20 marzo, 2014

Tres crímenes rituales


Los tres crímenes de los que se ocupa Marcel Jouhandeau (1888-1979) en este libro fueron célebres en su tiempo y figuraron en las páginas más visibles (y a veces más amarillas) de la prensa francesa de los años cincuenta. El primero de los tres crímenes condujo al proceso civil más escandaloso de la posguerra francesa, a tal extremo que Jean Cocteau habló del “juicio del siglo”: Denise Labbé ahogó a su hija de dos años (Catherine) en un recipiente para lavar la ropa, y a su novio (Jacques Algarron) se lo acusó de haber instigado el crimen con unas cartas ardientes en las que hablaba de plasmar su amor mediante el sacrificio de la niña.   

El segundo caso que ocupa a Jouhandeau fue cubierto en su oportunidad por decenas de cronistas: desde un corresponsal de la revista Time, que comentó la noticia el 17 de junio de 1957, hasta la mismísima Marguerite Duras, quien consagró al hecho un artículo publicado en France-Observateur y recogido más tarde en su libro Outside bajo el titulo “Horror en Choisy-le-Roi”. “Pido excusas por no estar acostumbrada a las audiencias criminales”, afirmaba Duras. “Yo no sabía que le cortaran la palabra a los acusados hasta este punto. No pueden hablar, si no se les pregunta. Y cuando se levantan para hablar, no se les deja tiempo para hacerlo”.

El tercer y último crimen, conocido en su momento como “el caso del cura de Uruffe”, involucró al sacerdote católico Guy Desnoyers (1920-2010). Nacido en Haplemont, en el seno de una familia campesina, Desnoyers tenía 26 años y era el flamante vicario de la ciudad de Blâmont (en la región de Lorena) cuando vivió su primera aventura con una mujer, una tal Madelaine con quien se siguió viendo durante una década. En 1953 concibió  allí un hijo con una adolescente de quince años, Michèle o Michelle Léonard, a quien convenció de parir a escondidas y abandonar al bebé. Tres años más dejó embarazada a la joven Régine Fays, también habitante de Uruffe, a quien asesinó en el octavo mes de gestación. Al matarla, también mató al bebé. 

Tres crímenes rituales se inscribe, ante todo, en la tradición de Souvenirs de la cour d’assises de André Gide o, incluso, de L’affaire Dominici de Jean Giono: crónicas judiciales que no excluyen un examen de las posibles motivaciones de los delincuentes. Los tres crímenes que interesan a Jouhandeau no solamente conducen a las reflexiones de su epílogo, sino que asimismo dialogan con algunos de los pilares de su obra narrativa: el sacerdocio y la moral de los pequeños pueblos, dos asuntos que vivió y sufrió en carne propia, y también el análisis puntilloso de las relaciones amorosas, algo que exploró en clave autobiográfica en las Chroniques maritales o en las Scenes de la vie conyugal.

Hasta los diecisiete años de edad, Jouhandeau aseguraba a todos que sería sacerdote. “Creo que me quedó algo de esa vocación. (…) En la doble tarea que me he arrogado, la de enseñar y la de escribir, no he cesado de sentirme, en forma apenas consciente, revestido de un carácter sagrado”, diría décadas más tarde quien se definía a sí mismo como una extraña combinación de católico torturado con moralista libertino. “El tono, el doble registro que parece convenirle a mi persona es la mezcla de misticismo e ironía”, indica en un bello libro llamado Le Moi-Même, donde toma como punto de partida unos cincuenta retratos suyos, todos hechos por el mismo fotógrafo (Daniel Wallard), como excusa para una serie de textos donde indaga su personalidad y también su aspecto físico. Nacido con un defecto en el labio superior (una marca que le hacía afimar que, al llegar al mundo, lo había herido el beso de Dios en la boca), Jouhandeau se quebró la nariz cuando tenía unos 10 años de edad y la deformación en su tabique nasal le dejó para siempre una voz “como amortiguada”.

Este adjetivo, “amortiguado”, resulta bastante útil para describir el tono de una obra que, sin excesivo énfasis, medio en sordina, ha abordado temas mucho más terrenales que celestiales.  Ocurre, como es sabido, que a la larga la vocación literaria se impuso sobre la vocación religiosa confirmando algo que él “presentía desde la infancia”: que “Dios sería derrotado por el Hombre”.

“Jouhandeau nos arroja a un mundo sometido no sólo a la doctrina cristiana, sino a múltiples dogmas que escapan a cualquier comprobación, un mundo que se tambalea sobre las brasas del infierno”, escribió Hugues Bachelot en el prólogo a la edición española de De la abyección, ensayo en el que Jouhandeau sostiene que “desde la caída el Hombre es un accidente patológico, una enfermedad, en el orden de la naturaleza”. Y también: “No puedo dejar de ser católico porque no puedo dejar de creer en el Infierno. Creo en la Iglesia porque nada es más importante para mí que el Hombre (…) Y cuando digo el Hombre, no digo la multitud. El número altera la unidad. Lo múltiple deshonra a lo singular. En cuanto veo a un hombre, quiero conocer su secreto.”

Fragmento de mi extenso prólogo a Tres crímenes rituales, de Marcel Jouhandeau (editorial Impedimenta)