11 agosto, 2012

El inventor de objetos imposibles

Jacques Carelman, el creador de "objetos inhallables" fallecido meses atrás en su casa de Argenteuil (suburbio al noroeste de París), tenía 27 años cuando en 1956 se instaló en la capital francesa como dentista -su primera profesión- y contó entre sus pacientes a un boquiabierto Tristan Tzara. Multicoleccionista nato, Carelman pronto empezó a coleccionar oficios: fue trompetista de jazz, crítico musical, ilustrador, escenógrafo teatral, escultor, pintor, creador de juegos infantiles para plazas y parques públicos e incluso, según se cuenta, autor anónimo de unos de los afiches más famosos de Mayo del 68. Pero, ante todo, Carelman -que firmaba tan sólo con su apellido- fue el autor de un memorable Catálogo de objetos imposibles y uno de los miembros fundamentales del OuPeinPo: taller de "pintura potencial" vinculado al OuLiPo (taller de literatura potencial) de Raymond Queneau, Georges Perec e Italo Calvino, entre otros.

A Carelman le gustaba decir que había nacido en Marsella en febrero de 1929, el mismo día del crack financiero de Wall Street. El escritor Marcel Bénabou, otro miembro destacado del OuLiPo, dice que en realidad nació el primero de noviembre, "aniversario de la muerte de Alfred Jarry": dato más que singular ya que Carelman llegó a ser miembro del Colegio de Patafísica.

Fue nada menos que Boris Vian quien le encargó a Carelman su primer trabajo profesional como ilustrador: la tapa de un disco de jazz para una colección que editaba el sello Philips. Con los años, llegó a ilustrar Las mil y una noches y los Ejercicios de estilo , de Queneau. En este último caso, tomó la idea del autor (contar de varias maneras un mismo hecho) y ofreció una serie de variantes visuales.

En 1969 ideó y publicó una parodia al entonces exitoso catálogo de venta por correo "Manufrance" (Manufacture Française d'Armes et Cycles de St. Etienne). El catálogo de Carelman contenía cientos de objetos falsamente cotidianos, divididos en cinco secciones: "El trabajo" (herramientas, objetos de escritorio, artículos escolares), "La casa" (mobiliario, aseo, higiene), "El tiempo libre" (deportes, bicicletas, caza, pesca, juguetes, pintura, música), "El hombre, la mujer, el niño y el animal" (ropa, artículos para bebés) y "Varios" (televisión, óptica, relojería).


 
El católogo ofrecía "objetos liberados de las imposiciones de la utilidad", como dijera René Clair. Objetos insólitos y absurdos como, por ejemplo, la bicicleta para escaleras (con ruedas cuadradas), el "aparato para poner los puntos sobre las íes", las "zapatillas para hacer la limpieza" (provistas de un cepillo y de una pala para barrer sin agacharse), el "puzle de dos piezas (ideal para principiantes)", los anteojos-reloj que indican la hora en sus cristales para que nadie nos detenga y nos pregunte "qué hora es", el "crucifijo de viaje" (con "brazos plegables" e "ideal para peregrinos") o la máquina de lavar-televisor. Muchos de ellos acompañados de leyendas seudo-publicitarias: "Señoras: cuando laven la ropa, no se queden todo el tiempo viendo cómo gira la lavadora; con esta TV incorporada, lavar la ropa es un placer".
 


Carelman no fue, desde luego, el primer autor de objetos curiosos o inútiles. En Gramática de la fantasía , Gianni Rodari refiere cierta "invención burlesca" de Leonardo da Vinci: un "amortiguador para frenar la caída de un hombre desde lo alto". En una ilustración del mismo Leonardo puede verse cómo un hombre cae estrepitosamente pero es "frenado por un sistema de cuñas conectadas entre sí y, en el punto final de la caída, por un fardo de lana cuya resistencia al choque es controlada y medida por una última cuña". Acaso haya que atribuir a Leonardo, escribe Rodari, "la invención de las máquinas inútiles, construidas por puro juego, para realizar una fantasía, diseñadas con una sonrisa".

Mucho más cerca en el tiempo, un compatriota de Carelman (discípulo de Alphonse Allais y amigo, también, de Raymond Queneau) acuñó una serie de invenciones asombrosas: el boomerang que no vuelve para impedir accidentes, el jabón lleno de clavos -como un erizo- para evitar que resbale, el automóvil cuyas luces delanteras proyectan una película en la ruta, las estatuas intercambiables con cabeza e inscripción móvil o el agujero fosforescente para que los borrachos emboquen la llave en la cerradura.

