08 abril, 2012

Los enemigos



Todo lector, escribe Jahiz en "El libro de los animales", es un enemigo. El escritor nunca debe olvidar que se dirige a un lector necesariamente hostil y que la intimidad caracteriza su relación con él. Si el lector es enemigo, ¿ el escritor es, por lo tanto, enemigo del lector? En todo caso, el escritor sabe que es objeto de desconfianza, lo cual lo lleva a negociar con el lector y a tratar de obtener su benevolencia. Jahiz es el autor árabe al que más preocupa este enemigo con el que se debe tratar (...) y en todo momento se dirige a él para lograr su atención y suscitar su interés. Si admitimos su idea, todo escritor se encuentra, entonces, en la situación de Shahrazâd.

Hay que desconfiar de los otros, pero también –e incluso más– de uno mismo. Somos nuestros propios enemigos y el peligro se encuentra bajo nuestro techo. El hombre dotado de raciocinio, escribe Jahiz, debe saber que su libro es más próximo a él mismo que sus hijos (...). y Jahiz observa que el escritor se ve más seducido por sus escritos que por sus propios hijos. El resultado inmediato de esta seducción es la ceguera sobre lo que se escribe y, en consecuencia, sobre uno mismo: el escritor no ve los defectos de sus textos o los minimiza, de igual manera que uno tiene tendencia a cerrar los ojos ante los aspectos poco gratos de su progenie. Esto es, precisamente, lo que escapa a la vigilancia del escritor y se hace palpable a los ojos de sus lectores que, por definición, son enemigos.

Abdelfatah Kilito, Les Arabes et l'art du récit (Une étrange familiarité), Sinbad, París, 2009.