27 septiembre, 2011

Romántico y realista


Por César Aira

Gran Romántico y Gran Realista, Balzac no lo es sucesivamente sino en los círculos concéntricos de su creación. En el centro de sus novelas suele haber un personaje angélico, proveniente del blanco y negro del folletín romántico, un personaje un tanto irreal de tan perfecto, pero que les da realidad a los demás. Se la da no sólo por contraste; no bastaría el contraste, porque los villanos que buscan la perdición de ese héroe o heroína “blanco” están recortados en el igual de esquemático “negro” correspondiente. La virtud funcional al realismo en el personaje central, la que corona y engloba a todas las demás, es el Desinterés. Eso hace que alrededor de él giren, imantados, todos los demás, a los que mueve el más exacerbado Interés. Es como si dos registros incompatibles empezaran a funcionar en un solo mecanismo, con los previsibles tropiezos y perplejidades; más que Romanticismo y Realismo, se diría que son Ficción y Realidad. No sólo a los ojos de los personajes “realistas” sino a los del mismo autor, el Desinteresado es una creación del espíritu, poética, sobrenatural, un tanto monstruosa. Balzac, con íntimo escándalo, toma distancia de él y especula y calcula como sus perseguidores.

El Gran Desinteresado, que por lo general es una mujer, se le hace sobrehumano a Balzac. Lo ve desde afuera, pero como no puede evitar identificarse, se sitúa precariamente dentro del personaje, y la tensión extrema de una posición que le es tan antinatural produce en el personaje una máxima fragilidad nerviosa. En contraste con la salud rebosante y la energía infatigable de los portadores del Interés, el Desinteresado está siempre al borde del colapso.

Los temblores y desmayos del Desinteresado, sus angustias de perseguido, sus pedidos de auxilio, sus renuncias sublimes, suenan en el texto de Balzac (le suenan a Balzac) a una etapa superada de la literatura, y amenazan con una contaminación que llevaría a la pérdida de interés por parte del lector. Pero ahí están los codiciosos, los portadores del Interés, para hacer avanzar la acción y absorber al lector.

Se diría que hay una identificación, por el contacto de los dos sentidos de la misma palabra, entre el interés económico que mueve a los personajes y el interés con que el novelista atrapa al lector. ¿Y no son lo mismo acaso? Después de todo, la novela es el género literario que acompañó el ascenso del capitalismo. Esa clase de interesados hubo siempre, pero fue el capitalismo el que les dio el mecanismo de conversión: las finanzas.

Un interés y otro, de cualquier modo, son lo mismo para Balzac, de eso no deja ninguna duda por la complacencia con la que se expande, por fin a su gusto, después de negociar los pasajes místicos o amorosos (en los que adhiere, con economía, a los clichés más serviciales), en las maniobras del dinero, y en el gusto con que maneja su léxico. No teme hacerse esotérico o directamente incomprensible: él se entiende, en el laberinto de letras de crédito, fianzas bancarias, sucesiones cruzadas, hipotecas, vencimientos, activos que mágicamente se vuelven pasivos, y viceversa. El lector no tiene más remedio que confiar en que sabe lo que hace, como el lector de novelas de mar, las de Conrad por ejemplo, confía en que se entienden en el barco cuando hablan en esa lengua propia que se inventaron los marinos para significar su autonomía del mundo terrestre.

La amenaza, que Balzac siente con fuerza, es que el apetito de dinero termine girando sobre sí mismo, desertificando el mundo. En un gesto de feliz sobrecompensación, frena esta amenaza usando al dinero, y al idioma del dinero, como clave que abre el tesoro del mundo material. Toda su leyenda biográfica se basa en el amor por los objetos, en su avidez insaciable de muebles, arte, ropa, joyas. Pero ese amor vuelve a ser lenguaje, porque toda su realidad es realidad escrita; quizá los objetos no estuvieron primero y las descripciones vinieron después a superponerse a ellos, sino que la necesidad de describir fue la que atrajo a los objetos. Y algo parecido podría decirse de la seducción que ejercía sobre él lo sobrenatural, inesperada en un amante tan sensual de lo concreto. Los fenómenos paranormales, las adivinaciones, y hasta la religión en su formato milagrero y supersticioso siempre están al acecho en sus novelas. Están ahí porque esos fenómenos requieren pruebas. El proceso al que se los somete para probarlos pone en escena las condiciones de existencia del mundo palpable, y esas condiciones son la materia de la obra de Balzac.

Fragmento del prólogo de César Aira a Ursule Mirouët de Honoré de Balzac (editorial La Compañía). Enlace original: suplemento Radar de Página/12, Argentina.

2 comentarios:

Diego dijo...

Qué buena edición. No es de las obras más conocidas de Blazac.

Eduardo Berti dijo...

Es verdad, no es de las obras más conocidas. Esta fue una de las razones que nos animó a publicarla, justamente.