22 mayo, 2012

Proyecto Escritorio


 Foto de JOSE MARIA PEREZ ZUÑIGA, publicada en "Proyecto Escritorio"


"Reúno imágenes y reflexiones a propósito de los espacios de escritura de autores contemporáneos en lengua española. Narradores, poetas y ensayistas participan en el proyecto con un texto breve y una fotografía", define Jesús Ortega el concepto de su blog Proyecto Escritorio.
 
 "¿Cómo se articulan las relaciones entre disposición mental y espacio físico? ¿Cómo se distribuyen los elementos del taller? ¿Qué importancia se otorga al paisaje? Posturas, rituales, fetiches, orden o caos, ruido o silencio, penumbra o luz. Estímulos y dificultades. Intimidad y cocina. Una aproximación a las condiciones materiales y espirituales necesarias para la escritura".

Ya han pasado por allí (que equivale a decir por aquí: proyectoescritoriojesusortega.blogspot.com.es) y han intentado dar respuesta a esas preguntas escritores tan variados como Ángel Olgoso, Andrés Neuman, José Ovejero o Juan Gabriel Vásquez.

Como muestra, el texto de Raúl Brasca:

Hago mil cosas además de escribir, cosas que nada tienen que ver con la literatura. Soy ingeniero, trabajo en una fábrica de tintas, he pasado los años creando fórmulas, ajustando colores, dando clases y soltando mi imaginación frente a una hoja de papel. De todo podría prescindir, menos de la escritura. Pero no es fácil pasar de los negocios de este mundo al mundo de la creación que, por fortuna, es otro. Por eso mis espacios de escritura tienen algo de guarida y también de nido, son el resguardo de la intemperie cotidiana propicios a la recuperación de la belleza en la que alguna vez viví por entero, a la reflexión lenta y rigurosa, a la liberación de un loco interno sumamente frágil que me cuido muy bien de soltar cuando soy el otro. La primera condición es la soledad: mi estudio pequeño en perpetuo desorden, forrado de bibliotecas atiborradas, el ordenador en el centro y una ventana que da al tejado y, mucho más allá, al río que no se ve pero sé que está allí. También los cafés, unas veces tranquilos y otras ruidosos. En ambos es posible la íntima soledad. Si son ruidosos, el ruido debe ser mucho e indiferenciado y tienen que contar con un televisor que no se oiga. Pido un café y lo bebo despacio mientras sigo en la pantalla los movimientos y los gestos de los personajes, me distraigo tratando de adivinar la historia y juego a inventarles las palabras. Así, poco a poco, el otro se aleja y surge el que escribe. Una palabra llama a otra y, si tengo suerte, alguna de ellas me provoca o alude a algo remoto que me impresionó mucho sin que en el momento me diera cuenta. Entonces se produce la idea de una microficción, cambio la pantalla por la hoja de papel, tomo la lapicera y comienza la ceremonia.