08 noviembre, 2007

La hora del té


Por Eduardo Berti

Hay casos de encuentros entre hombres notables que, aun siendo decepcionantes, resultan útiles a los historiadores llegado el turno de delimitar etapas. Algo por el estilo ocurrió el 1° de noviembre de 1878 cuando Henry James fue a visitar a George Eliot, una autora que admiraba públicamente, aunque no por las mismas causas que su contemporáneo Thomas Hardy, más conservador y provincial en sus razones, si caben estos términos.

La escritora acababa de dar a conocer Daniel Deronda, su última novela, y vivía en Witley con George Henry Lewes, consejero literario y amante. James ya se había entrevistado con ella en 1869, en su primera visita a Gran Bretaña; ahora tenía 35 años, se había instalado desde 1876 en Londres y había cifrado grandes expectativas en esta segunda cita, según puede leerse en sus memorias The Middle Years.

El encuentro, no obstante, estuvo lejos de lo que James aguardaba: el té nunca fue servido, Eliot aceptó con aire distraído los dos tomos dedicados de The Europeans y, a punto de despedirlo, Lewes le dio para que leyera en el viaje de retorno, quién sabe si a propósito o por accidente, dos libros que resultaron ser los mismos tomos de The Europeans.

Existe, a decir verdad, otra versión algo cambiada y menos agradable del episodio; en ella, Lewes se limita a devolver los libros murmurando casi molesto: "Lléveselos, por favor, lléveselos". Como sea, en su historia de la novela británica Malcolm Bradbury postuló una explicación para la amarga escena: dice que Lewes estaba muy enfermo y que moriría a las pocas semanas; dice que la propia Eliot también se hallaba cerca de su muerte, que simbólicamente marcó el fin de la novela victoriana.

En cuanto a James, el año siguiente publicó The Portrait of a Lady y tal vez, como aventuró Bradbury, "no sea accidental que esa novela abra con una famosa referencia a la hora del té".~

2 comentarios:

Flor dijo...

Edu:

Hace un par de meses que estoy leyendo Retrato de una dama. Esas 525 páginas marcaron mi regreso a la lectura por placer después de un tiempo desierto. Empecé leyendo de a 4 páginas y hoy me faltan 160. A pesar de que me enoja mucho (pero mucho) la decisión que tomó Isabel (no pude evitar sentirme identificada con ella), la heroína, el libro me atrapó por completo. Aunque no lo terminé, puedo aventurar que se va a convertir en uno de mis preferidos. Y todo empezó como un juego. Yo quería tener al menos uno de los libros de la colección de RBA y Tito cayó con el más largo de la colección: yo le había pedido a Austen o a Hawthorne y me trajo a James.
El té es importantísimo en toda la trama, de hecho Pansy, la hija de Osmond sirve el té en las reuniones de sus padres. (Y la tarde del primer encuentro con Isabel, le pregunta a la detestable Merle si puede servir el té a sus invitados). Todavía no estoy segura de los que el té y su ceremonia simboliza en la novela, pero espero encontrarlo. Quizás puedas recomendarme algún texto analítico sobre la novela (si es que lo hay). Yo no quiero ver nada hasta que no termine.
Más allá de las cosas obvias (la dicotomía entre la mentalidad estadounidense y la británica, por ejemplo), otra de las cosas que me parece increíble en la novela es ese desglose (con críticas incluidas) que James hace del periodismo.

Edgardo dijo...

Gracias, Eduardo, por exhumar este episodio. Le gustaba mucho contarlo a Bioy Casares, quien implícitamente adhería a la versión de los libros devueltos por distracción o desinterés por cualquier nueva adición a los estantes de la casa. Pero nunca dejaba de comentar, con particular mala leche, "Ah, si uno tuviera el coraje de hacer lo mismo con todos los que recibe..."