20 octubre, 2012

Una lectura de Mo Yan


Traducida hace poco al castellano, Rana cuenta la vida de Wan Xin: una ginecóloga y partera que se jacta de haber traído al mundo unos 10 mil niños. La historia es narrada por su sobrino, que desea convertirse en autor teatral, y tiene como destinatario a un profesor japonés de literatura en cuyas lecciones se reconoce la estética de Mo Yan : “No apresurarse, escribir con calma, igual que una rana cuando espera tranquilamente a los insectos”. La rana es también, en esta novela, símbolo de natalidad y procreación, juego de palabras (rana, muñeco y bebé se dicen wa en chino) e incluso leit-motif : ciertos personajes, ante una feliz noticia, se ponen “a croar como ranas”.

La acción empieza en los años 50 en la provincia de Shandong, en medio de una hambruna tal que los niños comen carbón. El hecho parece digno de ese realismo fabuloso que se le atribuye a Mo Yan, pero el autor (en su prólogo a otro libro: Shifu, harías cualquier cosa por divertirme) indica que es autobiográfico: “Cuanto más comía, mejor sabía esa cosa”. Uno sospecha que otros detalles de Rana que parecen fantasiosos también provienen de experiencias personales, como el niño que nunca vio un reloj y, tras ver el primero, resuelve pintarse uno en la muñeca.

Hija de un médico, la protagonista de Rana se enfrenta a los viejos métodos de las “abuelitas” comadronas hasta que llega el boom demográfico de los 60. Entonces, la tía partera, obedeciendo a los dictados del gobierno, colabora activamente con la nueva planificación familiar: pone anillos anticonceptivos y practica vasectomías a algunos hombres que intentan resistirse blandiendo un sable. «¿Por qué no puedo tener otro hijo», pregunta llorando una mujer. «Es la política nacional», le explican. ¿Cuál es el espacio para la voluntad individual en semejante sociedad? La tensión crece cuando la esposa del narrador queda embarazada por segunda vez; ella intenta ocultarlo, pero la descubren y la tía se pone firme: debe abortar por más que su gestación está avanzada. La novela concluye con la pieza teatral que el sobrino ha logrado escribir; en tal sentido, podría aventurarse que las prosas (las cartas al profesor japonés) “alumbraron” esta otra obra, que ocupa una quinta parte del libro. 

Rana retoma elementos típicos de Mo Yan: las penurias de las mujeres chinas (analizadas, sobre todo, en su novela Grandes pechos, amplias caderas), los profundos cambios que han sufrido los campesinos y aldeanos (Las baladas del ajo) , el narrador que busca “reunir material para una crónica familiar”, como en Sorgo rojo, acaso su obra maestra, y la tensión entre miedo y libertad. “El miedo es lo único que borra la idea de libertad”, escribe en Sorgo rojo.

La obra de Mo Yan abunda en supersticiones y tradiciones, en su mayoría rurales. Ciertas aldeanas creen que los bebés que nacen asomando una pierna traen mal augurio; un cocinero afirma que un piloto de avión “no puede tener ninguna cicatriz”  porque cuando alcanza alturas elevadas esta revienta y lo hace morir en el acto. En estas coloridas digresiones, Mo Yan parece vestirse de cuentacuentos. Pero no significa que sea cándido. En Sorgo rojo evoca que algunos municipios prohibían enterrar a niños muertos menores de 5 años y estos acababan a merced de los animales; en La república del vino, un investigador criminal se enfrenta a un posible caso de canibalismo y la novela abunda en sexo, comida, bebida e ingenio popular: un tramo de carretera se halla especialmente en mal estado porque, gracias a esos baches, los lugareños recogen los trozos de carbón que caen de los camiones al salir de las minas.

Ambientada en los años 30, en plena invasión japonesa, Sorgo rojo es más impresionista, de cronología rota y tono elevado, en notorio contraste con el salvajismo de varias escenas: un hombre desollado vivo y descuartizado, otro que muere al recibir un terrible golpe en el cráneo. “En momentos como éste, vivir y morir son la misma cosa”, dice un personaje. Otro prefiere: “Nuestras vidas con lo único que se interpone entre los japoneses y nuestra aldea” La violencia se disemina, se complica y todos pelean contra todos : japoneses, chinos colaboracionistas, diferentes facciones de resistentes que se roban entre sí las armas… Hasta hay una batalla entre perros y humanos. 

Sorgo rojo incluye escenas de antología: dos niños abandonados en un pozo cuando llegan las tropas enemigas o una bonita novia transportada en  “palanquín nupcial” hasta la casa del marido (rico y leproso) que le ha impuesto su padre. Los porteadores, aburridos, le piden a la “noviecita” que cuente algo. Como ella se niega a hablar, se ponen a sacudir el palanquín. La novia intenta no vomitar, pero es en vano. Avergonzada, asoma un pie y la visión deja embobados a los hombres. Metros después, la novia está espiando el sudor y los músculos de los porteadores cuando un asaltante intercepta el palanquín e intenta abusar de ella. Los porteadores matan al bandido y empieza a llover. “La lluvia dibujó un tatuaje sonoro sobre el palanquín”, leemos. La novia puede protegerse de la lluvia con una cortina. Pero no lo hace. “La abertura de la litera –escribe Mo Yan con su intensidad característica– le dejaba ver algo del mundo exterior en todo su caos y su turbulencia”.

Publicado originalmente en ADN:  http://www.lanacion.com.ar/1518461-una-obra-que-se-alimenta-de-la-supersticion-y-la-tradicion-rural