15 septiembre, 2009

Cuerpo de mujer

Ryonusuke AKUTAGAWA

Una noche de verano, un chino llamado Yang despertó a causa del calor insoportable. Boca abajo, la cabeza entre las manos, tejía fogosas fantasías cuando advirtió que una pulga avanzaba por el borde de la cama. En la penumbra la vio arrastrar su diminuto lomo, que brillaba como la plata, rumbo al hombro de su mujer que dormía a un lado y yacía desnuda, profundamente dormida, la cara y el cuerpo volteados hacia él.

Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó: "Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga..."

Dominado por estos pensamientos, su conciencia empezó a oscurecerse y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga, que seguía avanzando sin prisa por la cama, guiada por el amargo aroma del sudor. Aquello no era lo único inquierante; la situación era tan misteriosa que no salía de su asombro.

En el camino, una encumbrada montaña más o menos redondeada parecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama. La base medio redonda de la montaña tenía el aspecto de una granada tan roja que daba la impresión de almacenar fuego. Salvo esta base, el resto de la montaña era blancuzco, hecho de una masa nívea, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre apenas ambarino y dibujaba un arco de exquisita belleza; en cuanto a la ladera oscura, refulgía como azulada bajo la luz de la luna.

Atónito, los ojos bien abiertos, Yang miró aquella montaña de inusitada belleza. Enorme fue su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho inmenso como una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció largo rato petrificado, aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al agrio aroma del sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza de su mujer.


Cuerpo de mujer (Ryonusuke Akutagawa)


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