28 octubre, 2014

Flaubert y Turgueniev

 Ivan TURGUENIEV

Flaubert y Turgueniev se conocieron en 1858, pero se hicieron amigos íntimos en 1863. “La fecha exacta, según los hermanos Goncourt anotaron en su diario, fue el 28 de febrero de 1863”, dice Gérard Gaully. Nacido en la provincia de Orel, en 1818, considerado el más europeísta de los escritores rusos del siglo XIX (dato importante en el contexto de la agitada polémica entre occidentalistas y eslavistas), Turgueniev pasaba por entonces más tiempo en Francia, en Alemania o en Inglaterra que en Rusia. Tras su encuentro, Flaubert le escribió a los Goncourt: «He leído todos los libros de Turgueniev. Este hombre sí que tiene talento».

De la obra de Turgueniev, a Flaubert le entusiasmaba especialmente Primer amor, el cuento fantástico «Un sueño» (su «violencia subterránea ») y, sobre todo, la novela breve La desdichada (a jucio del francés, que la leyó bajo el título de «La abandonada», una obra maestra). En cuanto a Turgueniev, le gustaban Madame Bovary, La educación sentimental y Salammbô (en este orden, según Alexandre Zviguilsky), aunque varios estudiosos se ocuparon de rastrear paralelos entre Bouvard y Pécuchet del francés y
Punin y Barburin del ruso. Por cierto, fue el propio Turgueniev quien trabajó en estrecha alianza con Caroline (sobrina de Flaubert) para editar de forma póstuma la novela.

Es muy probable, especula el propio Zviguilsky, que el ruso reconociera su historia romántica con la mezzo-soprano Pauline Viardot leyendo La educación sentimental, o que, en simultáneo, el francés rememorara al leer Primer amor la pasión que sintió a los 15 años edad por Elisa Schlesinger.

En total, Turgueniev efectuó unas once visitas a Croisset, la primera en noviembre de 1868. En aquella ocasión Flaubert fue a buscarlo a la estación ferroviaria de Rouen y le mostró los vitreaux de la catedral, uno de los cuales, según dijo, acababa de inspirarle un tema que luego plasmaría en La légende de Saint Julien l’Hospitalier. Si no hubo más visitas de Turgueniev y si éstas solían hacerse irreparablemente cortas para el anfitrión, esto se debe (arguye Zviguilsky) a que el ruso era muy alto y las camas en Croisset, demasiado pequeñas.

Maupassant supo retratar a «los dos gigantes», como él los apodaba: Turgueniev sentado en un sillón y hablando muy lentamente, con voz dulce y algo débil; Flaubert escuchándolo de forma casi religiosa. Sus charlas casi nunca abordaban asuntos de la vida corriente, sino cuestiones literarias. «Se hablaba, sobre todo, de cuestiones formales», indicó Henry James, alguna vez presente. A menudo el ruso le traducía a Flaubert un poema de Pushkin, de Goethe o de Swinburne. Y, por cierto, fue el propio Turgueniev quien tradujo por primera vez al ruso los textos de Flaubert. 

Paul Bourget le oyó un día a Turgueniev sus teorías sobre el arte de la descripción y notó que eran muy semejantes a las de Flaubert. Realista poético, para Turgueniev el talento descriptivo debía residir, ante todo, en la selección del detalle evocador.  «Quería que la descripción fuese indirecta y sugerida antes que evidente», dijo Bourget.

«Ambos tenían el mismo cuidado de la perfección en la escritura, con más sencillez en Turgueniev. Dumas dijo que Flaubert era un gigante que derribaba un bosque para hacer cajas de fósforos. Turgueniev derribaba sus pequeños árboles blancos para edificar casas de madera a la medida del hombre», escribió André Maurois en su libro consagrado al ruso. «Turgueniev se extrañaba a menudo de las ideas y las teorías de Flaubert. Habían comenzado los dos en el romanticismo, pero Flaubert seguía siendo más romántico que Turgueniev».