29 octubre, 2013

Fuera de carta



 Tú eres lo que lees y, además, eres lo que comes. Por eso el Bistró sólo te da lo mejor. Cada día el chef te propone una fórmula diferente, pero hoy fuera de carta tenemos algo muy especial. Presta atención a este plato, porque eres una persona exigente que no se conforma con cualquier cosa. Tú eres lo que comes y lo que lees y yo soy lo que escribo. Por favor, ayúdame. Los de la Central de Callao me han secuestrado y esta puede ser mi última oportunidad. No, no mires a los camareros. Te lo ruego, no levantes sospechas. Haz como si nada, pero sigue leyendo discretamente, porque sólo tú, lector, puedes salvarme de mi condena. No se trata de una broma de mal gusto. No quiero fastidiarte la comida. Estoy desesperado. Soy un crítico literario caído en desgracia como consecuencia de la estulticia humana, la ambición desmesurada y la codicia, reo de la palabra. Mi problema empezó cuando mis reseñas literarias dejaron de gustar a demasiada gente, en especial a los libreros. Yo sólo hacía mi trabajo sin presiones. Jamás me vendí. He escrito lo que pensaba y lo he pagado caro. Mi profesionalidad ha sido mi perdición. Al principio me invitaron a tomar un café en este mismo restaurante en el que tú estás. Me lo advirtieron claramente: O empezaba a escribir críticas más positivas para impulsar las ventas de libros o las consecuencias serían desastrosas para mi carrera.
Los peores presagios se han cumplido. Nunca pensé que gente tan culta y preparada pudiera vengarse de esta forma. Simplemente me han hecho desaparecer. Y lo peor es que me tienen encerrado muy cerca de ti: en las catacumbas del edificio, como si fuera un leproso de las letras enterrado en vida. Sí, me encuentro aquí, bajo toneladas de volúmenes, entre barrotes de papel. Una librería, mi propia cárcel. Estoy en la coctelería de este establecimiento. Sí, justó ahí en “El Garito”. ¿Por qué crees que lo tienen siempre cerrado y sólo lo abren para presentaciones y actos? Han tomado sus propias precauciones para que nadie sospeche. Por Dios, se dedican a vender libros, qué otra cosa podían haber hecho. Ellos eliminan a la gente así. Con la crisis, en mi periódico no han notado mi ausencia. Soy un crítico menos al que tienen que pagar. Se trata de la coartada perfecta. ¿No te das cuenta?
No me queda mucho tiempo. Espero que estas palabras ciegas despierten tu conciencia. Si te decides a bajar a la coctelería, cuando nadie te vea, avanzarás por un pasillo estrecho de paredes de ladrillo hasta una sala en la que está la barra. Justo en frente de ésta hay un espacio con dos sofás de cuero. Mueve el primero. Notarás que es muy pesado, pero muévelo. Lo hacen cada noche para darme los restos del restaurante. Si no haces nada, hoy comeré lo que dejes en el plato. Bueno, verás una trampilla. Ábrela. Hay unas escaleritas y al final, la puerta negra de mi celda, un pequeño almacén de cuatro metros cúbicos. Llama fuerte, me oirás gemir. Aunque llevo puesta una mordaza con una bola de silicona y no puedo hablar, puedo oír. Me tienen suspendido en el aire por unas cadenas sujetas a mi cuerpo. Me han inmovilizado con un mono ajustado de cuero sin mangas, con capucha para que no pueda ver nada y con unas hendiduras en la nariz para respirar. A la persona que me trae las sobras le di pena y me dejó escribir este mensaje. NO, no apartes la vista del papel. No sé de quién se trata. Sólo me ha dicho que si estás dispuesto a ayudarme, cuando vayas a pagar, entrecruza tu anular y tu índice. Con esa señal convenida alguien te entregará la llave de mi celda. Es mi súplica.  La segunda opción consiste en que, cuando termines de comer, te des una vuelta tranquilamente y al salir te dirijas hasta la comisaría de la calle Leganitos a presentar una denuncia. Está muy cerca de aquí. Búscala con la aplicación de mapas del móvil. Haz algo. Aún tengo la esperanza de que alguien como tú me ayude. Además, no soporto este horrible olor. Esto antes fue un almacén de tabaco y cuando me metieron aquí llevaba sólo dos semanas sin fumar porque quería dejarlo. Soy una persona normal que tenía un futuro, que tenía proyectos y metas. Ahora sólo sé que, de nuevo, el peso de mis palabras será mi juez.


El relato "Fuera de carta", de Carles Montaña Montaña, obtuvo el "II Concurso de Relatos del Bistró" de la librería La Central, de Madrid, cuyos jurados fueron Juan Bonilla, Marta Sanz, Eduardo Berti, Marta Ramoneda y Jesús Casals.

El cuento de Carles Montaña (que se imprimirá en un mantel del bar-restaurante de la librería) se impuso entre doce finalistas:

- Sólo los hipopótamos pasean descalzos por la ciudad, de Marta Torres Cacharrón.
- Pasa, de Francisco Jurado Chueca.
- Un minuto, de Eduardo Rodriguez Luque.
- Entre palabras, de Rodrigo Costas Freijeiro.
- Control de sueños, de Cristina Rodriguez Aguilar.
- Peredoname, de Manuel Cifuentes.
- Relato de un retrato, de Teresa de La Lama López-Areal.
- Fuera de carta, de Carles Montaña Montaña.
- Donde van las moscas, de Carlos Candel Rodríguez.
- La vida patas arriba, de Mª Isabel Gaviño Cabrera.
- Un protodetective arcántropo, de Francisco López Serrano.
- Cobardía, de César Ibáñez París.