Se trató de Gaston de Pawlowski (1874-1933), un excéntrico que a partir de 1903 y durante varios años publicó en diversos periódicos y revistas de Francia ( Le Journal , L'Écho des Boulevards , Le Volant ) una columna consagrada a presentar y comentar inventos imaginarios, hasta que al fin reagrupó sus mejores ideas en un libro que se editó en 1916: Inventions nouvelles et dernières inventions . Lo mismo que Carelman, la lógica de casi todos sus inventos conduce a que, por remediar algún problema u ofrecer cierta ventaja, el objeto pierda su razón de ser: es el caso del metro de bolsillo (que mide apenas diez centímetros) o de ciertos zapatos que vienen con un agujero en la suela para que el agua que se mete dentro de ellos cuando llueve pueda escurrirse con mayor facilidad...


La bicicleta para escaleras y sus ruedas cuadradas. 


Más de un crítico ha visto en Pawlowski a uno de los grandes precursores de Carelman, cuyo catálogo traía una serie de citas literarias donde pueden rastrearse otras influencias: desde André Breton y Benjamin Péret o las ocurrencias de Georg Christoph Lichtenberg (por ejemplo, su inexistente "cuchillo sin hoja, que ha perdido el mango") hasta los falsos "avisos clasificados" del humorista Pierre Dac: "Vendo lote de coladores sin agujeros, que pueden servir de cacerolas".

También se suele establecer un vínculo entre Carelman y el sueco Oscar Reutersvärd, pionero de "figuras imposibles" como el "triángulo de Penrose". Sin embargo, la diferencia primordial con Reutersvärd y Pawlowski es que mientras el primero diseñaba objetos que parecían sólidos pero no podían ser luego construidos (al mejor estilo Escher), y mientras el segundo no pasó de la escritura (no llegó a diseñar ni a construir sus inventos absurdos), Carelman, estimulado por el éxito de su catálogo -que llegó a traducirse a quince idiomas- y por la gente del Museo de Artes Decorativas de París, se puso a forjar objetos tridimensionales. De esta manera, nació una fabulosa exposición itinerante que, tras su debut en 1972, en un pabellón del Museo del Louvre, llegó a reunir unos 200 objetos y fue visitada por casi tres millones de personas en ciudades como Buenos Aires, Tokio, Barcelona, Nueva York, Jerusalén o Hamburgo.

Una de las escalas más significativas de la muestra itinerante fue, de acuerdo con su colega del OuPeinPo y amigo Thieri Foulc, la que se celebró en el marco de un centro comercial. "Allí se exhibió su cafetera para masoquistas (asa y pico del mismo lado) junto a su aparato para cerrar latas de conserva, sus herramientas prehistóricas de sílex tallado junto a su mesa de ping-pong ondulado, todo ello sin que el público manifestara el menor asombro", recuerda Foulc, para añadir que, entre los objetos imposibles realizados por Carelman, "algunos fueron comercializados por pequeños plagiarios, como el tenedor con manubrio giratorio para enrollar espaguetis, que un fabricante japonés acabó vendiendo como un práctico utensilio".

Según el propio Carelman, sus invenciones ejercían "una crítica sobre la sociedad de consumo" y su propósito era "desacralizar la veneración al objeto que hay en nuestro tiempo". Con los años, llegó a construir objetos imaginarios que figuran en diversas obras literarias: la "máquina de escribir en la piel" de "La colonia penitenciaria" de Kafka, la máquina para inspirar amor que Alfred Jarry presenta en su novela Le Surmâle y diversas invenciones que aparecen en Locus Solus , de Raymond Roussel.

Carelman deseaba coleccionar muchos años y se había propuesto morir a la edad de 95. Le faltó poco más de una década. Lo enterraron el pasado 10 de abril, bajo la lluvia, al lado de su esposa, en el cementerio parisino de Bagneux. Le sobreviven, entre otras cosas, una impresionante colección de juguetes, un sinnúmero de objetos en espiral y una galería de "famosos desconocidos" hecha de tarjetas personales o profesionales donde puede leerse, por ejemplo, "Viajes Michaux" o "Florería Flaubert"

(Publicado originalmente en ADN/La Nación: http://www.lanacion.com.ar/1492781-el-inventor-de-objetos-imposibles)


1 comentario:

Haidé Daiban dijo...

La historiam de Carelman la conozco por el diario La Nación (Bs.As.), y a EDUARDO BERTItambién. Me impresionó el tema de su libro"LA mujer de Wakefield", porque ese era mi tema para escribir un cuento. Me preguntaba qué hacía esa mujer mientras su marido estuvo ausente dos décadas.Y Berti se adelantó.Quisiera contactarme con Berti, si es posible.
Haidé Daiban, escritora ,poeta, letrista.Y farmacéutica.