16 diciembre, 2011

Cinco libros: Fernando Iwasaki


Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.

El voto de Fernando Iwasaki:


Eduardo querido, si los libros que deseas que recomiende pueden ser de cualquier año y de cualquier género, voy a tomarme tu invitación como una suerte de testamento; es decir, qué libros recomendaría leer si estas fueran mis últimas palabras y los nietos que todavía no tengo pudieran leerlas dentro de varios años.

Quiero pensar que cada libro, a su vez, los llevaría a otros y así sucesivamente:

La Odisea de Homero, para que sigan leyendo sobre viajes
Nuestros antepasados de Italo Calvino, para que continúen leyendo historias fantásticas
La Cartuja de Parma de Stendhal, para que lean después a Tolstoi
Moby Dick de Herman Melville, para que no dejen de perseguir ballenas blancas
El libro de arena de Borges, para que siempre lean a Borges

Y ya podría morir en paz.
Un abrazo grande,
Fernando

Fernando Iwasaki (Lima, 1961): Es autor de las novelas Neguijón (2005) y Libro de mal amor (2001); de los ensayos Nabokovia Peruviana (2011), Arte de introducir (2011), rePUBLICANOS (2008), Mi poncho es un kimono flamenco (2005) y El Descubrimiento de España (1996); de las crónicas reunidas en Sevilla, sin mapa (2010), La caja de pan duro (2000) y El sentimiento trágico de la Liga (1995), y de los libros de relatos España, aparta de mí estos premios (2009), Helarte de amar (2006), Ajuar funerario (2004), Un milagro informal (2003), Inquisiciones Peruanas (1994), A Troya Helena (1993) y Tres noches de corbata (1987), entre más de veinte títulos. Ha dirigido la revista literaria Renacimiento de 1996 a 2010.

www.fernandoiwasaki.com

http://bib.cervantesvirtual.com/bib_autor/iwasaki

www.facebook.com/pages/Fernando-Iwasaki/113091325437309

15 diciembre, 2011

Arriba y abajo

Embarcamos en el Mediterráneo. Es tan bellamente azul que uno no sabe cuál es el cielo y cuál el mar, por lo que en todas partes de la costa y de los barcos hay letreros que indican dónde esa arriba y dónde abajo; de otro modo uno puede confundirse. Para no ir más lejos, el otro día, nos contó el capitán, un barco se equivocó y, en lugar de seguir por el mar, la emprendió por el cielo; y como se sabe que el cielo es infinito no ha regresado aún y nadie sabe dónde está.

"Equivocación", de Karel Capek.


Incluido en la Microantología del Microrrelato III, donde la gente de Ediciones Irreventes ha tenido la amabilidad de incluir un breve cuento de mi autoría al lado de, por ejemplo, textos de escritores como Daniil Jarms, Jules Renard, Ambrose Bierce o Ariel Dorfman, además de varios autores menos conocidos.

14 diciembre, 2011

Barbies y compañía


Cayó en las vidas de las niñas nacidas a comienzos de los años cincuenta sorprendiéndolas en el inicio de la adolescencia. Niñas que habían visto Lo que el viento se llevó o las películas de Marlene Dietrich y se debatían entre dos alternativas: seguir el modelo materno o convertirse en aventureras seductoras. Barbie era bella, rica, independiente. Poseía objetos, vestidos y al menos un hombre, Ken, su novio. Y una serie de amigos. Seguramente tenía una profesión moderna: modelo publicitaria, periodista o actriz de cine. Su guardarropa revelaba viajes, responsabilidades, veladas elegantes. Comprarle un nuevo vestido a la Barbie con la cuota semanal era ganarse un adelanto de futura autonomía, una especie de ensayo general, una idea de futuro. Barbie no era una muñeca, era una aspiración.



Llega la edición española del Catálogo de juguetes, de Sandra Petrignani, con traducción de Guillermo Piro y posfacio de Giorgio Manganelli.

