrucci-, hoy en día la lectura ya no es el principal instrumento de culturización que posee el hombre contemporáneo; ésta ha sido desbancada por la televisión". El hábito del zapping, sigue razonando, "ha forjado potenciales lectores que no sólo no tienen un 'canon' ni un 'orden de la lectura', sino que ni siquiera han adquirido el respeto, tradicional en el lector de libros, por el orden del texto, que tiene un principio y un final, y que se lee según una secuencia establecida por otros".


(Texto originalmente publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, Argentina)

1 comentario:

LEO MARES dijo...

Buena pinta el libro. Apunto