09 octubre, 2012

Entrevista en Puerto Rico



Entrevista de Ana Teresa Toro, publicada en "El nuevo día", de Puerto Rico.

Un hombre de 41 años y una joven de 14; él es argentino, ella, china. No busque romance, que no va a encontrarlo. Lo que sí existe es una de las sintonías más intensas que pueden existir entre dos seres, aquella que surge entre autor y creación, entre escritor y personaje, en fin, cosas de literatura.

Cuarenta y uno: esa es la edad que tenía el escritor argentino Eduardo Berti cuando comenzó a escribir la novela “El país imaginado”, que el pasado viernes le hizo merecedor de la segunda edición del Premio Las Américas, que se entrega cada año en el Festival de la Palabra que concluyó el domingo. El premio, dotado con $25,000 que otorga la Fundación Plaza Las Américas, fue otorgado por un jurado coordinado por el escritor mexicano Jorge Volpi y compuesto por los escritores Fernando Iwasaki (Perú, España), Jeanette Becerra (Puerto Rico), Alejandra Costamagna (Chile), Arturo Fontaine (ganador anterior, Chile) Guillermo Martínez (Argentina), José Ovejero (España), Claudia Amengual (Uruguay) y Carlos Wynter Melo (Panamá). Este es el segundo galardón que se le otorga a esta novela, que obtuvo el Premio Emecé de novela 2011 en Argentina.

La obra de Berti fue escogida de un grupo de siete novelas finalistas, entre las que figuraron: “El ruido de las cosas al caer” del colombiano Juan Gabriel Vásquez, “Formas de volver a casa” del chileno Alejandro Zambra; “Canción de tumba” del mexicano Julián Herbert; “Un sueño fugaz” del peruano Iván Thays; “El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia” del argentino Patricio Pron, y “Las ciudades de Lucía” de la boliviana radicada en Puerto Rico Beatriz Navia.

Amistad y tradición

Berti llegó a Puerto Rico desde España, en donde vive. Por primera vez, el jueves y el viernes conversamos con él, recién llegado. Su pinta es la de esas personas que siempre tienen la maleta lista, viajero de siempre y de a pie. Delgado, de ademanes sutiles y voz calmada como agua serena, apenas comenzaba a adaptarse al sol caribeño. Escribe para viajar y viaja para escribir. Y ese asunto le viene de siempre.

“No hubo un momento en que decidiera ser escritor, es algo que siempre estuvo ahí”, dice y nos cuenta de cómo siempre anduvo escribiendo: a los nueve años era una historieta que pasaba a sus compañeros de pupitre en pupitre; en la adolescencia fue una revista que hacía con sus amigos en fotocopias.

Con el tiempo, entró al periodismo como cosa natural y trabajó principalmente en las secciones de espectáculos y cultura. De esa época recuerda con cariño entrevistar a Mercedes Sosa, que se sabía el sabor exacto de té que a él le gustaba. “Eso habla mucho de una persona, de cómo se acuerda de la gente”, dice.

Luego, llegaron los viajes reales y ficticios. “Mi primera novela está ambientada en una ciudad imaginaria en Portugal, y la segunda, en Londres; cuando la escribí no había ido a Londres”, revela sobre esa tendencia suya a imaginar la realidad con libertad.

Y fue precisamente lo que hizo en “El país imaginado”, esta vez con China, adonde viajó por primera vez en el 2004, y una segunda vez luego de haber escrito la novela.

“Jugué a lo otro, a lo opuesto, a lo lejano. Quise ver lo que era narrar en primera persona ese opuesto; era una mujer, otra época, otra cultura, otra edad. Hay una idea medio antípoda en el libro”, describe.
A fin de cuentas, lo exótico no es más que eso: exótico, y lo universal, cómodamente lo atraviesa.

“Hay temas que no son nada exóticos, como la amistad, el amor, los hogares donde los padres imponen o quieren imponer voluntades, la necesidad y el esfuerzo de los hijos por construir su espacio. Mi primer reflejo no es escribir de mi entorno; me interesa ver cómo resuenan esas cosas de mi experiencia en un lugar distinto y lejano”, reflexiona acerca de los temas centrales en el relato, situado en la China de los años 40, y que cuenta la historia de Ling, una adolescente que poco a poco comienza a trazar su camino rebelándose contra la tradición.

“Fue un extraño momento en China previo a Mao y posterior a un momento imperial muy fuerte, un pequeño momento de república. Fue un espacio de libertad para tomar tradiciones y renovarlas”.
Otro punto de exploración fue el vínculo que puede nacer entre dos amigas a esa edad. “Es algo muy ambiguo; son vínculos intensos y no se sabe si hay un amor platónico o amistad, admiración y mucha complicidad”, dice.

Así como hurga en la amistad, lo hace –como explica– en un concepto tan complejo como la tradición, ahí: argentino al fin, el tango le sirve como el ejemplo perfecto para explicar dónde se sitúa.
“Hubo un momento en el que el tango pasó a ser parte de la cultura de los padres, de los valores tradicionales y de la gomina y la represión. El tango simplificado, claro, injustamente. Y llegó un momento en los noventa en que no había bandoneonistas en Buenos Aires y los jóvenes comenzaron a aprender a bailar tango y tocar el bandoneón; hubo un resurgir, una necesidad intrínseca de salvar eso renovándolo; ese es el punto de equilibrio ideal”.

Como el tango, su novela da cuenta una vez más de que cada generación se completa un poco, se reforma, quita, pone y añade; se imagina a sí misma.

Enlace original:
http://www.elnuevodia.com/eduardobertyyhabitarlaimaginacion-1359946.html