02 abril, 2012

Posfacio a "Gabrielle de Bergerac"


Fragmento de mi posfacio a Gabrielle de Bergerac, de Henry James, que acaba de editar Impedimenta.

Henry James tenía 26 años cuando dio a conocer Gabrielle de Bergerac
. Fue el mismo año que decidió ser escritor, según estiman varios de sus biógrafos. Fue el mismo año que hizo su primer viaje a Europa, experiencia trascendente para un autor cuya obra pone en escena incontables veces y de incontables maneras las tensiones entre el viejo y el nuevo mundo.

Al igual que otros textos que James relegó con el tiempo y decidió no incluir en sus obras completas, Gabrielle de Bergerac debió ser rescatada más tarde. El relato fue reimpreso en 1918, dos años después de la muerte de su autor, por Boni & Liverlight; luego, Edna Kenton volvió a publicarlo en Eight Uncollected Tales (1950) junto a siete relatos más breves e igualmente desconocidos para el gran público.

Recordada por un ensayo en torno a Otra vuelta de tuerca
(“Henry James to the Ruminant Reader: The Turn of the Screw"), Edna Kenton afirmaba que Gabrielle de Bergerac fue el décimo tercer relato publicado por James. Hoy se estima que fue el décimo cuarto, luego de “A tragedy of error” (1864), “The story of a year” (1865), “A landscape painter” y “A day of days” (1866), “My friend Bingham” y “Poor Richard!” (1867), “The story of a masterpiece”, “A romance of certain old clothes”, “A most extraordinary case”, “A problem”, “De Grey” y “Osborne’s revenge” (1868) y “A light man” (1869).

Semejante lista elude un problema: la posibilidad de distinguir entre los cuentos más breves (de seis mil o diez mil palabras) y los relatos extensos, que lindan con la novela breve o “novella”, género en el que James descolló como pocos y al que pertenecen grandes obras suyas como Los papeles de Aspern
, Daisy Miller o El sitio de Londres.

En cuanto a su extensión, Gabrielle de Bergera
c es un texto intermedio. Con sus 22 mil palabras triplica a un cuento como “Brooksmith”, aunque no alcanza las casi 30 mil palabras de Madame de Mauves, un relato que James ambientó también en Francia.

La comparación con Madame de Mauves
es no sólo pertinente, sino también útil para apreciar varios rasgos singulares de Gabrielle de Bergerac, uno de los relatos más “románticos” del escritor. Bien sabido es, a esta altura, que uno de los temas descollantes en la obra de James (a quien se ha definido como un temperamento americano con sensibilidad europea) fue el contraste entre Europa y Estados Unidos, entre “decadencia” y “renovación”. Ficciones como Un episodio internacional o Los embajadores son ejemplos de una de sus estrategias más usuales: la mirada del extranjero en el otro continiente; por lo común, del estadounidense en Europa (la línea fundada por Nathaniel Hawthorne con El fauno de mármol), aunque sin descartar variantes como las que aparecen ilustradas en, por ejemplo, El punto de vista: entre ellas, la mirada del nativo que regresa tras una prolongada ausencia y, por ende, muestra una óptica casi idéntica a la del extranjero.

A diferencia de Madame de Mauves
, donde Francia aparece mediada por un elenco estadounidense (“Ella era romántica y voluntariosa y pensaba que los norteamericanos eran vulgares” es una de las tantas frases al respecto), en Gabrielle de Bergerac no hay confrontación cultural entre un continente y el otro; todo se limita a un elenco cien por ciento francés, con la sola excepción del narrador en primera persona que aparece en el “marco” de la novela: el personaje a quien el señor de Bergerac le cuenta la historia de su tía Gabrielle, convirtiéndolo en “narratario”, y que tal vez no sea estadounidense, pero es –cuanto menos– de habla inglesa.

Lo que llamamos excepcional o extraordinario no representa, en múltiples ocasiones, más que una ligera variante de lo habitual. En el caso de este relato, la tensión entre viejo y nuevo mundo aparece, podría decirse, sublimada. La comparación entre el pasado y el presente (Francia antes y después de la Revolución) se explicita desde las primeras páginas (“Era un mundo muy distinto a este nuevo mundo que conoce usted”) y, en cierto aspecto, parece suplantar a la oposición Europa vs. América, clásica en James. El personaje “plebeyo” (Pierre Coquelin) bien podría ser, sin mayor problema, el “americano” de esta historia: el “vagabundo” pasional que, tras una infancia dura (y tras un paso, vaya detalle, por Estados Unidos), termina como un forastero entre esos nobles en declive apegados a su abolengo.