16 septiembre, 2013

Un hombre en una isla



John Donne, poeta inglés de los llamados metafísicos, muerto en 1631, es el autor de un texto que daría al novelista norteamericano Ernest Hemingway, tres siglos más tarde, la clave de lo que se proponía decir en una larga narración dedicada a la guerra, la muerte y la esperanza: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra (...) la muerte de cualquier hombre me 
disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca hagas
preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”, escribió Donne, en una de las
más conmovedoras síntesis que nos legara el naciente humanismo moderno.
 
Daniel Defoe, inglés como Donne, murió en 1731, justo cien años después de que lo hiciera el poeta. Dos siglos antes de que Hemingway escribiera Por quién doblan las campanas, Defoe concibió la novela más clásica sobre la soledad física y espiritual de un hombre en una isla, Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante (1719). En aquel relato el novelista inglés se proponía trabajar, entre otras tesis, la de que a pesar de la inteligencia y la voluntad que le permitieron sobrevivir, prosperar y hasta alcanzar un estadio muy cercano a la felicidad, el náufrago solitario nunca dejó de pensar en su regreso a la sociedad. Robinson Crusoe constató, con su dolorosa experiencia, que todo hombre está ligado a un destino colectivo y su vida es el resultado de otras muchas vidas que lo antecedieron o lo acompañan en su tiempo, que lo completan con ser social. Porque
un hombre es, siempre, un continente, y así parece pensarlo este célebre personaje,
sentado en la playa de una pequeña isla despoblada, con la vista fija en el mar inescrutable.

Leonardo Padura sobre Robinson Crusoe. Fragmento del texto que acompaña las maravillosas ilustraciones de Ajubel (más dibujos, acá).