09 marzo, 2014

Chelsea - Algonquin


 Si hay dos hoteles literarios por excelencia en Nueva York, éstos son el Chelsea y el Algonquin.

El primero, inmortalizado a través de la canción de Leonard Cohen, se fundó en 1905, en el seno del primer edificio de Nueva York que se construyó de manera cooperativa (tras la quiebra de la cooperativa se convirtió en hotel), y aún conserva en sus paredes los graffitti de los artistas –no sólo escritores- que lo habitaron. 

Contrucción de ladrillos a la vista, con balcones de hierro forjado, el Chelsea albergó a Jimi Hendrix, Janis Joplin y Patti Smith, a Willem De Kooning y Sam Shepard, a Henri Cartier-Bresson y Milos Forman, entre muchos otros, según cuenta Nathalie de Sainte Phale en su libro “Hoteles literarios”. 

Sarah Bernhardt se alojó en el Chelsea pero llevó con ella sus propias sábanas y frazadas. Mientras estaba en pareja con Marilyn Monroe, el dramaturgo Arthur Miller solía trabajar en uno de sus cuartos.  Y un asiduo ocupante de la habitación número 100, el bajista de Sex Pistols, Sid Vicious, encontró allí muerta a su novia Nancy Spungen. 

La fama del lugar comenzó con Mark Twain, reputado como su primer huésped literario, y continuó con O. Henry (solía inscribirse cada vez con un seudónimo distinto), con Dylan Thomas (su poema “Elegía” fue escrito en el cuarto 206), con Thomas Wolfe, Hart Crane, Tennessee Williams, Sherwood Anderson, Nelson Algren y los beats: Gregory Corso, Allen Ginsberg, etc. 

Lejos de la agitación del Chelsea (“asesinatos, suicidios, sobredosis”, enumeró William Burroughs, otro habitué), el Hotel Algonquin ha sabido encarnar la elegancia de las tertulias culturales neoyorkinas. 


 Edificado en el número 59 Oeste de la calle Cuarenta y Cuatro, el Algonquin abrió sus puertas en 1902 y fue regenteado en sus primeros tiempos por un cierto Frank Case que en 1927 se convirtió en su propietario y que, según parece, buscaba la compañía de actores y literatos. Deliberadamente, Case se ocupó de que el hotel fuese un centro de actividad artística y atrajo a personalidades como Douglas Fairbanks, John Barrymore y H.L. Mencken, para quien el Algonquin era “el hotel más confortable de los Estados Unidos”. 

El hotel tuvo, desde un inicio, una fuerte y prestigiosa clientela femenina: Gertrude Stein, Marian Anderson, Simone de Beauvoir y Eudora Welty, entre otras. Alrededor de 1919 comenzaron las famosas tertulias literarias (“The Algonquin Round Table”) que incluyeron a Dorothy Parker, George S. Kaufman, Robert Benchley y muchos más.

Tras la muerte de Case, en 1946, el hotel pasó a manos de Ben Bodne. Para entonces la leyenda del Algonquin ya estaba consolidada. A tal punto que, cuando cuatro años más tarde, al ser galardonado con el Nobel, William Faulkner escribió su discurso de aceptación del premio en una habitación del hotel, a muchos le pareció más que razonable.