10 octubre, 2011

Las víctimas de la revolución

Ermanno CAVAZZONI

Un soldado, durante el segundo año de la república, durante la Revolución francesa, propuso al comité de salud pública un cañón de efectos terribles inventado por él.

Se preparaba para un cierto día la prueba, en Meudon; pero Robespierre le escribió al inventor una carta tan llena de elogios que a su lectura éste se quedó duro como la piedra. Hubo que mandarlo al manicomio en estado de completo idiotismo y del cañón no volvió a saberse nada.

Esto se lee en el tratado de Felipe Pinel, que cuenta también cómo durante la misma Revolución había a menudo melancólicos que creían tener la cabeza llena de una materia muy pesada, y otros totalmente vacía y seca como una nuez. Un melancólico creía en cambio que un terrible déspota le había cortado la cabeza. Pero para convencerlo de que eso no era verdad, su médico le hizo un gorrito de plomo y le ordenó que lo llevara durante toda la Revolución, para que el peso tremendo le demostrara que siempre tenía la cabeza entre los hombros.

Esta cuestión de tener la cabeza creaba en aquellos tiempos muchas suposiciones. También un relojero, muy estimado en París, creía que la cabeza ya le había sido cortada y que había andado por ahí rodando después del patíbulo junto con muchas otras más; y creía que los jueces, arrepentidos por sus sentencias, habían ordenado recoger las cabezas y volver a pegar cada una a su respectivo cuerpo. Pero por un error a él le habían puesto la cabeza de otro. Esta idea lo molestaba:

–Mire mis dientes –repetía–, los tenía tan lindos y ahora están todos cariados; miren la boca, yo la tenía sana y ahora está toda infectada y asquerosa.

A veces este relojero bailaba y cantaba en su negocio como si tuviera desenroscado el cuello; a veces se enfurecía solo y golpeaba la frente contra cualquier cosa, para romperla. Daba vueltas por París en busca de su cabeza original y corría a todas las ejecuciones a buscar en el cesto donde se amontonaban las cabezas para ver si encontraba la suya.

Un día se encontró con un colega y hablaron del famoso milagro de San Dionigio, que caminaba con la cabeza en la mano y la besaba. El relojero sostenía con ardor que esto era posible, que no se trataba de un milagro, y se ponía a sí mismo como ejemplo. A lo que el otro estallaba con una risotada:

–Pero verdaderamente eres un descerebrado –le decía–, ¿cómo podía San Dionigio besar su propia cabeza? ¿con la punta de los zapatos?

Esta réplica inesperada desconcierta mucho al relojero, que se retira confundido en medio de burlas y risas. Nunca más volvió a hablar de la sustitución de la cabeza; se dedicó a su profesión con el mayor escrúpulo, pero prefirió no volver a abrir la boca para nada.

Esto lo cuenta siempre Pinel, para demostrar cómo la lógica a veces es una buena cura para la idiotez.


Texto de Ermanno Cavazzoni, quien fue invitado al último festival Filba de Buenos Aires.

El texto pertenece a Vidas breves de idiotas, casos reales de "santos idiotas" que el autor recogió investigando en el hospital mental Reggio Emilia y charlando con sus pacientes. La traducción es de Guillermo Piro y el texto fue originalmente publicado en el blog de Eterna Cadencia (http://blog.eternacadencia.com.ar/?p=9973#more-9973).

El más reciente número del suplemento Ñ, del diario argentino Clarín, trae una jugosa entrevista a Cavazzoni y de allí está tomada la fotografía: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/Ermanno_Cavazzoni_0_568143414.html