Más información:
http://paginasdeespuma.com/autores/sandra-petrignani/

13 diciembre, 2011

Tradición, familia y libertad



Fragmento de una larga entrevista publicada el viernes pasado en el diario Página/12, de Argentina:

Por Silvina Friera

El apego a las tradiciones, a ciertos ritos y creencias, no es monopolio de China. Eduardo Berti escribía El país imaginado, novela ganadora del Premio Emecé, cuando la voz de una joven china de 14 años parecía que le dictaba una historia en la que el futuro de ella y su hermano, apenas tres años mayor, estaba concertado de antemano por la familia. El matrimonio arreglado, bodas con vivos o con difuntos, era el único destino posible para esos adolescentes de la década del ’30 del siglo pasado, que no podían elegir ni opinar sobre los candidatos.

El asombro ante el experimento narrativo –otra época, otro país, otra edad, otro sexo– fue menguando a la sombra de un recuerdo. Una emoción confinada en las páginas amarillentas de la experiencia pasada regresó. El también desafío de los códigos de lo esperado. “Cuando decidí que quería escribir, tanto ficción como periodismo, y se lo anuncié a mis viejos, hubo una gran resistencia y pelea –cuenta el escritor–. El discurso de ellos era más o menos así: ‘Si a vos te da la cabeza para un título universitario, ¿por qué te vas a dedicar a otra cosa?’. Yo agradecí que tuvieran tanta confianza en mi cabeza, pero estábamos hablando de lo que yo quería hacer. No fue tan dramático; pero en su momento lo viví como si se me acabara el mundo.” El hijo, convencido de que debía ganar esa pulseada, le retrucó a su padre: “Si en cinco años no estoy haciendo periodismo, si no estoy escribiendo y ganándome la vida, dame una patada”. Cuando se cumplió el plazo, estaba trabajando desde hacía tres años en Página/12. La ficción llegaría después. “Sabía que tenía mucho por aprender y vivir, algo que aún siento”, dice Berti.

La adolescente narradora de la última novela de Berti, que a raíz de un malentendido se llamará Ling, tiene una familia muy supersticiosa. La muerte de la abuela –con quien la protagonista dialogará en sueños– recrudece las férreas costumbres, especialmente en el padre, que desea casar al hermano de la narradora con la mayor de las hijas de Gu Xiaogang, un funcionario con reputación de poeta con mayor prestigio social. Aunque esa boda no se concretará, casar al hermano de Ling se convertirá en la obsesión familiar. Ella, que no tendrá escapatoria a la sujeción filial, cree que la chica de los sueños para su hermano es Xiaomei, la hija del ciego que vende toda clase de pájaros en el mercado, “la criatura más deliciosa que yo hubiese visto en mi vida”, pondera la hermosura de esa muchacha que se parece a la actriz Ruan Lingyu. Sin importarle la diferencia de clase, aunque consciente de ese abismo, la protagonista cultivará un vínculo con Xiaomei, apuntalado por la fascinación que ejerce ese modelo de belleza a imitar y un sentimiento que se desliza por el umbral del amor. Xiaomei será quien rebautizará a la narradora como Ling por error. Y recibirá un legado de su amiga. Continuando y alterando la cadena que empezó con la abuela de su abuela, Ling le enseñará a Xiaomei el nu-shu, el idioma secreto de las mujeres, unos signos que bordaban en sus pañuelos para poder comunicarse y que conformaban un sutil sistema de escritura. En esta extraordinaria novela de Berti, el nu-shu es también el idioma de la amistad.

El escritor admite que El país imaginado es “muy diferente” a novelas como Todos los Funes y La sombra del púgil. “Esta es la primera vez que escribo en primera persona, las demás eran en tercera o en una primera colectiva, plural, rara. Pero aun siendo distinta, la siento más próxima tal vez a La mujer de Wakefield. Cuando encontré la voz de ella, me pasó como pocas veces que sentí que el personaje se me instalaba y me dictaba. No quiero que suene místico, pero simplemente tenía que saber escuchar. No es que había un ‘dictado divino’; pero esa voz tan fuerte se iba apoderando de lo que escribía.”

