16 octubre, 2013

Cinco libros: Eloy Urroz



Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Eloy Urroz:

Mis 5 mejores latinoamericanas de todos los tiempos:

El astillero
La casa verde
Noticias del imperio
La vida breve
La guerra del fin del mundo


Mis cinco favoritas relativamente recientes:

Disgrace
Liquidacion
Nieve
Cronica del pajaro que da cuerda al mundo
Los detectives salvajes

Mis 10 favoritas de todos los tiempos:

Crimen y Castigo
Ana Karennina
En busca del tiempo perdido
Don Quijote
Luz de agosto
El astillero
El Conformista
Disgrace
Las ilusiones perdidas
El idiota


Eloy Urroz (Nueva York, 1967) es autor de las novelas Las leyes que el amor elige (1993), Las Rémoras (1996), Las almas abatidas (2000), Un siglo tras de mí (2004), Fricción (2008), La familia interrumpida (2011) y La mujer del novelista (2014).  Junto con Jorge Volpi e Ignacio Padilla publicó Tres bosquejos del mal (1994), coeditó con Volpi Dos novelitas poco edificantes (2003) y más tarde Crack. Instrucciones de uso (2004). Ha escrito ensayo, libros de poesía y una crónica política. Varias de sus novelas han sido traducidas al inglés, francés, italiano, alemán y portugués. Actualmente es profesor de literatura latinoamericana en The Citadel College, en Charleston, South Carolina 

12 octubre, 2013

La madre



La niña escribió un cuento.  “Hubiera sido mejor una novela”, dijo su madre.  La niña construyó una casa de muñecas.  “Hubiera sido mejor una de verdad”, dijo su madre.  La niña hizo una almohadilla para su padre.  “Hubiera sido más práctica una colcha”, dijo su madre.  La niña hizo un pequeño hoyo en el jardín.  “Mejor uno más grande”, dijo su madre.  La niña hizo un hoyo grande y se durmió en él.  “Mejor dormirte para siempre”, dijo su madre.


"La madre", de Lydia Davis (traducción de Adriana Valdés).
Más sobre Davis, aquí y aquí.

06 octubre, 2013

Lettres du Monde




El escritor argentino Eduardo Berti ha sido elegido por el festival Lettres du Monde, de Burdeos, Francia, para inaugurar su 10ª edición, el próximo miércoles 9 de octubre. La ceremonia se efectuará en el gran Teatro Molière-Scène d'Aquitaine. 

Berti leerá un texto escrito especialmente para la ocasión y ofrecerá, junto con el dúo musical Las Hermanas Caronni, una lectura-musical basada en su última novela (El país imaginado) y en los cuentos de su libro La vida imposible, que Páginas de Espuma reeditará próximamente en España. 

El festival Lettres de Monde reúne, cada año, a prestigiosos autores de todo el mundo. Entre los invitados de esta nueva edición se cuentan Percival Everett, Jaume Cabré, Emmanuel Pinto, Jens Christian Grondhal, Stephanie Benson, Peter Stamm, Rosie Pinhas-Delpuech, Leila Sebbar, Charif Majdalani, Diego Vecchio, Mourad Djebel y José Carlos Llop.

http://www.lettresdumonde.com/

04 octubre, 2013

El sobrio aroma del papel


The Leisure Society, una de las últimas perlas de la música inglesa, rinde tributo a Sylvia Plath con su rock barroco y sutil 

https://www.youtube.com/watch?v=3x9HYGRxnOE&list=PLD0953E4AE4D2BC9F

03 octubre, 2013

Infiltrados


Por razones de seguridad, el próximo "superclásico" del fútbol argentino (el proverbial Boca-River o River-Boca) se jugará en el estadio Monumental sin público visitante (sin hinchas de Boca). No es la primera vez que esto ocurre. Una crónica aparecida hoy en el diario La Nación narra un caso de hace una década, cuando varios simpatizantes de Boca fueron "de incógnito" o "infiltrados" a ver el partido.

