09 septiembre, 2011

El clown de los clowns


Por Eduardo Berti

Nacido en Clare Market (Londres), descendiente de italianos, Joseph Grimaldi fue el payaso británico más importante del siglo XIX y, por qué no, de los todos tiempos, a tal punto que su «nombre de guerra» (Joey) se usa todavía en Inglaterra como sinónimo de clown. En sus casi cincuenta años de carrera, Grimaldi trabajó en teatros hoy míticos como el Sadler’s Wells, el Drury Lane o el Covent Garden, por lo que su biografía ofrece también un panorama del teatro británico a comienzos de 1800.

La vigencia de Grimaldi se comprueba una vez por año, cada primer domingo de febrero, cuando cientos de payasos, arlequines y mimos del mundo entero se dan cita en Haggerston (Hackney), más precisamente en la iglesia de Todos los Santos (All Saints), para celebrar una misa en homenaje a Joey a la que religiosamente sigue un espectáculo:




Charles Dickens tenía veinticinco años cuando recibió la misión de reescribir y mejorar la biografía del célebre clown. De allí salió la primera edición de las Memorias de Joseph Grimaldi, publicada en 1838, poco después de la muerte de Grimaldi y de la aparición de Sketches of Boz y Pickwick Papers, los dos primeros libros de Dickens.

En diciembre de 1836, Joe Grimaldi había puesto fin a una extensa autobiografía cuyo manuscrito se considera en la actualidad extraviado. El original constaba de unas cuatrocientas páginas y era, según llegó a afirmar Dickens, «demasiado voluminoso». Se cree que Grimaldi dictó todas o casi todas las páginas de esta autobiografía y que a principios de 1837, no del todo satisfecho con el resultado, convocó a un ignoto escritor llamado Thomas Egerton Wilks para que puliese el libro a cambio de una porción de las futuras regalías.

Grimaldi falleció casi enseguida, el 31 de mayo de 1837, pero Wilks siguió trabajando por su cuenta abreviando varios pasajes, suprimiendo otros y replanteando la perspectiva del relato, que pasó a ser narrado en tercera persona.

En septiembre u octubre de 1837, Wilks le ofreció el libro a Richard Bentley, un editor que se había hecho rico y famoso tras lanzar las así llamadas «Stardard Novel Series»: versiones económicas y muchas veces en un solo tomo de diversas novelas que previamente habían sido publicadas en el formato entonces usual de tres volúmenes, entre ellas obras de Jane Austen o el Frankenstein de Mary Shelley. Desde 1836, Bentley editaba una exitosa revista llamada Bentley’s Miscellany en la que ofrecía breves ensayos, crónicas, cuentos de autores en ciernes como Edgar Allan Poe, caricaturas de humoristas como John Leech, ilustraciones de George Cruikshank y novelas por entregas. El primer editor de la revista fue un tal «Boz» que ya había trabajado como periodista para The True Sun, The Mirror of Parliament y The Morning Chronicle; se llamaba en verdad Charles Dickens y su segunda novela (Oliver Twist) estaba siendo publicada por entregas en la revista de Bentley por aquel entonces.

La biografía de Grimaldi escrita por Wilks no terminó de convencer a Bentley en cuanto a su calidad, pero poseía un innegable valor comercial. De modo que Bentley compró el texto, habló con Richard Hughes (albacea y heredero de Joey) y le pidió a Boz, a la sazón su hombre de confianza en cuestiones literarias, que editara y mejorara todo lo posible el libro.

Dickens se había casado un par de años atrás con Catherine Thompson Hogarth, acababa de tener a Charles Culiford (el mayor de sus diez hijos) y aguardaba a Mary, su primera hija. Los tiem- pos estaban cambiando tras la ya algo lejana Revolución francesa y tras la cercana muerte del rey Guillermo IV, en junio de 1837. Gobernaba la reina Victoria e Inglaterra ingresaba, sin sospecharlo, en uno de sus periodos más trascendentes: la era victoriana.

En plena escritura y publicación por entregas de Oliver Twist, Dickens había sufrido el duro impacto de la muerte de Mary Hogarth, hermana de su esposa a la que quería como una hermana propia. Esto causó que interrumpiera durante un tiempo sus labores, pero no atentó contra su cada vez más creciente popularidad.

Ya fuera porque prefería concentrarse en la obra que sería la sucesora de Oliver Twist (Nicholas Nickleby) o porque deseaba negociar un buen dinero a cambio de esta labor que en primera instancia no despertó su entusiasmo, lo cierto es que Dickens le dijo primero que no a Bentley y, enseguida, en una carta fechada el 30 de octubre de 1837, dijo que había releído el texto («está todo muy mal hecho») y que se hallaba «dispuesto a acceder» a cambio de trescientas libras, suma más que considerable en aquellos tiempos en los que el salario mensual de Dickens como editor de Bentley’s Miscellany era de cuarenta libras.

(...)

El texto final de las Memorias de Joseph Grimaldi, adjudicado a Boz, no fue publicado por entregas en la revista y salió a la venta en febrero de 1838 en forma de libro. En las primeras semanas se vendieron setecientos ejemplares, para gran dicha de Bentley y de Dickens, y llegaron a la editorial más de treinta cartas elogiosas.

Se cree que Dickens no llegó a presenciar ninguna actuación de Grimaldi, aun cuando el novelista comentó cierta vez que había visto actuar a Joey «en los remotos tiempos de 1823». Es posible que Dickens dijera esto último para defenderse de quienes objetaban su autoridad para editar las memorias de un payaso que no había visto actuar. A sabiendas de esto, Dickens llegó a argüir que Lord Braybrooke tampoco había conocido a Samuel Pepys, cuyo diario editó siglos después de la muerte de este. Y poco después, en un artículo publicado en la Bentley’s Miscellany bajo el título de «A chapter on clowns», un tal Willliam J. Thoms fue más lejos al afirmar que «lo que Boswell había hecho por Samuel Johnson, Boz lo ha hecho por Grimaldi».

Fragmentos de mi prólogo a las Memorias de Joseph Grimaldi, de Charles Dickens.