03 mayo, 2012

Ver leer

Viajo bastante en el subte de Madrid, ciudad en la que vivo desde hace unos tres años, y en estos últimos meses (consecuencia, supongo, de los regalos de Navidad y Reyes) he notado que, de cada tres viajes que hago, al menos en uno me topo con alguien que lee un Kindle o algo parecido. No busco hacer estadísticas a partir de mi experiencia, atada a horarios y recorridos puntuales, pero sí puedo decir que ayer, mientras viajaba en la línea 5 con una lectora de Papyre sentada a mi derecha, me había puesto a cavilar cómo cambian nuestros hábitos de lectura y la percepción del acto de lectura ajeno, cuando la anciana que viajaba a mi izquierda, absorta en su revista con monstruosas fotos de la duquesa de Alba, bajó en la estación Diego de León y (lo juro sobre una Biblia, pero que sea de papel) en su reemplazo se sentó una mujer con un ebook Sony, de modo que, por primera vez en mi vida (aunque, sospecho, no la última), me vi entre dos lectoras electrónicas.



No estoy en contra de las novedades ni de los cambios porque, entre varias razones, nos conceden la eterna juventud de las primeras veces. En cuanto a los promocionados libros electrónicos, me inspiran curiosidad. Me agrada la invención de una pantalla que, en teoría, es menos dañina para los ojos que la de las computadoras habituales. Los libros electrónicos me parecen prácticos cuando una mudanza equivale a mover cientos de volúmenes o, por ejemplo, cuando necesitamos consultar de la noche a la mañana cierto libro que no se consigue en nuestra ciudad y no podemos esperar a que el correo nos lo traiga. También pienso que se prestan muy bien para el material de consulta (diccionarios, enciclopedias), pero, la verdad sea dicha, a la hora de leer una novela, un poema o un relato sigo prefiriendo llevar a la cama o al sillón un buen libro de papel. Al mismo tiempo, me preocupa que debido a los formatos digitales los libros se pirateen con la impunidad con que hoy se descarga música, sin hablar de que los músicos compensan el perjuicio (al menos en forma parcial) con conciertos o derechos de reproducción en radio o en TV, por ejemplo, mientras que los escritores no tenemos alternativas: sólo cobramos regalías por cada libro vendido y cuando nos invitan a lecturas públicas (en una librería o en una biblioteca) con suerte nos dan las gracias, salvo en contados países como Alemania donde estas lecturas son pagas.


Mucho antes de los ebooks, el escritor Julien Gracq observó en su ensayo Leyendo escribiendo (1980) que "los últimos quince años, que no parece deban contar tanto en la historia de nuestra literatura, han aportado más cambios en la industria de la edición y en el comercio del libro que los que se conocían desde Gutenberg". Todo permite suponer, siguiendo este razonamiento de Gracq, que los lectores (sobre todo las lectoras) de los subterráneos del mundo han cambiado de envase mucho más que de contenido. Pero no estoy seguro de ello. Y si mi humilde estudio estadístico del tema flaquea al llegar a este punto no es casual: puedo hacer con facilidad un censo de los colores, las marcas y los formatos de los llamados "ereaders", pero soy incapaz de decir qué autores y qué títulos se están leyendo puesto que esa información ha pasado a ser invisible. Hay algo en este fenómeno que podría compararse con la ya antigua irrupción del walkman , cuando la música se volvió un secreto al oído. Sin embargo, en el caso de la música, había (y sigue habiendo) filtraciones de malos auriculares y volúmenes elevados y no hacía falta, como pasa con los ebooks, una actitud excesivamente indiscreta para saber, como mínimo, si nuestra vecina de asiento está leyendo un ensayo, una novela, una revista o un material de trabajo.

Tuve dos tías que eran maestras de literatura en Buenos Aires. Una de ellas cometía el "desliz" de leer, de tanto en tanto, algún libro impropio para su rango. Recuerdo cuando quiso leer una comentada biografía de Carlos Monzón (entonces en la cumbre de su fama) y, como nadie debía verla con "eso", decidió forrar la cubierta para ocultar el delito. Hay otra gente que procede como mi tía, pero dista de ser legión; para los que amamos los libros, por lo tanto, estar en un transporte público, en una sala de espera o en un café suele ser un termómetro de lo que "se está leyendo". No sólo detectamos títulos y autores, sino que al ver a alguien con una obra que leímos nos tienta, por ejemplo, evaluar si ha alcanzado ya esa escena que nuestra memoria atesora tal vez algo trastocada. Los ebooks, lamentablemente, borran huellas y experiencias por el estilo. Cada página se ve igual a la otra, como el libro de mármol de alguna estatua.

Ver leer es, desde siglos, un espectáculo tan informativo como sensual. Uno de mis cuadros predilectos en el Museo de Orsay, de París, es La lectora , de Fantin-Latour, eslabón de toda una cadena de obras que presentan a una mujer con un libro: desde Renoir o Monet hasta Picasso o Balthus, desde la "lectora sumisa" hasta la "lectora distraída" de Matisse. Acerca de La lectora sumisa de Magritte, César Aira escribió hace poco un comentario en el que recuerda cierta inspirada idea de Marcel Duchamp: que el título es "un color más" del cuadro (más en el caso de pintores como Magritte o De Chirico, excelentes tituladores). Se me ocurre, a partir de esto, que la pérdida del dato del título del libro que lee nuestra vecina en el subte o en el bus, en el tren o en el avión es, con permiso de Duchamp, "un color menos". ¿Ya no podremos decir, como antes, "era alta, pálida, rubia y estaba leyendo a Stendhal?" ¿Qué diremos? "¿Era morena, de ojos verdes y tenía un ebook marca Samsung?"

Originalmente publicado en ADN Cultura (La Nación, Argentina) el viernes pasado:
http://www.lanacion.com.ar/1467780-ver-leer

2 comentarios:

rubén dijo...

Lectora distraida no es de Matisse?

Eduardo Berti dijo...

Sí, Rubén. Error mío!
Ya lo corregí, muchas gracias.