–Tiene algo de hechizante esa voz, un embrujo muy especial.

–Sí, hay algo de embrujo, de hechizo; de hecho es una voz que voy a extrañar. Me pasa también leyendo libros de otros que descubro que hay voces que al autor le cuesta abandonar. Al principio, cuando terminé la novela y me puse a escribir otras cosas, extrañaba mucho esa voz.

–¿Cómo fue el trabajo con la estructura de la novela, que en una parte combina la voz de Ling que no se llama Ling más la del fantasma de la abuela?

–Me gustó narrarlo del otro lado y romper. Al principio había escrito dos sueños contados por ella, pero no reconocía esa voz. Así como esa voz que había encontrado, Ling, que no se llama Ling, me dictaba su historia, sentía que los sueños los estaba escribiendo yo. Hasta que de pronto tuve la idea de hacerlo al revés y me pareció que se llevaba bien con el momento en que la abuela le dice que el soñado tiene otro registro más fuerte que el que soñó. Si se invierte esta lógica, este lugar común de los sueños, por qué no puedo invertir algo en cuanto a cómo se narra. Con eso intuí que estaba bueno hacerlo al revés.

–¿Se preserva esa insólita tradición, que parece ficción, de casarse con un muerto?

–Algunos me dijeron que no existe más; otros, que sólo se mantiene en lugares perdidos. Existió, fue muy fuerte, pero en la época de Mao se convirtieron muchas supersticiones, tradiciones y religiones. Cuando me enteré, leyendo un libro de tradiciones chinas, no lo podía creer. Esta tradición parece inventada, pero es real. Tenía mucho que ver con lo económico, con alianzas de familia.

–En la novela, lo increíble es que se genera un dilema porque no saben si el hermano de Ling se puede volver a casar o no, después del matrimonio con una difunta...

–Eso también lo pregunté, pero no conseguí que se pusieran de acuerdo (risas). Mis conocidos chinos me decían que no había tanto material. China es enorme, es difícil hablar de China como una sola cosa. Cuando le preguntás a alguien de Pekín si es cierto que en China ocurre tal cosa, te contesta: “En Pekín no, pero seguramente en otra región sí”. O te dice que en Pekín ocurre de tal modo, a doscientos kilómetros de otro y más al norte de otra manera. Cuando pregunté por lo del casamiento, me decían que era muy distinto según la región; pero había una tradición general que era parecida.

Sigue acá:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-23773-2011-12-09.html

Dos recuadros:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/23773-6398-2011-12-09.html

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/23773-6399-2011-12-09.html

12 diciembre, 2011

La víctima de la broma


Se paga a un hombre para que aconseje a los lectores de un periódico. Ese trabajo se considera sólo un truco para vender más ejemplares y todos los empleados lo toman a broma. Al redactor le parece bien el trabajo porque puede conducirle a la sección de notas de sociedad, y de todas formas está cansado de ser un protegido. También a él le parece que su trabajo es una broma, pero después de algunos meses de hacerlo, la broma empieza a escapársele. Se da cuenta de que la mayoría de las cartas son súplicas de consejo moral y espiritual profundamente humildes, que son expresiones confusas de sufrimientos auténticos. También descubre que los que le escriben le toman en serio. Por primera vez en su vida se ve forzado a examinar los valores según los que vive. Y este examen le demuestra que él es la víctima de la broma y no su autor.

