18 mayo, 2010

El destino de Rusia

Fiodor DOSTOIEVSKI


El suplemento "Radar Libros" (Página 12, Argentina) del pasado fin de semana publica un extracto del posfacio que Luisa Borovsky escribió para su propia traducción de la novela breve "Una historia desagradable", de Fiodor Dostoievski (editorial La Compañía). Un fragmento del texto:

Una historia desagradable apareció por primera vez en 1862 en Tiempo, la revista que Fiodor Dostoievski y su hermano Mijail habían fundado un año antes, en aquella misma época en que, en palabras del autor, “con fuerza tan incontenible y con impulso tan ingenuo y conmovedor, nuestra querida patria comenzaba a renacer y todos sus valientes hijos anhelaban nuevos destinos y esperanzas”.

En efecto, Rusia renacía después de los treinta años de gobierno autocrático de Nicolás I. La derrota ante Francia y el Reino Unido –aliados del Imperio Otomano– en la Guerra de Crimea había marcado el fin de un ciclo. Para conservar su posición de potencia europea, el imperio zarista debía realizar profundas reformas. Era prioritario emancipar a los siervos, liberar de los castigos corporales a las clases que pagaban tributo, suprimir la censura que pesaba sobre la prensa, desarrollar la industria.

El poeta Vasili Zhukovski, contemporáneo de Pushkin y tutor del heredero al trono, había sembrado en él ideas humanistas con la intención de convertirlo en un monarca ilustrado. En 1855, Alejandro II fue coronado. Los partidarios de las reformas vieron en el nuevo zar al gobernante liberal, capaz de dar respuesta a las expectativas de la intelectualidad idealista de la década de 1840, que tan nítidamente reflejaran Ivan Turgueniev en Rudin y Alexandr Herzen en ¿Quién es el culpable?

En realidad, más que promover medidas liberales, Alejandro II comprendió que para preservar el Estado era preferible abolir la servidumbre en condiciones controladas y evitar levantamientos. Así lo hizo en 1861, con la consecuente alarma de los sectores perjudicados.

Al mismo tiempo, la mayor libertad de expresión permitió que la prensa abordara temas gubernamentales, judiciales, educativos y económicos. Como consecuencia, surgió en Rusia la “opinión pública”. Pero si bien el pueblo reivindicaba la necesidad de profundas reformas, desconocía la manera de concretarlas. Habituado a gobiernos autocráticos, carecía de preparación y de iniciativa.

Dostoievski había sido autorizado a regresar a San Petersburgo en 1859, después de cumplir cuatro años de trabajos forzados en Siberia por formar parte del cenáculo de Petrashevski, el hombre que había desafiado a la censura introduciendo y difundiendo en Rusia las ideas del socialismo utópico. El confinamiento en Siberia había sido, en realidad, producto de la imprevista conmutación de la pena de muerte que el zar le había impuesto, cuya notificación llegó cuando el escritor se encontraba ya ante el pelotón de fusilamiento.

Es fácil comprender, entonces, que los representantes de la intelligentsia lo recibieran como un mártir revolucionario. Sin embargo, el ex presidiario les demostraría que estaban equivocados. A través de Tiempo expresaría sus nuevos ideales. Atrás quedaba el Dostoievski enemigo de la religión, fascinado con las ideas socialistas provenientes de Occidente. Emergía un hombre renacido al cristianismo, que ponía el futuro en manos del campesinado redimido y abrazaba decididamente la causa de los eslavófilos.


Fueron los eslavistas los primeros en preguntarse qué se podía y debía tomar de la realidad nacional para materializar el país con que soñaban. Frente a los valores occidentales postularon un retorno a la vieja Rusia, invitaron a mirar con nuevos ojos los valores del pasado. Tal vez, de este modo, la nación sería capaz de seguir un camino original y autónomo hacia el desarrollo, prescindiendo de las etapas que había atravesado Occidente.

En principio, los sectores de avanzada vislumbraron en ellos, tal como lo expresaría Herzen, “un nuevo óleo con el que volvían a ungir al zar, una nueva cadena con la que pretendían entorpecer el pensamiento y una nueva esclavización de la conciencia a favor de una iglesia servil y bizantina”. Más adelante, sin embargo, algunos liberales de los años cuarenta comprendieron que el eslavismo superaba los estrechos límites del nacionalismo. Al situarlo en la esfera espiritual descubrieron su valor, que no residía en la ortodoxia religiosa o en el nacionalismo exacerbado, sino en los genuinos principios de la cultura rusa ocultos bajo la capa de la civilización artificial.

En la desagradable historia que Dostoievski relata, subyace una pregunta: ¿cuál es el destino de Rusia? Para un eslavista como él no se trataba de un problema meramente político, sino de la búsqueda incesante de conexión entre los hechos y el camino espiritual de la nación, de la relación entre lo visible y lo invisible que expresa la teología ortodoxa rusa: el dogma es inseparable de la vivencia.

Con motivo, el autor duda de que los representantes de la alta sociedad puedan sostener en la práctica los principios del humanismo y hacer posible el progreso social. Y, en coincidencia con los escritores partidarios de la revolución democrática, destaca que a los círculos burocráticos, tanto conservadores como liberales, sólo les preocupa que la puesta en práctica de esas reformas no modifique la esencia de las relaciones sociales existentes.


La versión completa del texto publicado en Radar, aquí.