19 junio, 2008

Greene y James: un sueño


El 28 de abril de 1988 me encontraba viajando hacia Bogotá por un río bastante desagradable en compañía de Henry James. El barco zarpaba después de la medianoche y tuvimos que atravesar el muelle en la más completa oscuridad, acarreando nuestro equipaje de mano. De no ser por la determinación que mostraba el gran autor y mi admiración por su obra, no hubiera seguido adelante. Para peor, el vozarrón de un oficial, invisible en la oscuridad, no paraba de amenazar. Quienes intenten subir a bordo sin sus boletos serán multados en mil dólares. En medio del gentío que se agolpaba era imposible mostrarlos. No había donde sentarse, y a duras penas pudimos apretujarnos en un pasillo atestado de gente, sobre todo de mujeres, pero en ningún momento Henry James se quejó. En cierto punto del trayecto el barco se detuvo unos minutos para que bajaran algunos pasajeros y le insistí a James en que aprovecháramos la oportunidad para escapar. No quiso saber nada. Debemos seguir hasta el final. Por razones científicas, dijo.

(“Mi mundo propio”, el muy peculiar diario de sueños de Graham Greene en el que no cesa de encontrarse con toda clase de personajes históricos)