Nathanael West, Miss Lonelyhearts (traducción de Bernardo Fernández)

10 diciembre, 2011

La culpa


Ya conocemos la historia del capitán al mando del avión de observación meteorológica que volaba delante del B-29 cargado con la bomba atómica. Le detuvieron en Texas doce años después de aquel día por asaltar una oficina de correos. Se declaró no culpable argumentando perturbación mental. Un psiquiatra de la Administración de Veteranos de los Estados Unidos testificó que sus problemas mentales se derivaban del sentimiento de cupabilidad que le causaba haber participado en el bombardeo atómico de Hiroshima. Pese a haber asaltado dos oficinas de correos, el jurado no lo halló culpable. Le eximieron y eso demuestra que la humanidad entera comparte un sentimiento de culpabilidad hacia Hiroshima.

Kenzaburo Oé, "Cuadernos de Hiroshima" (Anagrama)

09 diciembre, 2011

Boomerang


Le habían dicho que los perros siempre encuentran instintivamente el camino de regreso. Entonces el ingenuo Félicien bautizó al suyo Boomerang y lo llevó hasta los acantilados.

Éric Chevillard (Francia, 1964), "Chiens Écrasés"

En el blog de Chevillard (http://l-autofictif.over-blog.com/) abundan las frases y las observaciones punzantes.

08 diciembre, 2011

Borges y "ellos"


Un texto escrito por Carlos Gamerro y publicado hace unos 5 meses en la revista Ñ de Argentina:

Hace poco me invitaron a hablar de Borges en un programa de radio que recibía llamados de los oyentes; y promediando la hora de diálogo uno de ellos llamó para dictaminar: "Al fin y al cabo Borges es el escritor de ellos. Y punto".

Más allá de cuál fuera, exactamente, la definición de ese "ellos" (dado el contexto, presumo que sería política), la intervención me llevó a preguntarme: ¿por qué renunciaría alguien a la lectura de Borges y, más importante aún, qué se pierde quien se pierde a Borges? Borges es el gran maestro de la lengua española en el siglo XX, y uno de los más grandes de todos los tiempos, y lo que más se destaca en su lenguaje, más que su expresividad o su belleza, es su precisión y su potencia. Frases como "Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones" ("El sur"), "Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres" ("Tlön, Uq-bar, Orbis Tertius") y "Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche" ("Las ruinas circulares") se nos meten en el cuerpo (más que en la mente), y nos transforman para siempre.

Y no es su significado lo que está en juego, sino la minuciosa potencia de su lenguaje: cambiemos una sola palabra de la primera frase, por ejemplo, o pongamos las mismas palabras en otro orden, y la convertiremos en una vulgar receta de autoayuda.

Allen Ginsberg sostenía que algunas frases o poemas pueden modificar para siempre la estructura electroquímica de nuestro sistema nervioso; William Gibson, uno de los fundadores del cyberpunk , explica su propia expe- riencia de leer tempranamente a Borges como la de la instalación de un nuevo software en su cerebro.

Suponen, algunos, porque les resulta difícil, que Borges `desprecia a sus lectores’ (sí, lo he escuchado). Es cierto que Borges no parece ser de esos escritores que se preguntan, cuando escriben, qué quieren sus lectores (palabra, esta última, que suele ser un eufemismo para `mercado’).

Borges nos hace el más grande honor: no nos toma por infradotados, nos tiene confianza, nos supone capaces de convertirnos en mejores lectores: para ese que podemos llegar a ser, él escribe; y está en nosotros no defraudarlo.

Esta dificultad, por otra parte, depende en mucho de por dónde se empiece a leerlo: "El inmortal" es quizás su mejor cuento, pero nunca lo recomendaría como primer contacto ­lo mismo puede decirse de maravillas como "Tlön Uqbar, Orbis Tertius" o "Pierre Menard, autor del Quijote": no son cuentos por los que se empieza sino a los cuales se llega al cabo de un largo recorrido. Nadie, en cambio, podría argumentar que no lee a Borges porque le costó adentrarse en cuentos como "El fin", "El muerto" o "La intrusa".