20.20. Hace rato que el sol no alumbra en la ciudad. Faltan 40 minutos para el partido y el Mago se junta con cuatro amigos en la Panadería. ¿El objetivo? Ensayar no gritar goles ¿Cómo se hace? "No sé, es jodidísimo", reflexiona. Cerca de las Cañitas, Matías se sube a otro taxi, esta vez junto a su madre. La radio vive la previa del clásico y recuerda la leyenda del panfleto que circuló entre los hinchas millonarios: "Asistir con los colores de River". Vestido con una campera blanca con mangas rojas, el joven aprieta en su mano derecha la vieja remera de la banda que encontró perdida en el cajón de su hermano. El Negro, en cambio, elige la casa de su suegro, a cinco cuadras de la cancha, como punto de encuentro. Aún no es consciente, pero al llegar a la esquina de Iberá y Libertador y toparse con una "marea de hinchas de River", un frío recorre su cuerpo y se pregunta: "Esto no es joda, ¿qué estoy haciendo?". Para no levantar sospechas, compra un gorrito en la calle.

Matías y su madre ya están en la Belgrano alta. Unos pesos como incentivo ayudan para conseguir una mejor ubicación. El Mago, lookeado con una bufanda, sube los escalones para ingresar a la misma platea. Un amigo suyo, con un poco más de imaginación, está de traje y se aferra a un portafolio lleno de diarios, simulando venir desde la oficina. Una vez en su ubicación, y al levantar la mirada por primera vez, reconoce "no menos de 100 personas" que suele cruzarse en la popular de la Bombonera. Hay miradas cómplices, como brindando un apoyo tácito. El Negro prefiere no buscar, intenta pasar lo más desapercibido posible.

Entra Boca al estadio y, entre el bullicio de más de 60 mil personas, un infiltrado cerca del panadero no resiste y lanza un grito de aliento xeneize. La reacción es inmediata y varios millonarios se paran a increparle. El Mago, simulando ser un hincha pacifista, sale al rescate y le pide que se vaya. Ante la negativa, insiste por lo bajo: "Tomatelá, somos varios en tu situación". Obedece sin responder. Comienza el partido.
La crónica completa, acá:
http://canchallena.lanacion.com.ar/1625258-infiltrados-el-dia-que-los-hinchas-de-boca-festejaron-con-los-colores-de-river


02 octubre, 2013

Alarma y esperanza


















Cada obra es una apuesta, un salto mortal, la sombra del sueño y del deseo, de la lucidez y la solvencia. No es un abandono, una facilidad; es una conjugación de la alarma y la esperanza, del desencanto y la realidad resignificada.~


Edgar Bayley (“Estado de alerta y estado de inocencia”, editorial Argonauta).

27 septiembre, 2013

Tumbas etruscas




-¿Adónde vamos? -preguntó Giannina.
Marido y mujer iban sentados delante con la niña en el medio. El padre apartó la mano del volante y la puso sobre los morenos ricitos de su hija.
-Vamos a echar un vistazo a unas tumbas de hace más de cuatro o cinco mil años -respondió, con el tono de quien empieza a relatar un cuento y, por esa razón, no vacila en exagerar con las cifras-. Tumbas etruscas.

(...)
-Papá -preguntó otra vez Giannina-, ¿por qué dan menos tristeza las tumbas antiguas que las más recientes?
Un grupo más numeroso que los otros, que ocupaba buena parte de la carretera, y cantaba en coro sin pensar en ceder el paso, había obligado al automóvil casi a detenerse. El interpelado metió la segunda.
-Es lógico -respondió-. Los muertos de hace poco están más cerca de nosotros y precisamente por eso los queremos más. Los etruscos, verdad, hace tanto tiempo que
murieron -y de nuevo estaba relatando un cuento-, que es como si no hubieran vivido nunca, como si siempre hubiesen estado muertos.
Otra pausa, más larga, al término de la cual (estábamos ya muy cerca de la explanada contigua a la entrada de la necrópolis, llena de automóviles y autocares) fue Giannina quien dio su lección.
-Pero, ahora que dices eso -dijo con dulzura-, me recuerdas que también los etruscos vivieron y que los quiero también a ellos como a todos los demás.


El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani.

24 septiembre, 2013

Mollat





Vitrina de la librería Mollat, de Burdeos (Francia). Según muchos, la librería más grande en superficie de toda Francia. Según algunos, una de las tres más grandes de toda Europa.


