11 noviembre, 2007

Natsume Sôseki

Por Eduardo Berti

Tras la edición en la Argentina de algunos textos centrales de las letras japonesas (El libro de la almohada, de Sei Shonagon, o Cerezos en tinieblas, de Iguchi Ichiyo), tras la exhaustiva recuperación de la obra del premio Nobel 1968, Yasunari Kawabata, parece llegarle ahora el merecido turno a Natsume Sôseki, padre de la literatura japonesa del siglo XX.


La vida de Sôseki (1867-1916) coincidió con el período Meiji que, de 1868 a 1912, marcó la caída del régimen despótico en el Japón y la definitiva modernización del país. Nacido en la ciudad de Edo (un año más tarde rebautizada Tokio), Sôseki estudió de 1900 a 1902 en Londres y, de regreso, se volcó por un tiempo a la docencia, en Matsuyama y en la Universidad de Tokio donde sucedió a Lafcadio Hearn en la cátedra de literatura inglesa. Esa actividad inspiró una de sus novelas más populares (Botchan), pero su mayor éxito en vida lo obtuvo en 1905 con Yo, el gato (existe traducción al español), novela satírica narrada a través de los ojos del gato de un profesor de inglés.

Aunque estas novelas estaban dotadas de vitalidad, Sôseki fue tendiendo con los años a libros más rememorativos o meditativos. No hay que pensar en una obra de la vejez (vivió apenas 49 años), sino acaso, como se ha insinuado, en una personalidad depresiva. En su magnífico Garasudo no uchi, suerte de testamento escrito en 1915, Sôseki consignó el episodio más traumático de su vida: cuando supo quiénes eran sus verdaderos padres. Como él era “lo que se llama un último retoño” y como a su madre “le daba vergüenza haber quedado embarazada a su edad”, pasó un tiempo al cuidado de una nodriza y luego fue dado a una familia adoptiva, un matrimonio pobre que vivía de la venta de muebles viejos. Un día, su hermana pasó por el negocio de éstos, lo raptó y lo llevó de regreso a su hogar. “No sé cuánto tiempo viví convencido de que mis padres eran mis abuelos. Hasta que una noche ocurrió algo curioso. Mientras dormía a solas en el salón, oí que una voz susurraba mi nombre. (…) Era la empleada doméstica de casa. En medio de la penumbra, murmuraba: ‘Los que tomas por tus abuelos son, en verdad, tus verdaderos padres’“.

Kusamakura (“Almohada de hierbas”), publicado originalmente en 1906 y ahora traducido por Amalia Sato, se vincula con la segunda etapa de Sôseki, lo mismo que el libro donde apuntó sus sueños o los Pequeños cuentos de primavera (1909), hechos de minúsculos detalles. “Según el autor era una novela haiku –una novela con un propósito ante todo estético-, modalidad en la que no volvió a incursionar”, explica Sato en un prólogo que descibre con justeza esta novela: “El protagonista se mantiene inmóvil mientras los acontecimientos se van sucediendo alrededor, con una oscilación entre el ejercicio del comentario artístico y la historia de misterio”. El protagonista, un pintor de inclinaciones poéticas que anhela “apartarse del mundo”, viaja a un recóndito pueblo donde hay aguas termales. Si se compara con Mont Oriol, de Maupassant, novela donde el descubrimiento de un manantial de aguas termales permite la pintura de una multitud de personajes, en este caso la atmósfera dista de toda mundanidad. Al contrario, el personaje femenino que cautiva al narrador es casi fantasmal. Y los tramos reflexivos, los recuerdos o las digresiones líricas son tan importantes como la delgada trama.

A diferencia de tantos escritores que posan de pensadores, Sôseki lo es de forma genuina, sin que ello lo debilite como narrador. Abundan aquí las ideas estéticas (“un artista es una persona que vive en el triángulo que queda luego de que el ángulo que denominamos sentido común ha sido retirado de este mundo con cuatro esquinas”) , pero también las opiniones sobre la ceremonia del té (“revoltijo de reglas triviales”) o sobre los ferrocarriles, entendidos como el símbolo del siglo XX y de “los peligros que abundan en la moderna civilización”. La primera frase de Kusamakura es significativa: “Mientras subía el sendero de montaña, me puse a pensar”; es decir, acción y pensamiento por partes iguales. Algo análogo se detecta si se toman, a grandes rasgos, los capítulos iniciales. El primero abre con siete párrafos netamente reflexivos, a los que siguen siete párrafos narrativos, tres reflexivos, uno narrativo y cinco reflexivos. En el segundo capítulo hay cinco poemas intercalados. El autor no sólo logra este equilibrio con lirismo y profundidad, sino que, en más de un pasaje, parece aludir de manera autoconciente a su procedimiento. De este modo, al menos, pueden leer las menciones al Tristram Shandy de Sterne (novela a la que Sôseki le consagrara un largo ensayo) o, más aún, las teorías de la lectura del narrador que, en vez de leer “desde el principio hasta el fin”, escoje al azar algunas partes, despreciando el argumento.

Hablando de la escultura en la antigua Grecia, Sôseki afirma, por medio de su narrador, que su ideal podía resumirse como una especie de energía en reposo. “¿Movimiento o reposo? Esta pregunta candente domina el destino de los artistas”, puede leerse. Movimiento o reposo es, precisamente, una de las tensiones fundamentales de este libro que, entre novela (movimiento) y haiku (estampa quieta), indaga la fugacidad de las cosas, hace del viaje una metáfora de la búsqueda y medita sobre la imposibilidad o los riesgos de escapar de la realidad.~

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