Otro reparo que suele hacérsele es que es un autor `demasiado intelectual’, que nunca `salió de la biblioteca’, al que le falta `vida’, si se lo compara, por ejemplo, con Neruda (la comparación, vaya uno a saber por qué, se ha vuelto un clásico: quizá por el título de la autobiografía del segundo, Confieso que he vivido; mientras que la del primero podría haberse titulado Confieso que he leído).

Borges no enseña a vivir (ningún buen escritor lo hace, por suerte) pero enseña a leer; quizá no sea el mejor escritor del siglo XX, pero es sin duda su lector más inteligente y sensible. Mediante la escritura algunos hombres han logrado transmitirles a otros hombres, a lo largo de los siglos, lo poco que han logrado entender del mundo y de sí mismos y, más importante aun, lo mucho que les sigue y seguirá resultando incomprensible.

Gracias a los libros, no tenemos, en cada generación, que empezar prácticamente de cero.

Creer que alguien que dedica la mayor parte de su tiempo a leerlos sabe menos de la vida que alguien que anda por ella a los tumbos es tener un concepto algo limitado de la vida.

Borges no es sólo el mejor escritor argentino, sino el más argentino de los escritores. Quienes lo llamaban extranjerizante o europeo tienen una noción algo restrictiva y esencializante de lo nacional: aquello que debe ser purgado de "lo extranjero". Esa mezcla de lo indígena, lo español, lo criollo y de los aportes de la múltiple inmigración posterior, esa capacidad de pasar de un plumazo del gaucho a la Divina comedia, como si todo fuera nuestro (quizá nada lo sea) es lo que nos define y lo que Borges, mejor que nadie, supo poner en palabras.

La manera en que Borges lee la tradición "extranjera" es, además, profundamente argentina: más que extranjerizarnos a nosotros los argentiniza a ellos, fatalmente a veces. Me explico: es sabido que las culturas centrales nos leen, pero no les simpatiza que las leamos.

Si un académico estadounidense publica un libro sobre Borges, o sobre Perón para el caso, tanto él como nosotros consideramos una obligación traducirlo, publicarlo y leerlo. Ahora, imaginemos el caso paralelo de un argentino que escriba un libro sobre Melville o Lincoln: ¿cuántas editoriales, universidades y lectores estadounidenses se lanzarán sobre ellos con equivalente brío? Borges es la notable excepción a esta regla. Unico entre los escritores latinoamericanos, el hombre que alguna vez definió el mar como "la pampa de los ingleses" fue capaz de imponerles a los países centrales su lectura de los propios clásicos: ni los españoles pueden leer a Cervantes, ni los italianos a Dante, ni los ingleses a la antigua literatura anglosajona ignorando la manera en que las modificó para siempre este ratón de una perdida biblioteca sudamericana.

Siendo alumno en la universidad, le escuché a Beatriz Sarlo una frase que se me quedó grabada: "Decir que Victoria Ocampo es una escritora de la oligarquía es regalarle a la oligarquía argentina una escritora que no se merece".

Quienes creen que Borges es el escritor de "ellos" (sean quienes sean) no sólo se lo pierden: les están haciendo a "ellos" el mejor de los regalos posibles.

Enlace original:
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Borges-el_mayor_escritor_argentino_y_el_mas_argentino_de_los_escritores_0_499150338.html

06 diciembre, 2011

El oso Lemío

-Podrías contarme algo de tus sueños, porque por lo que sé son recurrentes y han abierto el camino a no pocos de tus relatos. Además tenés la suerte de poder retenerlos, atrapar las imágenes que luego te van a servir.