21 septiembre, 2013

El reino del revés




Bojana Danilovic, una joven de Serbia, sufre de una extraña condición que ha dejado a los médicos y los científicos desconcertados. Licenciada en economía y con 28 años esta chica ve todo al revés.
Los expertos que examinaron a Bojana Danilovic dicen que ella sufre de una enfermedad cerebral rara, llamada "fenómeno de la orientación espacial. En términos simples significa que sus ojos ven las cosas de la manera correcta, pero por alguna razón su cerebro los cambia.

Los problemas extraños de Bojana continuaron cuando comenzó a escribir. Ella tomaba un papel en blanco y empezaba desde la esquina inferior derecha y terminar en la esquina superior izquierda. En casa, se tiene que encender el televisor de cabezas para ver su programa favorito, mientras que su familia tiene que usar otro. Ella siempre tiene su teléfono móvil y el periódico al revés, y muchas veces se acercan personas que le dicen que lo está leyendo mal. "Yo nací de esta manera. Es sólo mi forma de ver el mundo." Su mayor lamento es que no puede obtener una licencia de conducir.

19 septiembre, 2013

La corona de los días


El ZOHAR, primera edición impresa: 1558


Los días que han de constituir la vida del hombre están todos unidos en el momento del nacimiento. Luego bajan aquí, a la tierra, uno después del otro, y cada uno exhorta al hombre a no pecar en su día. Cuando un día ve que el hombre no lo va a escuchar, pues está dedicido a pecar, se llena de vergüenza. Entonces regresa a las regiones superiores a dar testimonio de las acciones del hombre. Pero queda completamente separado para siempre del resto de los días. Sin embargo, si el hombre se arrepiente, ese día que ha sido excluido del cielo a causa de los pecados del hombre recibe permiso para volver. De otro modo, el día viene aquí, a la tierra, y se posesiona de un cierto hogar. Después de tomar la forma de hombre, trata de inducir al mal al dueño del hogar. Pero si el dueño hace sólo el bien, entonces el día es forzado a hacer el bien.

Al final de los días, cuando el rey supremo pasa lista a los días del hombre, este día se pierde, y como la corona de días está incompleta, el hombre no puede ser coronado.

Del "Zohar" (o "Libro del esplendor"), escrito por Moisés de León entre 1280 y 1286. Traducción de Ariel Bension.

17 septiembre, 2013

May I?


Salí a pasear por la calle, en busca de un lugar para comer. Encontré un cafecito donde había una chica. Le dije: "¿Puedo sentarme y mirarte un rato? Me gustaría la compañía de tu sonrisa. No tenés que decir nada. Como una canción sin letra..."


(Hace rato que postergo este simple tributo a Kevin Ayers, fallecido en febrero pasado)

16 septiembre, 2013

Un hombre en una isla



John Donne, poeta inglés de los llamados metafísicos, muerto en 1631, es el autor de un texto que daría al novelista norteamericano Ernest Hemingway, tres siglos más tarde, la clave de lo que se proponía decir en una larga narración dedicada a la guerra, la muerte y la esperanza: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra (...) la muerte de cualquier hombre me 
disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca hagas
preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”, escribió Donne, en una de las
más conmovedoras síntesis que nos legara el naciente humanismo moderno.
 
Daniel Defoe, inglés como Donne, murió en 1731, justo cien años después de que lo hiciera el poeta. Dos siglos antes de que Hemingway escribiera Por quién doblan las campanas, Defoe concibió la novela más clásica sobre la soledad física y espiritual de un hombre en una isla, Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante (1719). En aquel relato el novelista inglés se proponía trabajar, entre otras tesis, la de que a pesar de la inteligencia y la voluntad que le permitieron sobrevivir, prosperar y hasta alcanzar un estadio muy cercano a la felicidad, el náufrago solitario nunca dejó de pensar en su regreso a la sociedad. Robinson Crusoe constató, con su dolorosa experiencia, que todo hombre está ligado a un destino colectivo y su vida es el resultado de otras muchas vidas que lo antecedieron o lo acompañan en su tiempo, que lo completan con ser social. Porque
un hombre es, siempre, un continente, y así parece pensarlo este célebre personaje,
sentado en la playa de una pequeña isla despoblada, con la vista fija en el mar inescrutable.

