28 mayo, 2014

El amor en Japón


Por Eduardo Berti


Nacida en Tokio en 1958, Hiromi Kawakami estudió ciencias naturales, fue profesora de biología y se dio a conoce fugazmente, a principios de los años ochenta, como autora de ciencia ficción bajo el alias de Yamada Hiromi, hasta que en 1994 publicó su primer libro de cuentos, Kamisama (Dios, aún no traducido al castellano), seguido dos años después por la novela Hebi wo fumu (Pisar una serpiente, tampoco traducida hasta el momento), que le valió el premio Akutagawa y la instaló como una de las escritoras más populares de su generación, junto a Yoko Ogawa o Banana Yoshimoto.

Manazuru apareció en Japón en 2006 y es el quinto libro de Kawakami que publica la editorial Acantilado. Menos conmovedora que El cielo es azul, la tierra blanca (en japonés Sensei no kaban, algo así como «El maletín del maestro»), su novela más leída, ganadora del premio Tanizaki y adaptada al cine con gran repercusión; menos vital y entretenida que Algo que brilla como el mar, en la que se retrata con notable ironía a una «familia particular» y a un grupo de adolescentes, Manazuru acaso no sea la puerta de acceso ideal para quien no conoce aún la muy recomendable obra de Kawakami, pero, así y todo, es una lograda novela con ingredientes singulares: bastante más melancólica que las demás, dotada de una dimensión «fantástica» que aparecía en cuentos aislados («Cien años»), si bien no en las novelas antes mencionadas.


 Manazuru cuenta la historia de una mujer (Kei) cuyo marido (Rei) desapareció hace más de diez años sin dejar ningún rastro. O casi ninguno, salvo una pequeña anotación en su diario íntimo: la palabra Manazuru, que es el nombre de una ciudad costera. Intrigada por este único indicio, Kei toma un tren de Tokio a Manazuru y efectúa el primer viaje de una serie. Su objetivo es explicarse de una vez por todas si Rei está vivo o muerto, si Rei se ha ido por accidente o por iniciativa propia. «Me pregunto si mi marido quería morir o si desapareció porque quería vivir», discurre mientras intenta entender y finalizar su duelo, por lo que recordar y olvidar se vuelven inquietantemente parecidos en ese sitio llamado Manazuru. «Una vez había oído que, si conseguías soñar con algo que habías perdido, significaba que la herida de la pérdida empezaba a cicatrizar», puede leerse al inicio de la novela. Y enseguida: «Todavía no he soñado con Rei ni una sola vez».

Gran parte de las novelas de Kawakami están narradas por mujeres. La narradora de Manazuru podría muy bien ser un álter ego de la autora (tiene casi su misma edad y vive de la escritura), pero evoca sobre todo a la madre de Algo que brilla como el mar: otra escritora y periodista que también ha tomado como amante a su editor. Las familias de ambas novelas, de hecho, se parecen y no por ser felices: el padre está ausente (de manera muy distinta, claro); la abuela (la madre de la escritora) cumple un rol considerable, casi como una segunda madre, y existe un único hijo adolescente, varón en Algo que brilla como el mar y mujer, Momo, en el caso de Manazuru.

El subtítulo de Manazuru, «Una historia de amor» (el mismo ya utilizado para la traducción al castellano de El cielo es azul, la tierra blanca), podría llamar a cierto engaño. Por supuesto, Manazuru expone y analiza sentimientos amorosos. Pero el gran tema es, acaso, la distancia con respecto a lo amado: el marido que se ha eclipsado de pronto, la hija adolescente que se aleja poco a poco: «No puedo olvidar que, años atrás, Momo pertenecía a mi cuerpo, y ahora me resulta imposible imponer distancias entre ella y yo».

Fragmento de mi reseña de Manazuru, publicada en "Revista de Libros". El texto completo puede leerse aquí: http://www.revistadelibros.com/resenas/el-amor-en-japon