-Los sueños son capitales en mi vida. Si hago la cuenta de los que dieron origen a mis cuentos deben ser muchos. Empezando por Casa tomada, que fue una pesadilla vivida y escribí el cuento la misma mañana después de haberla tenido. Hay algunos sueños que puedo recordar nítidamente al despertarme, otros trato de atraparlos y se me van como una nube. Pero los más terribles me marcan de tal manera que aun en este momento en que te estoy hablando veo esa imagen que luego será Ciclón Molina en Segundo viaje; estoy viendo mi pesadilla como si hubiera estado ayer en la morgue viendo un cadáver. También tengo sueños alegres, por supuesto, pero nunca he escrito un cuento con ellos. O sueños anodinos, o divertidos. Fijate, yo tengo sueños en los que hago juegos de palabras, pero eso es deformación profesional del escritor y cuando me despierto y me acuerdo del sueño me río mucho porque descubro que son anagramas que esconden otra frase y yo descubro la clave. Algunos son muy tontos. Por ejemplo, en una época en que yo sufría un problema afectivo, de separación, tenía un osito de felpa que era un símbolo entre nosotros, y lo perdí; se fue con ella, y yo me acordaba de ese juguete con cariño. Una noche soñé con ese osito y alguien me decía que se llamaba Lemío, nombre que jamás yo, ni la mujer en cuestión, le habíamos dado. Cuando me desperté, como ya sé analizar mis juegos de palabras, me di cuenta de que era completamente estúpido, pues se trataba de la canción napolitana, "O sole mio", "Oso-lemío"...

Julio Cortázar entrevistado por Osvaldo Soriano en la revista Humor, septiembre de 1983.

(La entrevista completa, aquí)


05 diciembre, 2011

Unos fotógrafos

En la avenida me asalta una duda, ¿cómo probarles a estos extraños que existo? No llevo a cuestas ningún documento ni una constancia de domicilio ni un carnet de identidad, nada. Con esta idea en mente visito a un fotógrafo. Cinco minutos bastan para obtener seis copias con reproducciones de uno mismo. Nuevamente sereno, me siento ante el ojo mecánico. Pero el fotógrafo es un farsante y la foto que me entrega, tras una espera de un cuarto de hora, es la de un ex presidente de la república. No pierdo el tiempo en discusiones y corro a ver a su colega más cercano . Allí, al cabo de una buena media hora, me dan el retrato de una niña con sonrisa boba. Estallo de furia. ¡Usted sabe que no soy yo! Misma escena con un tercer fotógrafo, pero en el papel impreso, esta vez: un anciano de barba. Pago y me retiro callado. Veinte fotógrafos me hacen tomar asiento delante del objetivo y mis rasgos, cuando pasan por la cámara oscura, se vuelven sucesivamente la cabeza de un hombre gordo y pelado, la de un oficial de caballería, la de un niñito que toma la comunión, la de un actor de cine, ¡después la cara de un bulldog, después la imagen de una compotera! No me atrevo a explicarles, al ver su notoria buena fe, que sus artefactos están estropeados, que esas fotos de así llamada identidad nada tienen que ver conmigo. La cosa prosigue hasta que me llevo una mano a la frente y al fin recuerdo que ya no tengo identidad y que, más aún, nunca se ha exigido una foto para labrar un acta de defunción, única pieza legal que mis contemporáneos tienen genuino derecho a exigirme.

Des photographes, Marcel Béalu (traducción de Eduardo Berti). Incluido en Journal d'un Mort (Phébus-Verso, 1978).


Amigo de Max Jacob, admirado por Antonin Artaud o Jean Paulhan, Marcel Béalu (1908 - 1993) desempeñó decenas de trabajos (entre ellos, ante todo, el de librero) mientras publicaba una obra tan abundante como singular. Mémoires de l'Ombre (1941), L’Expérience de la nuit (1945) y Contes du demi-sommeil (1960) destacan entre sus obras en prosa, aparte de varios libros de poesía. El relato que aquí presento pertenece a Diario de un muerto, un libro publicado originalmente por Gallimard, en 1947, en el que se reúnen muchos relatos breves y muy breves, casi todos al borde de lo onírico, cuyo protaonista es siempre el mismo: un tal Marcel, un muerto que conserva la conciencia y que, como se empeña en seguir viviendo su vida, entra en los cafés, se refugia en los hoteles, se pasea por las calles o toma el tren.