Leonardo Padura sobre Robinson Crusoe. Fragmento del texto que acompaña las maravillosas ilustraciones de Ajubel (más dibujos, acá).

15 septiembre, 2013

Leiser


Leiser y Alberto Luis Grimoldi, hace tres años.

La conmovedora historia de la berlinesa Liselotte Leiser de Nesviginsky, sobreviviente del nazismo, y del zapatero argentino Grimoldi, narrada por ella misma en el diario Clarín, de Buenos Aires:

La cadena de zapaterías de mi familia, “Leiser”, llevaba nuestro apellido y tenía más de treinta y cinco sucursales. Para el año 1933 aproximadamente estuvo de visita en uno de nuestros negocios Alberto Enrique Grimoldi, el conocido fabricante argentino de zapatos, hijo a su vez de quien fundó esa empresa en 1895. Alberto había venido para aprender en los negocios de mi familia todo lo relacionado con la atención al cliente, la venta de calzado al público, la comercialización del producto. Recuerdo como si fuera hoy que Alberto se sentó en banquito de madera de esos que se usaban entonces para ver en detalle, en vivo y en directo como se dice ahora, el procedimiento que utilizaban los vendedores de la firma.
Ninguno de nosotros podía imaginar la importancia que tendría ese hombre que de tal modo se cruzó con nuestras vidas para siempre.
Pasaron los años y la oscura estrella de Hitler siguió ascendiendo en una Alemania que se volvía cada vez más peligrosa y temible. En el año 33 la cadena Leiser, cuyas fotografías pueden verse hoy en el Centro Conmemorativo del Holocausto de Montreal, fue “arianizada” y, como consecuencia de ese despojo cruel y racista, mi familia fue obligada a “asociarse” en forma compulsiva con una persona no judía y así pasar el negocio a manos “arias”. En noviembre de 1938 se produjo la tristemente célebre noche de los cristales rotos, esa que quedó en la historia de Alemania con el nombre de Kristallnacht .
A partir de ese episodio vinieron ataques permanentes y cada vez más duros contra los judíos con persecuciones de todo tipo. Sin ir más lejos, ya unos años antes, yo asistía a un liceo de señoritas hasta que a la edad de catorce años fui notificada por una profesora diciéndome, con una sonrisa entre cínica y fría, pero también como un alerta de lo que se venía, que debía buscar inmediatamente otro lugar ya que por ser judía no podría continuar estudiando en ese liceo.
Cuando la situación se volvió intolerable para todos nosotros, mis padres decidieron viajar conmigo desde Berlín a Holanda procurando buscar un lugar más seguro y tranquilo. Recuerdo ese momento crítico y angustiante con el mayor detalle que mi débil memoria permite. Íbamos a embarcarnos, creo, en un avión de la línea Lufthansa. En la aduana los SS nos desnudaron por completo para comprobar que no lleváramos joyas escondidas en el cuerpo (…)
En mayo de 1940 también ese país fue invadido y ocupado por los nazis. Ante el riesgo de perder también los negocios en Amsterdam se produjo la segunda y milagrosa intervención de Grimoldi, quien se hizo cargo de la cadena en Holanda mediante una operación comercial obviamente ficticia y con la promesa de devolver el patrimonio recibido no bien terminara la Guerra. Un verdadero pacto de caballeros. También –aunque yo era muy joven para conocer el detalle– sé que cuando mi familia aún estaba en Alemania le envió dinero a él con la sola promesa de palabra de que luego lo devolvería. Y así fue. A veces me preguntan por qué mi familia confió tanto en Grimoldi. La respuesta es mucho más simple de lo que podría suponerse. Mis padres decidieron asumir el riesgo y, así, aferrarse a la promesa de ese hombre que, en un mundo que se les caía encima, les generaba confianza. A veces en la vida hay que dar un espacio a los valores permanentes de la condición humana.
