29 mayo, 2012

La voz lectora




Desde la primera vez que me leyeron, y desde que empecé a leer por mí misma, jamás ha existido un solo renglón que no haya oído. A medida que recorría la frase con los ojos, una voz me la susurraba en silencio. No la voz de mi madre, ni la de ninguna persona que pueda reconocer, y desde luego no la mía propia: es una voz humana pero interior que, de hecho, me suena por dentro. Yo la identifico con la voz del relato o del poema mismo. La cadencia –te pida lo que te pida que confíes–, el sentimiento que reside en la palabra impresa, me alcanza mediante esa voz lectora.

He supuesto, si bien jamás llegué a averiguarlo de un modo consciente, que tal es el caso de todos los lectores –leer como quien escucha– y de todos los escritores, escribir como quien escucha. Puede que forme parte del deseo de escribir. El sonido de lo que se posa sobre la página inicia el proceso por el cual se comprueba su verdad. Desconozco si yerro al confiar en esta certeza; a estas alturas no sé si podría dedicarme a leer sin escribir, o a escribir sin leer.

Cuando trabajo en un relato escucho mis propia palabras a medida que aparecen, imitando esa voz que oigo al leer mis libros. Cuando escribo y el sonido de lo escrito me es devuelto a los oídos, me dispongo a afrontar los cambios y retoques precisos. Siempre he confiado en esa voz.

Eudora Welty, La palabra heredada (Impedimenta, traducción de Miguel Martínez-Lage)