03 diciembre, 2011

Cuadernos de Twain


El sitio The Art of Manliness muestra imágenes de los cuadernos de notas de veinte personajes históricos, entre ellos Thomas A. Edison, Leonardo da Vinci, Frank Capra, Isaac Newton, Ernest Hemingway, Charles Darwin y Thomas Jefferson.

Estas son imágenes de los casi cincuenta cuadernos de notas que Mark Twain fue llenando a los largo de décadas.

En los cuadernos de Twain abundan observaciones de lugares y de personas, pensamientos políticos, dibujos, esbozos de anécdotas, invenciones y, sobre todo, breves e ingeniosas frases como "La modestia murió cuando nació la ropa", aforismo que (como se ve) pasó antes por otras versiones menos contundentes como "La modestia antecede a las ropas" y condujo al implacable "La modestia murió cuando la falsa modestia nació".


También era Twain, según parece, muy afecto a los listados de títulos. Por ejemplo "3.000 años entre los microbios, por un Microbio":


La University of California Press publicó tres grandes volúmenes con la integralidad de los cuadernos y diarios de Twain. El primer tomo abarca de 1855 a 1873, el segundo de 1877 a 1883 y el tercero va desde 1883 hasta 1891 .

Enlace original:
http://artofmanliness.com/2010/09/13/the-pocket-notebooks-of-20-famous-men/

29 noviembre, 2011

Entrevista en Revista Ñ


Larga entrevista de Jorgelina Núñez para la revista Ñ, del diario Clarín (Argentina), acerca de mi última novela:

Como si hubiera soltado las amarras de un barco anclado en la reescritura de algunos textos canónicos, con El país imaginado –ganadora del premio Emecé–, Eduardo Berti se lanzó a la aventura y llegó tan lejos como le fue posible. Atrás quedó La mujer de Wakefield , una de sus novelas más celebradas, en la que se apropiaba del relato de Nathaniel Hawthorne para ofrecer desde el punto de vista de la esposa otra versión de la misma historia, o los personajes homónimos que en Todos los Funes evocaban al Ireneo de Borges y a los Funes que aparecían en los cuentos de Cortázar.

La China que compone Berti es apenas un aspecto de ese país imaginado del que habla el título, porque carece de fronteras y abarca territorios que pertenecen a las fantasías, los sueños y los deseos. Es también la región difusa que habitan los fantasmas, a medio camino entre los vivos y los muertos, seres desalojados del mundo al que no quieren o no pueden abandonar del todo. En ese escenario concibió una historia que transcurre a comienzos de la década del 30 del siglo pasado. Allí, tras los rituales de la muerte de su abuela, una joven de catorce años y su hermano algo mayor temen y ansían respectivamente el futuro que la familia les destinará. Un matrimonio seguro sobre el que no tendrán elección posible y que en el mejor de los casos mejorará su posición social. En los vaivenes de la búsqueda de candidatos, aparece otra adolescente, Xiaomei, de una clase social inferior y de la cual la narradora queda prendada. Con ella mantiene un vínculo marcado por la fascinación y un sentimiento que se parece bastante al amor. Mientras tanto, una extraña peste desbarata los planes de boda y el hermano de la protagonista queda comprometido en una relación espectral. Por su parte, en el tiempo impreciso que diluye los umbrales entre la vigilia y el sueño, la narradora y su abuela encuentran nuevas formas de comunicación.

