08 junio, 2008

El cíclope



El filósofo Flavio Filóstrato (aprox. 170-249), conocido por sus obras "Vidas de los sofistas" y por su biografía novelada de Apolonio, publicó también un libro singular: una serie de descripciones de cuadros (todos ellos perdidos con el tiempo) de la que proviene el texto siguiente. A tal punto fueron apreciadas estas descripciones que durante el Renacimiento y el Barroco algunos pintores intentaron recrear las obras que Filóstrato describía.


EL CÍCLOPE

Estos campesinos y vendimiadores que ves, chico, ni han sembrado ni han vendimiado, sino que la tierra por ella misma les da los frutos; hay ahí unos cíclopes quienes, según los poetas, no sé muy bien por qué, la tierra les da cuanto necesitan sin trabajarla. Se han convertido, pues, en pastores cuyos rebaños nutre la tierra y su leche es alimento y bebida para ellos mismos. No conocen la plaza pública ni las salas de justicia, ni siquiera las casas, sino que viven en las hendiduras de los montes.

Deja de lado a los demás y fíjate ahora en el que vive aquí, el más salvaje de todos, Polifemo, hijo de Poseidón: sobre su único ojo se dibuja una sola ceja, su labio superior enlaza con una nariz plana, se alimenta de seres humanos, como los feroces leones. Ahora, sin embargo, no está para tales festines, ni quisiera parece voraz y odioso: está enamorado de Galatea que juega en este mar que ves, y él la mira de lejos, desde la montaña.

Lleva aún la síringa bajo el brazo, inmóvil, y sale de su boca una canción pastoril que dice cuán blanca es Galatea, altiva y más dulce que la uva, y cómo él críapara ella cría cervatillos y osos. Ésa es la canción que le canta bajo una hiedra y mientras lo hace no sabe ni dónde están sus ovejas, ni cuántas son ni si hay pasto aún. Está representado con aspecto salvaje y terrible: menea sus cabellos lacios y espesos como agujas de pino, muestra dientes afilados en sus mandíbulas voraces; pecho, vientre y brazos hasta la uñas todo lleno de vello. Dice tener ternura en su mirada porque está enamorado, pero la verdad es que mira con expresión salvaje y también con la astucia de los animales sometidos por la necesidad.

En cambio ella retoza en el mar tranquilo, montada sobre un carro de delfines unidos bajo mismo yugo y mismos sentimientos, al que conducen las hijas de Tritón, doncellas de Galatea, gobernando el freno, no fuera que los delfines se pusieran fieros e hicieran algo desobedeciendo las riendas. Por encima de la cabeza, Galatea agita hacia el Céfiro un pañuelo color púrpura, que le hace sombra y que sirve de vela al carro, al tiempo que da brillo a su rostro y a su cabeza, pero no tan intenso como el color de sus mejillas; sin embargo sus cabellos no vuelan al viento porque están cargados de agua y se resisten a la brisa. Sobresale su codo derecho seguido de un antebrazo completamente blanco que se inclina hasta depositar los dedos sobre su hombro delicado, los brazos se mueven con blandura, los pechos son firmes y ni la rodilla está privada de donaire. El pie de Galatea está pintado con una gracia que conjunta perfectamente con el resto, muchacho: roza suavemente el agua del mar como si fuera el timón del carro. Los ojos son una maravilla: miran distantes como si abarcaran toda la amplitud del mar.


FILÓSTRATO, Descripciones de cuadros, traducción de Francesca Mestre, Madrid: Gredos, Biblioteca Clásica, 1996.