Agradezco mucho a Edmundo Paz Soldán, excelente escritor, la cuidadísima lectura de mi última novela. Su texto fue publicado en el diario La Tercera, de Chile, y también en el siempre muy recomendable blog de Paz Soldán en Boomerang (aquí):
Entre
las tantas cosas que les debemos a los modernistas se encuentra la
fascinación por el Oriente. El culto a las “japonerías” que aparece en
la obra de Rubén Darío o Juan José Tablada fue importado –como varias
otras marcas claves del modernismo— de Francia, que deliraba por el arte
asiático en la segunda mitad del siglo XIX. En las crónicas de sus
viajes por Sri Lanka (entonces Ceilán) o Vietnam, Enrique Gómez Carrillo
no sabía que iniciaba un largo romance de la literatura latinoamericana
con ese mundo que solemos ver como etéreo, fantasmal (“Los mismos
espíritus de los muertos, cuando vuelven a pasearse por la ciudad, se
detienen en las puertas de las fumerías [de opio] en cuanto perciben el
perfume de la buena droga”, escribió el guatemalteco hace un siglo).
El país imaginado
(Emecé/Impedimenta), del argentino Eduardo Berti, participa de esa
fascinación. Esta magnífica novela, reciente ganadora de la segunda
edición del premio Las Américas 2012, convierte ciertos tópicos sobre el
Oriente en puntos de partida para una indagación sobre la naturaleza de
las tradiciones y la forma en que el ser humano se enfrenta a ellas
para preservar su independencia. Hay serios riesgos en el uso de los
tópicos; es difícil eludir el “orientalismo” --la exotización de las
culturas orientales por parte de escritores y artistas de Occidente—
cuando se narran historias ambientadas en esos paisajes. Berti es
consciente del reto y lo asume: El país imaginado habla de una
exótica tradición china –casarse con los muertos-- de la manera más
realista posible, tratando de evitar prejuicios y estereotipos.
Inevitablemente, pese a las buenas intenciones, algo de ese
“orientalismo” se cuela en la narración.
El país imaginado,
ambientada en la China en un período comprendido más o menos entre 1930
y 1950, es la historia de Ling, una adolescente de catorce años
enamorada de Xiaomei, la hermosa mujer hija de un ciego. Ling es una
narradora elegante, delicada, con una voz tan suave como hipnótica, que
atiende al registro social –explica tradiciones chinas como jamás lo
haría una adolescente china— tanto como a las fabulaciones de su abuela
agonizante y a la sutileza de sus propias percepciones. Ella está, al
igual que su hermano, limitada por la tradición: sus padres quieren
casarlos con los hijos de un poderoso funcionario. La tensión de la
novela gira entre el deseo de libertad de Ling, sus tímidos espacios de
escape –suele ir al parque a pasear el mirlo de la abuela muerta, y se
encuentra allí con Xiaomei--, y el peso de los rituales y las
supersticiones de una China que todavía mira al pasado.
El
país que fabula Berti dialoga con el mundo gótico de Tim Burton, sobre
todo en las páginas dedicadas a una costumbre china de la época
–extraida por Berti de un libro “orientalista” de Henri Doré--, la de
los casamientos arreglados con muertos para lograr alianzas familiares
con claro beneficio económico; la tradición podía ser pintoresca, pero
tenía mucho sentido desde el punto de vista de la economía social china.
El “casamiento fantasma” del hermano de Ling, y sus repercusiones en
ella, son lo mejor de una novela llena de momentos superlativos: “Mi
hermano se disponía a casarse con una mujer que no envejecería. Lo
monstruoso de su boda era, acaso, este factor. El esposo envejecería, la
esposa no. ¿Algo análogo iría a ocurrir con la imagen que yo
conservaría de Xiaomei?”
El “país imaginado” remite a los sueños y también a la muerte y a la creación literaria. Berti dice no haber escrito una novela sobre
China, pero lo cierto es que ha escrito una novela sobre una China que
nos concierte mucho, la de la imaginación, a la que retornamos con los
interrogantes de siempre. Aun en clave realista, el Oriente sigue siendo
etéreo, fantasmal.

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