Lo que pasó después es algo muy triste de contar y evocar para mí. Un día, a las seis de la mañana yo estaba parada y como perdida en la puerta de nuestra casa en Amsterdam; en la noche anterior había salido a bailar con unos amigos en un bar de las cercanías cuando llegaron los de la Gestapo. Debo advertir que un poco antes de eso, en un último y desesperado intento de prevención y anticipo de la tragedia inminente, mi familia obtuvo a cambio de una fuerte suma de dinero pasaportes costarricenses. Fueron otorgados por el conde Rautenberg, cónsul por entonces de ese país centroamericano. Me animo a decir que la posesión de esos documentos que nos brindaron la ciudadanía de un país que jamás conocimos nos salvó la vida. Y no exagero. De no contar con ellos nuestro destino seguro eran las cámaras de gas de Auschwitz. Pero aún con esa ventaja adicional nos llevaron primero a un colegio grandote donde dormíamos en el piso en condiciones muy precarias y finalmente terminamos alojados en el campo de concentración de Westerbork, un lugar de tránsito en realidad. Fue el mismo donde estuvo Ana Frank, la autora del famoso diario íntimo, antes de ser trasladada a Auschwitz para matarla como ya lo habían hecho los nazis con una tía mía, su esposo y su pequeña hija.
En Westerbork dormíamos en barracas ruinosas y fuimos tratados como animales o menos que eso. De un lado pusieron a los hombres y del otro a las mujeres. Hacíamos nuestras necesidades en letrinas asquerosas, simples agujeros cavados en el piso, y nos limpiábamos con papel de diario cuando había. Las camas, de dos o tres pisos de alto, eran de hierro y con colchones de paja.
Por las mañanas nos lavábamos como podíamos en los mismos bebederos que se usaban para el ganado. Tengo de esa época un recuerdo insignificante pero, quién sabe por qué, muy importante para mí. Secretamente me hice una almohadita rellena con crines de caballo que llevé y usé en todos los lugares por donde anduve en la vida. Aún hoy la conservo… Dentro de todo, y en comparación con los demás, tuve suerte porque una prima mía ya estaba en el campo y se había hecho amiga de uno de los médicos que trabajaban ahí. Si no me equivoco se trataba del doctor Spanier, también judío y obligado a trabajar como todos en el hospital del lugar. Yo, usando un brazalete que todavía conservo al igual que la estrella amarilla que nos obligaban a llevar en todo momento, trabajé en el hospital como cocinera. Para alimentar a mis padres y a otras personas juntaba a escondidas viejas cáscaras de papas, zanahorias o batatas y con eso, más algunos huesos que encontraba por ahí, preparaba una especie de sopa horrible que sin embargo sirvió de alimento para muchos.
Lo que sigue a esta historia tiene que ver con la ansiada liberación. Llegó al lugar una autoridad de la cancillería alemana y constató la autenticidad de nuestros pasaportes costarricenses. Hacia 1944 nos trasladaron entonces a un campo de refugiados en Francia llamado la Bourboule. Una semana después se produjo el desembarco en Normandía y, qué emoción me da contarlo ahora, nos abrazamos todos llorando y corrimos hacia los alambrados de púas, los cortamos casi con los dientes y gritamos la palabra libertad, libertad, libertad, una, dos, cien veces. Una nueva vida empezaba para mí en ese instante. Y lo vivido entonces fue inolvidable para mí, para mis padres y para las demás víctimas judías o de otro origen que habían conseguido sobrevivir a una vida espantosa en el mejor de los casos … o a una muerte segura.
Dado que conocíamos a gente amiga y familiares en Uruguay nos embarcamos hacia ese país, más precisamente a Montevideo, donde, en el barrio de Pocitos, permanecimos alojados durante aproximadamente nueve meses en una pensión. Queríamos ingresar a la Argentina pero eso no parecía posible por razones políticas: sabemos que la Argentina puso trabas para la inmigración de los judíos durante esa época. Es entonces cuando se produce la tercera y nuevamente milagrosa aparición de Alberto Enrique Grimoldi, a quien por supuesto no olvidábamos. Él tenía contactos a diferentes niveles gubernamentales de Argentina y actuó como garante personal para permitir nuestra llegada a este país. Parece que le dijo al gobierno, presidido entonces por Perón, que nuestro conocimiento era fundamental para potenciar sus planes en la empresa. Acto seguido Grimoldi devolvió a mi familia el dinero y todo el patrimonio de los negocios de Holanda que habían quedado a su nombre, un gesto que mi familia conoce muy bien y que rescato en mi memoria como un tesoro inapreciable y eterno.
 La versión completa, aquí.