07 mayo, 2010

Fantasmas de la Edad Media


En Europa, durante la Edad Media, la iglesia de encargó de domeñar a los fantasmas. “El que haya unos hombres que se aparezcan después de morir es algo que resulta difícil de creer para cristianos nutridos de la Biblia y de los Padres de la Iglesia. Para ellos, y antes de que se asiente la noción de purgatorio, no existen más que dos posibilidades para un difunto: va al infierno o va al paraíso. Enfrentada al culto a los muertos, capital en el paganismo, la iglesia se ve obligada a reaccionar y a imponer sus propias respuestas a las cuestiones referentes a los estados post-mortem. Los dos teólogos que han desempeñado el papel más importante en la historia de los fantasmas y los aparecidos han sido Tertuliano y San Agustín”, plantea Claude Lecouteux en su indispensable “Fantasmas y aparecidos en la Edad Media”.

San Agustín justifica la creencia en los muertos que no tienen descanso. El purgatorio, por lo tanto (el “tercer lugar”: ni cielo, ni infierno), se convierte en la morada de los muertos que no descansan en paz.


El asunto ha sido cuidadosamente analizado por Jacques LeGoff en “El nacimiento del purgatorio”. En resumidas cuentas, Tertuliano
(155-230), líder de la Iglesia y prolífico autor, fija la idea de que los aparecidos son muertos poseídos por el demonio. Los fantasmas pasan a ser vistos como una ilusión diabólica. La literatura moralizante de la época (sobre todo los ejemplarios) ofrece innumerables casos.

Lecouteux recoge en su libro varios ejemplos que Cesáreo de Heisterbach escribió en su "Dialogus miraculorum" (“El diálogo de los milagros”). En una de ellos, una mujer pide, en plena agonía, que le hagan unos sólidos zapatos y la entierren con ellos. ‘Me serán útiles’, explica, y le conceden su último deseo. A la noche siguiente, un caballero oye una voz: “¡Ayúdenme!”. Luego ve a una mujer que sólo lleva camisa y zapatos; intenta atraparla de los cabellos, pero ella escapa no sin antes perder varios mechones. Por la mañana abren la tumba y ven que la muerta ha perdido buena parte del pelo.

Fragmento de mi introducción a la antología Fantasmas (Adriana Hidalgo, Buenos Aires)



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