24 junio, 2011

Envidia

Stephen DIXON


Por Martín Schifino

Hace unas semanas me comprometí a traducir un libro de cuentos de Stephen Dixon para la editorial La compañía, dirigida por el escritor argentino Eduardo Berti. Berti vive ahora en Madrid, y los exquisitos libros de su editorial, en su mayoría obras traducidas, se distribuyen en España, Colombia, México y Argentina. De ahí que el otro día, preocupado, me haya escrito: «Habrá que ver qué hacemos con el registro tan coloquial de algunos cuentos… Cómo lograr un efecto coloquial sin que sea excesivamente argentino». Antes de empezar el trabajo, empezaron los dolores de cabeza. Pero lo que se reavivó ante todo fue mi envidia.

Envidia, para decirlo con todas las letras, de los traductores españoles. Ya quisiera uno ser como Marcelo Cohen, el escritor argentino que supo volverse, según lo llamaron algunos críticos, un traductor «españolísimo» (yo lo llamaría uno de los grandes traductores de nuestra lengua). Pero intentarlo supondría una aventura lingüístico-existencial bastante extrema: emigrar, hablar lo menos posible con argentinos, casarme o convivir con una española y ver cantidades ingentes de TVE. Algo parecido hice en la década del 2000 con el objetivo de perfeccionar mi inglés y doy fe que da resultado. Por desgracia, uno ya no está para esos trotes.

Así que habrá que asumir complejos. No es que envidie, aclaro, una variedad más pura de lengua, o una prosodia más dúctil, esencias en las que no creo. Lo que envidio es la posibilidad que tienen los españoles de traducir al idioma que hablan. Si en inglés dice you pondrán «tú». No dudarán un momento, estoy seguro, en usar el pretérito perfecto ni el futuro simple. Tampoco se preguntarán por las posibles traducciones de un objeto tan cotidiano como un fridge: «nevera», obvio. De haber coloquialismos en el original, pues venga, tío, que echarán mano de alguna expresión española y ya. La pobre parodia de la oración precedente es un indicador de lo difícil que es escribir con naturalidad en una variedad lingüística distinta de la propia. Pero eso es justamente lo que nos piden los editores a los traductores argentinos y latinoamericanos, porque a su vez lo pide el mercado.

Traduciendo para otra editorial con distribución en Latinoamérica y España, me encontré con un personaje que, en efecto, dejaba la ensalada in the fridge. La ensalada ¿en…? Las directivas de la editorial era escribir un español «sin americanismos, más bien neutro, tirando a colombiano». ¡Ja! El término «heladera», que empleo a diario, quedaba descalificado por argentino. «Nevera» me resultaba demasiado español (me equivocaba: se usa, justamente, en Colombia). «Refrigerador», un mexicanismo, era la opción neutra de acuerdo con los diccionarios, pero también me sonaba a subtítulo inexperto. ¿Qué hacer? Aun habiéndome decidido por la última opción, todavía hoy no sé cuál es la respuesta correcta.

Ni la sabe, a ciencia cierta, nadie. Porque el problema surge, no de una disyuntiva lingüística real, sino de una presión económica: imponer una misma traducción en varios mercados. Utópicamente, cada libro se traduciría allí donde se va a leer. En Latinoamérica, donde los mercados son pequeños y se encuentran atomizados, hay poca posibilidad de que ocurra algo así. Y eso es, bromas aparte, lo que uno les envidia a los traductores españoles, no la lengua en sí, sino el mercado que la avala.

Por contrapartida, aparecen aquí oportunidades creativas. Cohen, que regresó hace diez años a la Argentina y ahora traduce para toda Hispanoamérica, preconiza últimamente mezclar usos y registros de diversos países, afinando bien el oído para crear resonancias más inventadas que referenciales. Funciona. La salvedad es que hace falta un oído absoluto como el de Cohen. Si de envidia se trata…

Enlace original:

http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/abril_11/15042011.htm