Flores blancas llovieron sobre Buenos Aires la noche en que nació Juan Arias. Las vieron muchos, las olieron menos. Que fuera porque él nacía, quién pudo saberlo. Ni su madre, que no las vio, aparte de morir en seguida.
Alguien en un departamento solitario las pudo ver bajando por la noche. Se dijo ¿quién nace? o ¿quién muere? Nada más.
En la vejez le dieron el trabajo que juzgó más apropiado a su persona: ubicar autos en la Diagonal. Lo hacía con cuidado, como todo.
Murió allí, una noche. Suavemente, a pesar de la lluvia.
Sara Gallardo, El país del humo (cuentos y microcuentos), Alción Editora.

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