24 junio, 2012

Cuadernos de Hiroshima




En el verano de 1963, Kenzaburo Oé viajó a Hiroshima a fin de hacer un reportaje para una revista. Habían pasado dieciocho años desde el 6 de agosto de 1945, día en que el hombre sumó a la perspectiva de "su muerte como individuo", como dijera Arthur Koestler, "la perspectiva de su extinción en cuanto especie". Por entonces, mucho antes del Premio Nobel que obtuvo en 1994, Oé era un joven aspirante a escritor cuyo primer hijo luchaba en un hospital contra una grave malformación del cráneo, experiencia que inspiraría la novela Una cuestión personal , publicada casi enseguida, en 1964.

Cuadernos de Hiroshima (siete cuadernos en total, uno por cada viaje efectuado entre agosto de 1963 y enero de 1965) habla sobra "la tragedia humana provocada por las armas nucleares", muestra cómo viven y sienten los hibakusha (sobrevivientes del bombardeo) y narra la desconcertada hazaña de los casi 250 médicos que había entonces con vida en la ciudad (otros sesenta murieron instantáneamente), quienes tuvieron que atender a unas cien mil personas necesitadas de tratamientos urgentes.

El héroe de Oé es el doctor Fumio Shigêto, que arribó a Hiroshima apenas una semana antes del ataque y llegó a convertirse en el director del Hospital de la Bomba Atómica. Interesado en la radiología desde sus años de estudiante, Shigêto fue -apunta Oé- "uno de los primeros japoneses que reconoció la naturaleza de la bomba el mismo día de la explosión", mientras enfrentaba circunstancias que ni la especie humana ni la profesión médica habían experimentado nunca. Poco después de la bomba, en el otoño de 1945, una declaración equivocada del equipo de cirujanos del ejército de Estados Unidos sostuvo: "Todas las personas que podían morir a causa de los efectos radiactivos de la bomba atómica ya han muerto". El Hospital de Hiroshima se hizo eco e informó que, de los 306 mil sobrevivientes, apenas unos 300 pacientes seguían bajo tratamiento. La prensa y muchos médicos se sumaron a este optimismo generalizado, pero el doctor Shigêto se mantuvo cauteloso. Presentía que la curva estadística volvería a subir, como por cierto ocurrió.

A casi 50 años de su publicación original en japonés, los cuadernos de Oé asombran al presentar una situación muy lejana de la unanimidad: múltiples intereses políticos enturbian las conmemoraciones de 1963, muchas "víctimas secundarias" no obtienen suficiente protección médica debido a que la ley entonces en vigencia (sancionada en 1957) contemplaba solamente a "enfermos o moribundos", más de diez mil mujeres con la cara desfigurada siguen recluidas sin poder recibir atención adecuada y existe "un tabú que pesa sobre la cuestión de los posibles efectos genéticos".

(...)

Agudo cronista, Oé narra casos curiosos (como el de cierto "matón de Hiroshima" que llegó a usar sus cicatrices queloides para atemorizar a los demás), pero también se detiene a reflexionar. Juzga que es un "insulto al sufrimiento" del pueblo de Hiroshima que el estado japonés haya condecorado al general estadounidense Curtis E. LeMay, quien "participó en la planificación de las operaciones militares para el lanzamiento de las bombas". Estima que el mundo conoce el poderío y la capacidad destructiva de la bomba, pero muchísimo menos el sufrimiento humano o las incidencias que las radiaciones tendrán en la segunda generación de víctimas. Reconoce que los pobladores de Hiroshima son "los únicos que tienen derecho a olvidar y a mantener silencio", no así el resto de la humanidad. Compara el bombardeo con el bíblico diluvio universal y la historia de Noé. Se pregunta si los líderes militares de Estados Unidos "no se tomaron demasiado a la ligera la calamidad que iban a provocar" o, más aún, si no tomaron la decisión final porque en cierto aspecto confiaban en "la fortaleza humana de su enemigo", una fortaleza que "les iba a permitir arreglárselas con el infierno que se iba a desatar". Y aventura que los habitantes de la ciudad que se pusieron a trabajar codo a codo "para restaurar la sociedad humana" estaban preocupados por salvar sus vidas, pero "en el proceso salvaron
también el alma de los que habían arrojado allí la bomba atómica".

(...)

El libro se complementa con un prefacio escrito en 2007 para la edición italiana y con una entrevista hecha por el diario francés Le Monde poco después del terremoto y el desastre nuclear de marzo pasado en Japón. En el prefacio, Oé recuerda que al mismo tiempo que editaba Cuadernos de Hiroshima , los médicos le dieron la confirmación definitiva de que su hijo iba a sobrevivir y tuvo entonces "la nítida sensación de haber regresado de un lugar terrible". En la entrevista comenta que abriga el proyecto de revisar la historia contemporánea de su país tomando como referencia los muertos en Hiroshima y Nagasaki, "los irradiados de Bikini" (ensayos atómicos realizados por Estados Unidos a partir de 1946), y las recientes víctimas de las explosiones en las centrales nucleares. Reincidir con estas centrales le parece "la peor traición al recuerdo de las víctimas de Hiroshima"

Fragmentos de mi reseña sobre Cuadernos de Hiroshima, de Kenzaburo Oé (editorial Anagrama, traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés), publicada en La Nación (ADN Cultura), Argentina.

Enlace completo, aquí:
 http://www.lanacion.com.ar/1483435-ciudad-de-sobrevivientes

5 comentarios:

Esteban dijo...

Danke.

Ivana dijo...

siempre quise leer algo de este señor.

ivana dijo...

dónde está berti?

ivana dijo...

dónde está berti?

Anónimo dijo...

lamento que no actualices, era, y sigue siendo, un blog al que entro todos los dias.