26 marzo, 2014

El soldado Carroll Hart



El sargento Tietjen estaba conmigo el día que ocupamos el nido de ametralladoras en el bosque de Veuilly. Descubrimos que había muerto toda la banda, salvo un hombre corpulento y barbudo que estaba malherido. Justo cuando nos aproximábamos, el hombre metió la mano en el interior de su abrigo y hurgó en el bolsillo.
Creyendo que iba a lanzarnos una granada, descargué la pistola contra él. Su brazo se deslizó del interior del abrigo con un movimiento brusco e irregular y la palma de su mano se posó durante un instante en sus labios. La sangre que le llenó la garganta empezaba a asfixiarlo y soltó un suspiro ahogado. Los ojos se le pusieron en blanco y se le abrió la boca.
Me acerqué y le abrí la mano para ver qué sostenía. Era una foto de una niña alemana. Tenía la cara redonda y pecosa y sus cabellos ensortijados especialmente para la ocasión le caían sobre los hombros.
—Debe de ser su hija —dijo el sargento Tietjen.
Pasé aquella noche en vela pensando en ese soldado alemán.
Me revolví en la cama hasta que, hacia el amanecer, Tietjen vino a tenderse a mi lado.
—No sirve de nada sentirse culpable, compañero —me consoló—. Cualquiera hubiese creído que iba a lanzar una granada.

William March, "Compañía K" (Libros del Silencio, 2012. Traducción de Bianca Southwood)