China y los fantasmas ya se habían cruzado antes en el destino del escritor. Como director de la editorial La Compañía, Berti publicó en 2008 la traducción del libro de Lafcadio Hearn, un irlandés que investigó antiguas leyendas y las reunió bajo el título de Fantasmas de la China . También fue el autor de la idea y el compilador de otro libro – Fantasmas (Adriana Hidalgo, 2010)– que recoge textos sobre seres ultramundanos que no se limitan a la frecuentada tradición anglosajona victoriana y van mucho más atrás en la historia de la literatura universal. Durante la etapa de búsqueda, se encontró con relatos sorprendentes que databan del 200 o 300 después de Cristo y que le resultaron modernísimos por el modo como estaban escritos.

Sin embargo, cuando se le pregunta si ése fue el origen de la novela, Berti responde: Fue una conjunción de elementos que el azar o lo que fuera dispuso. Por un lado, están esos libros más otro que me resultó fascinante: el Manual de supersticiones chinas (1926), del jesuita, misionero y sinólogo francés Henri Doré, que abunda en detalles acerca de las prácticas funerarias y las apariciones de espíritus. Por el otro lado, mi mujer que es fanática de los idiomas, se puso a estudiar chino hace siete años y se apasionó tanto que nunca paró. Hasta el punto de que eso nos impulsó a visitar el país durante dos meses; allí hicimos algunos amigos que más tarde me ayudaron con la novela. De manera que por el costado literario y por el doméstico me fui enterando de una cantidad de cosas que me llamaron mucho la atención y que luego alimentaron la ficción.

¿Cuáles?

En el inicio de la novela, la protagonista narra la suave agonía de su abuela y los preparativos de su partida. Una de las prácticas consiste en retirarle la almohada para que pueda descansar en paz. “Paz” en lenguaje mandarín también significa “recto, horizontal”. La almohada se amarra al techo para que se descomponga a la intemperie. Muchísimas de estas tradiciones arraigan en supersticiones milenarias en relación con la reencarnación y el regreso de los muertos bajo otra apariencia. Su incumplimiento acarrea, además, que no puedan irse del todo y la aparición de los fantasmas.

Pero además hay otras...

También me había impresionado el casamiento con los muertos, la boda que se celebra cuando hay una pareja de novios comprometidos y uno de ellos muere. Y lo que les pasa a las mujeres que mueren solteras y a las que por esa razón se les niega una lápida. No hay que olvidar que la cultura china tiene una relación muy distinta con los muertos, en la que el fantasma está mucho más presente por distintos motivos que pueden ser la venganza o la deuda pendiente; no vienen estrictamente a asustar aunque algunos puedan ser tremendamente sangrientos.

¿No temió quedar Ud. mismo fascinado por esa cultura?

Quise evitar a toda costa el lugar común de que por ser una novela que transcurre en China, se convirtiera en una fábula. En todo caso sólo admitiría pensarla como una fábula fantástica. Hay momentos fantásticos, especialmente los relativos a los sueños, pero lo demás tiene un tratamiento bastante realista. Lo que me interesaba era una cierta verosimilitud, porque la novela no es sobre China. En mi libro, China no es real ni imaginaria, es imaginada y en consecuencia, un tanto borrosa. Lo cual excluye el típico uso de China desde una mirada puramente occidental. China es tan grande que todo es posible.

¿Cómo eludió la trampa del exotismo?

Sabía que no quería caer en él, por eso tuve muy presente lo que decía Saer respecto de los autores latinoamericanos que usaban su literatura como si salieran a vender artesanías, o lo que escribió Borges respecto de que en el Corán no hay camellos. Esas lecciones las llevo grabadas a fuego. Me cuidé de no ponerle nombre a la ciudad en la que transcurre para evitar la localización y no abrumar con los nombres chinos de la familia. Al contrario, creo que al hablar simplemente del padre, de la madre o del hermano sin nombrarlos establecía una mayor cercanía. Por otro lado, cuando al final de la novela y de manera colateral aparecen ciertas contextualizaciones como la guerra con Japón, son apenas un telón de fondo. Lo importante para mí era que no hubiera vicios de novela histórica ni de novela turística.

Sigue aquí.